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El Papa
León XIV autoriza
el 18.12.2025 la promulgación de los decretos que reconocen el martirio de Ignacio
Aláez Vaquero y
diez compañeros
mártires
Infocatólica.
18.12.2025
Entre ellos se encuentran nueve seminaristas, un sacerdote diocesano y un
seglar, todos víctimas del odio a la fe durante la Guerra
de España de 1936.
Ignacio Aláez Vaquero,
figura central del grupo, nació en Madrid el 1 de febrero de 1914 en la calle
del Río. Hijo mayor de Evelio Aláez, peluquero de profesión, y Marina Vaquero,
destacó desde muy joven por su intensa piedad eucarística y su entrega a los
demás. Su padre le inculcó el amor a la Eucaristía gracias a su compromiso con
la Adoración Nocturna,
lo que llevó al joven a realizar numerosas obras de caridad, visitando y
cuidando enfermos en hospitales y ayudando a los monasterios de clausura.
Un seminarista poeta y artista
Aláez tenía un don especial para el arte y disfrutaba pintando, esculpiendo y
escribiendo poesía. En 1930 ingresó en el Seminario
de Madrid, donde combinó su formación filosófica y sacerdotal con la
caridad activa y la creación artística. Sus versos, recientemente recuperados,
muestran cómo fue, en cierto modo, un profeta de su propio destino. Poco antes
de morir escribió unos versos que reflejaban su inquebrantable fe: «Yo quisiera
incendiar el orbe entero... Yo quisiera volverme misionero y al infiel tus
"locuras" predicar... Y morirme después martirizado... ¡Qué me importa, Jesús
Sacramentado, si al fin he conseguido hacerte amar!».
En julio de 1936, los seminaristas fueron enviados a casa por seguridad. Durante
un retiro el 18 de julio, seminaristas y sacerdotes tuvieron que huir ante el
aviso del portero del asalto al edificio por grupos de milicianos armados y
«llenos de odio a la Iglesia». A partir de entonces, los jóvenes seminaristas
sufrirían la persecución y el martirio, quedando unidos al seminario tan solo
por los archivos en los que constaban sus expedientes con sus direcciones, que
fueron utilizados para localizarlos y darles muerte.
El martirio de Ignacio y su padre
Todo fue reducido a cenizas: su parroquia, San
Millán y San Cayetano, la Basílica
de Atocha y la Colegiata
de San Isidro, que entonces hacía de catedral. Ignacio se negó a
esconderse en casa de un militar republicano que le ofreció protección. El 9 de
noviembre de 1936 recibió la visita de un grupo de milicianos del régimen
comunista para un registro domiciliario.
Durante el interrogatorio, Ignacio no ocultó que estudiaba para ser sacerdote y
fue detenido inmediatamente junto a su padre. A la mañana siguiente, 10 de
noviembre, sus cadáveres aparecieron en el Camino del Quemadero, en el pueblo de
Fuencarral. Los cuerpos fueron trasladados al Depósito
Judicial de cadáveres y posteriormente inhumados en el cementerio de
Fuencarral. Tiempo después, su hermana logró identificar a Ignacio tras la
exhumación de su cadáver.
Los otros mártires del grupo
Junto a Ignacio fueron reconocidos mártires Pablo
Chomón Pardo, seminarista, y su tío sacerdote Julio
Pardo Pernía, capellán de las Hermanas
Hospitalarias del Sagrado Corazón en Ciempozuelos, asesinados el 8 de
agosto de 1936. También Antonio
Moralejo Fernández-Shaw, seminarista, y su padre Liberato
Moralejo Juan, que se dejó arrestar para defender a su hijo y fue
asesinado junto a él.
Entre los seminaristas mártires se encuentran Jesús
Sánchez Fernández-Yáñez, Miguel
Talavera Sevilla, Ángel
Trapero Sánchez-Real, Cástor
Zarco García —que tuvo que alistarse como reservista y fue denunciado
por algunos compañeros por su comportamiento considerado demasiado apacible,
siendo asesinado tras sufrir varias humillaciones y ser obligado a cavar su
propia tumba—, Mariano
Arrizabalaga Español y Ramón
Ruiz Pérez, sometido a torturas junto con una veintena de laicos y con
ellos encarcelado y asesinado.
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Fuente: Cárdenas en Aciprensa
Son nueve seminaristas y dos familiares de los jóvenes, un sacerdote y un
laico.
Siete ellos, entre 18 y 22 años, pertenecían a la Diócesis de Madrid-Alcalá, que
hoy se corresponde con la provincia eclesiástica integrada por la Archidiócesis
de Madrid y las diócesis de Alcalá y Getafe.
Otro pertenecía a la Diócesis de Barbastro, pero se encontraba en Madrid de
vacaciones estivales con su familia y el noveno, procedía de la Archidiócesis de
Toledo.
En la causa también se incluyó al sacerdote Julio Pardo, de 63 años, tío de uno
de los seminaristas de Madrid, así como a Liberato Moralejo, padre de otro de
estos jóvenes que se preparaban para el sacerdocio.
Ignacio Aláez Vaquero
Este joven de 22 años era estudiante de Filosofía en el Seminario de Madrid.
A pesar de su corta edad, era muy consciente de que la persecución religiosa
vivida en España desde años atrás podía exigir que entregara la vida como
mártir.
Ignacio creció en una familia creyente. Su padre, Evelio, peluquero de
profesión, pertenecía a la Adoración Nocturna, lo que marcó su devoción
eucarística y su fervor caritativo. Ignacio era un chico creativo que esculpe,
repuja figuras en relieve, pinta y escribe.
Ingresó en 1930 en el seminario. El 18 de julio de 1936, a pesar de tener ya
vacaciones, es probable que asistiera a un retiro organizado en el seminario,
cercano a su casa. El edificio fue asaltado por milicianos y todos huyeron.
El 9 de noviembre fue localizado en su casa y detenido junto a su padre. Al día
siguiente fue hallado su cadáver en el Camino del Quemadero, en el pueblo de
Fuencarral, hoy barrio de Madrid, y fue sepultado en una fosa común de su
cementerio.
Dejó escritos estos versos: “Yo quisiera incendiar el orbe entero... / Yo
quisiera volverme misionero /y al infiel tus “locuras” predicar.../ Y morirme
después martirizado... / ¡Qué me importa, Jesús Sacramentado, / si al fin he
conseguido hacerte amar!”
Ángel Trapero Sánchez Real
Nacido en Navalcarnero en junio de 1916, Ángel Trapero fue ejecutado junto a la
tapia del cementerio del Este de Madrid el 9 de noviembre de 1936. En el
Seminario de Madrid se destacó por sus excelentes calificaciones.
El asalto y registro de los archivos del seminario al inicio del conflicto
fratricida permitió su localización en la casa familiar. Hasta allí acude un
grupo de milicianos el 11 de octubre y es detenido.
Pasó por la checa de García Atadell, la Dirección General de Seguridad y la
cárcel de Porlier, un edificio incautado por los republicanos que era un colegio
calasancio.
Durante la Guerra Civil se conocía como checas a los sitios donde milicianos
republicanos reprimían y torturaban, entre otros, a clérigos católicos.
El 9 de noviembre, junto a otros presos, es trasladado al Cementerio del Este,
donde fue asesinado. Su cadáver, enterrado en una fosa común, no pudo ser
identificado hasta el fin de la guerra.
Sus restos descansan en la capilla de San Dámaso del seminario conciliar d
eMadrid desde el año 2017.
Antonio Moralejo Fernández-Shaw y Liberato Moralejo
Antonio Moraleja tenía 19 años cuando entregó la vida por Cristo. Desde los 12
ya había explicado a sus padres su decisión de seguir la vocación sacerdotal,
donde estuvo seis años.
Se supone que Antonio estaba en el seminario el día en que fue asaltado y huyó
por la puerta de la huerta, como los demás. Fue arrestado junto a su padre,
Liberato Moralejo según consta, por “conservar cartas en las que se revela el
carácter religioso y patriota”.
Encerrados en la conocida como cárcel Modelo, fueron sacados del lugar entre los
días 6 y 8 de noviembre de 1936, hasta el Castillo de Aldovea, en Torrejón de
Ardoz, donde los fusilaron. Sus cadáveres fueron enterrados en el cementerio de
Paracuellos del Jarama.
Castor Zarco García
Nacido en Socuéllamos (Ciudad Real) en 1913, Castor Zarco experimentó desde bien
temprano una inclinación por la vocación eclesiástica, seguramente animado por
la pertenencia de su padre y un maestro a la Adoración Nocturna.
Estuvo en el Seminario de Madrid 10 años, donde obtuvo excelentes
calificaciones, incluidos dos premios extraordinarios en Latín y Teología
Dogmática. Recibió el subdiaconado en junio de 1936, poco antes de estallar la
guerra.
Al comenzar el conflicto, acude a casa de sus padres, en Socuéllamos, donde
todos saben que es seminarista, por lo que es llevado a Cuenca escondido en un
carro. El Gobierno de la República le obliga a incorporarse a filas, y formó
parte de una brigada móvil conocida como “El Campesino”, en Madrid. Luego fue
trasladado a Alcalá de Henares.
Escribía con frecuencia a sus padres, hasta que dejó de hacerlo de forma
repentina. No hubo más noticias.
En 1941, se halla el acta de defunción que certifica que murió en la ciudad
complutense “el 18 de septiembre de 1937, a las 5 horas, asesinado”. Al parecer,
un paisano lo identificó y fue asesinado. Sus restos fueron trasladados a la
Basílica Pontificia del Valle de los Caídos.
Jesús Sánchez Fernández-Yáñez
A Jesús Sánchez lo asesinaron bajo la acusación de “curita”. Veintiún años antes
había nacido en Cózar, Cuidad Real. su familia era humilde y se vio obligada a
desplazarse allí donde encontrara trabajo.
Alumno brillante en el seminario, su vida estuvo marcada por la muerte prematura
de un hermano. Como otros compañeros, es posible que se encontrara en el retiro
del 18 de julio en el seminario. Escondido en su casa, el enfrentamiento y las
amenazas con algún vecino fueron constantes, hasta que fue denunciado.
Fue detenido en la terrible checa de Fomento. El 21 de septiembre fue asesinado
sin juicio previo, como era habitual. Su cadáver fue hallado con un disparo en
la espalda en el barrio de La China y enterrado en el Cementerio del Este. En
1961 fue trasladado a las criptas de la capilla del Santísimo en la Basílica del
Valle de los Caídos.
Miguel Talavera Sevilla
Miguel Talavera fue el primogénito de tres hermanos. Nació en Boadilla del Monte
(Madrid) en 1918. Fue monaguillo y su párroco lo preparó para ingresar en el
Seminario de Madrid, lo que sucedió en 1929.
El 7 de octubre fue detenido por el hecho de ser seminarista, sin otra
acusación. Su periplo carcelario es indeterminado, por lo que no se sabe la
fecha de su asesinato por odio a la fe, aunque se especula con el 9 de octubre
de 1936. Su cadáver no ha sido hallado.
Pablo Chomón Pardo y Julio Pardo Pernía
Nacido en el pueblo burgalés de Quintanilla de Escalada, Pablo Chomón inició la
educación primaria en un colegio que regentaba su tío sacerdote, Julio Pardo
Pernía. Las desavenencias entre sus padres hacen que sea llevado a Madrid por su
madre, junto a su hermano Lorenzo.
Pablo estuvo 12 años en el Seminario de Madrid, donde fue un alumno brillante.
En julio de 1936 se desplazó a Ciempozuelos, donde se había trasladado su madre.
Al llegar comprobó que se había formado un comité revolucionario, que realizaba
numerosas detenciones de religiosas y sacerdotes. Él y su tío se libraron en un
primer momento.
Informados de la llegada de milicianos de Madrid, Pablo, Julio y otros fieles,
se apresuran a consumir el Cuerpo de Cristo y prepararse para salir. Finalmente,
ambos fueron detenidos en su casa y llevados a la cárcel improvisada en la
parroquia, hasta el 7 de agosto, en que los llevaron a Valdemoro para ser
asesinados. Sus cuerpos descansan en las criptas de la Basílica del Valle de los
Caídos.
Mariano Arrizabalaga Español
Originario de la Diócesis de Barbastro, Mariano Arrizabalaga decide, de acuerdo
con sus padres, ingresar en el Seminario Pontificio de Comillas, Cantabria,
regentado por los jesuitas, al terminar el bachillerato en 1929.
Al ser disuelta la Compañía de Jesús en 1931, debido a su cuarto voto de
obediencia al Papa, se vio interrumpida su formación. Por motivos familiares, se
trasladó a Madrid en 1934.
Al estallar la guerra, dos de sus hermanos fueron detenidos por su pertenencia a
la Acción Católica. Uno moriría refugiado en la Embajada de Chile debido a la
desnutrición.
El 5 de octubre, Mariano fue detenido junto a otro hermano y un cuñado.
Permanecieron presos durante un mes, hasta ser fusilados en el Castillo de
Aldovea en noviembre de 1936. Allí fueron asesinadas más de 400 personas en
grupos de 25, con las manos atadas a la espalda.
En diciembre de 1939 fue posible la identificación de su cadáver, que fue
llevado a una de las fosas comunes de Paracuellos del Jarama. En el Seminario de
Madrid se conservan dos reliquias del mártir.
Ramón Ruiz Pérez
Nacido en la provincia de Jaén en 1912, Ramón Ruiz quiso ingresar en el
Seminario de Toledo con 13 años, pues su pueblo pertenecía entonces a la
diócesis primada. Sin embargo, finalmente ingresó al Seminario Menor San Felipe
Neri en Baeza, donde estuvo cuatro años. Luego, consiguió el traslado a Toledo.
Al llegar el verano de 1936, regresó de vacaciones a Jaén con su familia. Fue
arrestado junto con el párroco de su pueblo natal y recluido en la catedral,
junto a otras mil personas, entre ellas el obispo beato Mons. Manuel Basulto.
Trasladado en teoría hacia Alcalá de Henares, llegando al lugar conocido como El
Pozo del Tío Raimundo en Madrid, fueron bajados del tren y entregados a las
milicias, que los asesinaron, empezando por el obispo.
Terminada la guerra, los cadáveres fueron enterrados en la capilla del sagrario
de la Catedral de Jaén.
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Fuente: Hispania Martyr
El 21 de octubre de 2010 se iniciaba en fase diocesana la Causa de canonización
por martirio de siete seminaristas de la entonces diócesis de Madrid-Alcalá, uno
de la de Santander y otro de la de Toledo; además de un sacerdote y un seglar,
todos ellos asesinados en Madrid durante la persecución religiosa en los años
1936 y 1937. Dicha fase se clausuraba el 21 de octubre de 2014, pasando a fase
romana.
El celoso promotor de las causas martiriales Mons. Don Juan Antonio Martínez
Camino, Obispo Auxiliar de Madrid, en la festividad en memoria de todos los
santos y beatos mártires del siglo XX en España del pasado 6 de noviembre de
2017 prologaba un luminoso folleto de la Delegación Episcopal para las Causas de
los santos, presentándolos así:
“La Iglesia católica ha escrito en la España
del siglo XX una de las páginas gloriosas de su historia con la sangre de más de
cuatro mil sacerdotes y seminaristas diocesanos - además de tres mil religiosos
y decenas de miles de laicos - que dieron su vida por ser católicos, por amor a
Jesucristo y a su santa Iglesia. Entre ellos se cuentan los nueve seminaristas y
sus familiares martirizados en Madrid en 1936 y 1937, cuya causa de canonización
está ya en su fase romana.
Siete eran seminaristas de la entonces
diócesis de Madrid-Alcalá, hoy provincia eclesiástica de Madrid. Se
formaban en el Seminario conciliar de la Inmaculada y de San Dámaso, en las
Vistillas. Son los siguientes:
Ignacio
Aláez Vaquero, de 22 años, estudiante de filosofía
Ángel
Trapero Sánchez-Real, de 20 años, estudiante de teología
Antonio
Moralejo Fernández-Shaw, de 19 años, estudiante de filosofía
Cástor
Zarco García, de 23 años, subdiácono
Jesús
Sánchez Fernández-Yáñez, de 21 años, estudiante de filosofía
Miguel
Talavera Sevilla, de 18 años, estudiante de filosofía
Pablo
Chomón Pardo, de 21 años, estudiante de teología
Mariano
Arrizabalaga Español, de 21 años, estudiante de filosofía, seminarista
de la diócesis de Barbastro, donde había nacido. Se estaba formando en el
Seminario Pontificio de Comillas, en Cantabria, pero se encontraba en Madrid
pasando con su familia las vacaciones de verano de 1936.
Ramón
Ruiz Pérez, de 24 años, subdiácono, pertenecía a la archidiócesis de
Toledo, pero había sido apresado en su pueblo natal de la provincia de Jaén y
conducido a Madrid en el llamado "tren de la muerte", que transportó a la
Capital a unos ciento cincuenta presos jienenses - entre los que se encontraba
el hoy beato obispo mártir de Jaén - asesinados junto a las vías en el Pozo del
Tío Raimundo. La Causa de canonización de estos nueve seminaristas fue abierta
en Madrid en 2010. El proceso diocesano se cerró en 2014 y continúa ahora en
Roma. Con los seminaristas han sido incluidos también en la misma Causa dos
familiares que fueron martirizados con dos de ellos: Julio Pardo Pernía,
sacerdote, de 63 años, confesor de las Hospitalarias de Ciempozuelos, tío de
Pablo Chomón Pardo Liberato Moralejo Juan, laico, de 60 años, padre de Antonio
Moralejo Fernández-Shaw.
El Seminario de Madrid en 1936
El seminarista mártir Cástor Zarco García, en julio de 1936 escribía a sus
padres desde el seminario: “Ayer hubo dos o tres quemas de conventos y algunos
crímenes de pobres monjas. A unas las acuchillaron en la cara, a otras las
desnudaron y a otras las arrastraron.”
Ante el cariz de los acontecimientos de las primeras semanas de julio, el rector
del Seminario Conciliar de la Inmaculada y san Dámaso había suspendido las
clases y enviado a sus casas a sus 215 jóvenes seminaristas, pero aquel sábado
18 de julio de 1936 les había convocado a un retiro predicado por el párroco de
Carabanchel Bajo, don Hermógenes Vicente, mártir dos meses después, y en proceso
de canonización. El Director espiritual del seminario menor escribe: “Estando
comiendo vino el portero a decirnos que las turbas habían roto ya la mampara de
la entrada y penetraban en el recinto. Fuimos a la capilla a consumir las
sagradas especies y, vestidos de paisano, salimos por la puerta de la huerta.
Cada cual marchó a su casa. Al día siguiente llamé por teléfono preguntando si
podría celebrar misa allí. Contestó un miliciano diciéndome que fuera, ¡que me
iba a escabechar!” Ardían ya las parroquias de San Millán y san Cayetano, la
Basílica de Atocha y la Colegiata de San Isidro.
Los asaltantes instalaron en el Seminario una checa, y luego las autoridades una
cárcel. Se apoderaron de los expedientes de los seminaristas donde constaban sus
datos y domicilios, y allí fueron a buscarlos para darles muerte. Sólo se ha
podido recoger hechos fehacientes para introducir proceso de canonización de
siete de ellos, aunque suponemos que otros, de los que no los poseemos, les
acompañen también con sus palmas en las manos ante el Rey de los mártires.
Ignacio Aláez Vaquero
Encabeza la causa el estudiante de filosofía Ignacio Aláez Vaquero de 22 años,
hijo del peluquero Evelio Aláez y de Marina Vaquero, ama de casa. Estudió en los
Escolapios de San Fernando, y su padre, adorador nocturno, le trasmitió su honda
piedad eucarística. A sus 16 años ingresaba en el Seminario, donde estudiaría
seis cursos. De fina sensibilidad artística y poeta, expresaba así sus ansias
premonitorias de martirio:
“Yo quisiera incendiar el orbe entero,
yo quisiera volverme misionero,
y al infiel tus “locuras” predicar…
Y morirme después martirizado… ¡
Que me importa, Jesús Sacramentado, si al fin he conseguido hacerte amar!
Al desatarse la fase sangrienta de la persecución religiosa en Madrid, se le
ofreció refugio en el domicilio de un militar republicano amigo de la familia,
pero Ignacio, sabiéndose denunciado, lo rehusó, permaneciendo en su casa. El 9
de noviembre una patrulla de milicianos de la checa de Líster, se presenta para
un registro. Ignacio no oculta que estudia para sacerdote, y se llevan al hijo
por “curita” y al padre por “facista”. No se tiene más noticia de ellos hasta la
mañana siguiente en que sus cadáveres aparecen en el camino del quemadero de
Fuencarral, en cuyo cementerio fueron enterrados.
Pablo Chomón Pardo y su tío Julio Pardo
Pernía
Nacido en 1914 en el pueblo burgalés de Quintanilla de la Escalada, hijo del
jornalero Guillermo Chomón y de su esposa Petra Pardo, fue bautizado por el
hermano de ésta, el sacerdote Julio Pardo Pernía, quien le enseñó las primeras
letras en el colegio parroquial que dirigía en el pueblo, y que en 1936 sería
martirizado juntamente con él.
Por problemas familiares la madre tuvo que marchar a Madrid sola con sus dos
hijos, y luego a Cienpozuelos donde su hermano Julio era confesor de las
Hermanas Hospitalarias. Pablo ingresará en el Seminario con 12 años, cursando
sus estudios con brillantes calificaciones, y en julio de 1936 recibirá la orden
menor de acólito en ceremonia en que a los ordenandos se les recuerda que, si
llega el caso, deben estar dispuestos a “ser imitadores de la pasión de su
Dios”. (San Ignacio de Antioquía)
Al tomar el comité el control de Cienpozuelos, Pablo y su tío don Julio se
refugian en el manicomio de mujeres con las Hermanas Hospitalarias. Llegan
milicianos de Madrid y las Hermanas se apresuran a consumir las formas
consagradas de la capilla. Don Julio les exhorta así: “Con miras proféticas el
fundador, Benito Menni, mandó colocar el altar de las dieciséis carmelitas
mártires de la Revolución Francesa en un lateral de esta iglesia, para que
tomásemos valor y ejemplo, y llegásemos a ser, si Dios nos pedía este
sacrificio, heroínas como ellas… no temáis a los sicarios. Hermanas mías,
arrepiéntanse de los pecados de toda su vida, que les voy a dar la absolución in
artículo mortis”.
Poco después, una noche los milicianos vienen a detener a Pablo y a su tío don
Julio, y los llevan a la iglesia parroquial convertida en cárcel, de la que los
sacan el 7 de agosto para asesinarles en el kilómetro 5 de la carretera de
Torrejón, término de Valdemoro
Antonio Moralejo Fernández-Shaw y su padre
Liberato Moralejo Juan
Hijo del militar retirado por la ley de Azaña don Liberato Moralejo y de doña
Serafina Fernández-Shaw, a sus 12 años ingresaba en el Seminario, del que el 18
de julio de 1936 debió huir por el huerto al invadirlo las turbas. Denunciado
por defender la iglesia del Carmen de la calle Preciados, los patrulleros fueron
a buscarlo a su casa. En el registro hallaron imágenes y libros religiosos de
Antonio, y cartas y condecoraciones de su padre como militar en tiempo de la
monarquía, lo que le calificaba como enemigo de la República. Interrogado
Antonio por no haberse alistado en las milicias a sus 19 años, manifestó
abiertamente ser seminarista, lo que fue suficiente para ser detenido.
Su padre don Liberato dijo que donde fuera su hijo iría él, y se llevaron a
ambos a la Dirección General de Seguridad y luego a la cárcel Modelo. Ante el
avance de las tropas nacionales y la marcha del Gobierno a Valencia, se dispone
las sacas de presos para asesinarlos. Parece que fue en la del 8 de noviembre de
1936 cuando padre e hijo fueron conducidos maniatados en autobús hasta el
castillo de Aldeovea en Torrejón de Ardoz para ser ametrallados, pues la
multitud de cadáveres de la noche anterior sin enterrar en Paracuellos, impedía
allí nuevas ejecuciones.
Jesús Sánchez Fernández-Yáñez
Nacido en Cózar, Ciudad Real, en 1915, la humilde familia emigró primero a
Barcelona y luego a Madrid donde el padre se emplea como portero. Alumno
brillante en el Seminario de Madrid, vuelve a casa en julio de 1936, siendo
denunciado como “curita” por vecinos revolucionarios y llevado a la checa de
Fomento, sin saberse más de él hasta que apareció su cadáver en el barrio de la
China, reconocido por su padre, quien dice que: “presentaba herida de fuego por
la espalda”.
Miguel Talavera Sevilla
Nació el 29 de septiembre de 1918 en Boadilla del Monte. En 1929 ingresa a sus
11 años en el Seminario Conciliar de Madrid, del que marcha a su casa en julio
de 1936. El Comité de Boadilla destruye la iglesia parroquial asesinando a su
párroco Don Benjamín Sanz, asalta el convento de las Carmelitas y asesina a su
capellán Don Melitón Moran, ambos en proceso de canonización. El 7 de octubre
llegan a Boadilla milicianos de la checa del Comité de Radio Comunista Puerta
del Ángel de Madrid en busca de “facistas”, entre ellos Miguel Talavera, cuyo
expediente han hallado, y en cuya orden de detención figura como causa “el haber
sido seminarista”. Es traslado a la checa de Marqués de Monistrol, donde se
pierde su rastro, suponiéndose fue sacado el 9 de octubre y llevado al alto de
la cuesta de las Perdices, donde sería asesinado a sus 18 años.
Ángel Trapero Sánchez-Real
Nació en Navalcarnero en 1916, ingresó en el Seminario de Madrid, del que era
director espiritual don José María García Lahiguera, donde estudió siete años
con sobresalientes calificaciones. En julio de 1936, finalizado el curso, Ángel
marchó a su casa familiar en Navalcarnero, localidad que permaneció en zona roja
hasta el mes de octubre.
Ángel no estaba afiliado a ningún partido ni organización política, pero, al
constar sus datos en los expedientes incautados en el Seminario, era considerado
enemigo de la República. El 11 de octubre una patrulla registra su domicilio y
le detiene por ser seminarista, ingresándole en la checa de García Atadell, y
luego en la cárcel de Porlier. El 9 de noviembre hubo saca de treinta presos,
entre ellos Ángel, que fueron conducidos al cementerio de la Almudena donde
fueron asesinados y sus cadáveres arrojados a la fosa común.
Su cadáver pudo ser reconocido y trasladado al panteón familiar del cementerio
de Navalcarnero, y el 7 de diciembre de 2017 sus restos fueron depositados en la
capilla del Seminario bajo el retablo de san Dámaso. La inscripción del sepulcro
recuerda a los actuales seminaristas que tienen muy cerca a Ángel y a los demás
compañeros mártires y - con palabras de san Clemente Romano- los invita a
acercarse a ellos como atletas de Cristo vencedores en el certamen de la fe.
Cástor Zarco García
Nació en Socuéllamos (Ciudad Real) en 1913 del matrimonio de Timoteo y Carmen,
humilde familia de jornaleros. Timoteo, adorador nocturno, trasmite al joven
Cástor su firme piedad eucarística, y su compañero de turno, el maestro don
Pedro José del Amo le prepara para su ingreso en el Seminario, consiguiéndole
beca de media pensión. Pasó luego al de Madrid, siendo alumno brillante. El 6 de
junio de 1936 recibe el subdiaconado. En julio marcha a su casa en Socuéllamos y
tras la sublevación militar, el 10 de agosto los milicianos asaltan la iglesia
destruyendo sus imágenes, retablos y objetos sagrados y comienzan los asesinatos
en el cementerio.
Los jóvenes del pueblo eran presionados a alistarse en un batallón de
voluntarios, y Cástor, escondido en un carro de heno, pudo marcharse a
Villaescusa de Haro, en Cuenca, a casa de un amigo de izquierdas, donde pasará
desapercibido. Pero cuando el gobierno llama a quintas a su remplazo de 1934
debe incorporarse a filas, siendo destinado a la Brigada móvil de choque de “El
Campesino” en el cuartel de Alcalá de Henares.
Un compañero recuerda sus animadoras charlas clandestinas: “Muchachos, confianza
en Dios. Él sobre todo; y cada cual quedará en su puesto, si no en esta vida, en
la otra. La esperanza es cristiana, la murria y la tristeza, no.” En su
correspondencia a la familia deja entender que teme por su vida. Sería delatado
por un paisano que le reconoció como el seminarista del pueblo. En la posterior
acta de defunción de 1941, consta que Cástor “murió en Alcalá de Henares el 18
de septiembre de 1937 a las cinco horas, asesinado”. Unos testigos afirman que
fue obligado a cavar su propia tumba.
Mariano Arrizabalaga Español
Nacido en 1915 en Barbastro, hijo del capitán de infantería Joaquín Arrizabalaga
y su esposa María Teresa, en 1929 años ingresa en el Seminario Pontificio de
Comillas como seminarista de Barbastro. En 1932 el gobierno republicano expulsa
a los jesuitas de Comillas y Mariano prosigue sus estudios con profesores
diocesanos. Su padre Joaquín se acoge a la ley de Azaña y pasa a situación de
retiro, pero al poco enferma, y para ser mejor atendido, en 1934 la familia se
traslada a Madrid, donde fallecerá poco después. Sus hijos Joaquín y Rafael,
afiliados a la Acción Católica en Barbastro militarán en el centro del Corazón
de María de Madrid. Por hallarse de vacaciones con su familia en la capital al
iniciarse la guerra, Mariano ha sido incluido en la causa de los seminaristas
mártires de esta diócesis.
El 5 de octubre tras un registro son detenidos Mariano, su hermano Rafael y un
cuñado, y llevados a la checa de Fomento, y de allí el día 9 a la 5ª galería de
la Cárcel Modelo. Se les incluye en las sacas de los días 7 a 9 de noviembre
llevándoles maniatados en un autobús al castillo de Aldovea. Testigos relatan
como “al llegar la primera expedición de cinco autobuses de dos pisos de la
Compañía de Tranvías repletos de reclusos maniatados, les hicieron bajar y les
colocaron de espaldas en grupos de veinticinco. El oficial hacía sonar un pito y
los de la gorra hacían la descarga. Al oír el pitido los alineados gritaban
“¡Viva Cristo Rey!”. Llegaron luego otros tres autobuses más, cuyos ocupantes
fueron igualmente asesinados, hasta completar el número de cuatrocientos catorce
víctimas. El oficial ordenó sepultar los cadáveres, pero como estaban en el
canal de desagüe se limitaron a echarles un poco de tierra por encima. Así
permanecieron, casi insepultos, hasta 1939”. El cadáver de Mariano pudo ser
identificado por la cartilla militar que, empapada en su sangre, llevaba en uno
de sus bolsillos, y que fue donada al Seminario de Madrid.
Ramón Ruiz Pérez
Nacido en 1912 en Peal de Becerro, entonces diócesis de Jaén, a sus 13 años
ingresaba en el seminario de Baeza. Al pasar el pueblo a ser diócesis de Toledo,
en 1929 se trasladó al de ésta. Al fin del curso de 1936 recibía del Cardenal
Gomá las órdenes menores y marchaba de vacaciones con su familia. Al iniciarse
la persecución fue profanada la iglesia del pueblo y detenidos su párroco don
Lorenzo Mora y Ramón Ruiz por ser seminarista, y encerrados en la Catedral de
Jaén, donde se hallaban hacinados más de mil reclusos, entre ellos el hoy beato
obispo mártir Mons. Manuel Basulto junto a gran número de sacerdotes que
furtivamente rezaban el oficio divino.
El 12 de agosto de 1936 sacaron a más de un centenar, entre ellos al Obispo y
sus familiares, con destino a la prisión de Alcalá de Henares, a la que nunca
llegarían. Uno de los supervivientes declarará: “Partió el tren hacia Madrid,
siendo insultados en toda las estaciones del trayecto por las hordas rojas que
querían sacar al obispo para asesinarle… al llegar a las inmediaciones de
Villaverde Bajo fuimos detenidos por las turbas que exigían a las fuerzas de la
benemérita que nos custodiaban, que nos dejasen en su poder. Supe que hablaron
por teléfono con el ministro de la Gobernación Casares Quiroga, quien dio orden
de que nos entregasen. A unos mil metros de allí comenzaron a asesinar, siendo
los primeros el Obispo, su hermana y su cuñado”.
Entre los que le siguieron estaba el seminarista Ramón Ruiz Pérez. Terminada la
guerra sus restos fueron trasladados a la catedral de Jaén e inhumados en la
capilla del Sagrario. En la placa que los cubre, bajo el lema: “Relación de
mártires inmolados por Dios y por España cuyos gloriosos restos yacen bajo el
signo de la Santa Cruz trazada en el suelo”, figura su nombre. Al haber sido
sacrificado en Madrid ha sido incluido en la causa de esta diócesis.
Mons. Martínez Camino concluye el folleto de presentación de los once Siervos de
Dios con esta invocación: “Quiera Dios que podamos celebrar pronto la
beatificación de estos siervos de Dios, testigos de la fe hasta la sangre. El
amigo lector encontrará aquí una oración para pedir este favor divino. Todavía
no es posible rendir culto público a Ignacio Aláez y compañeros mártires, pero
ya podemos acogernos de modo privado a su intercesión rogando al Señor, en
particular, que mande muchos y santos trabajadores a su mies, jóvenes que
respondan a la vocación sacerdotal, para ser servidores de la misión de
Jesucristo entre nosotros.”
Para la oración privada: Señor Jesucristo, sacerdote eterno que otorgaste a tu
siervo Ignacio, seminarista, y a sus compañeros la fuerza necesaria para dar
testimonio de Ti hasta la muerte, fiados en tu palabra: “Nadie tiene amor más
grande que el da la vida por sus amigos”, te pedimos nos concedas su pronta
beatificación ante la Iglesia, que muchos jóvenes respondan santamente a la
vocación sacerdotal, y la gracia particular que por su intercesión te
imploramos. Así sea. Padrenuestro, Avemaría y Gloria.