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La escuela tomista de Barcelona, fructificación de Schola Cordis Iesu, ejercicio del «encargo suavísimo» del Corazón de Jesús a la Compañía

FRANCISCO CANALS VIDAL en Cristiandad de Barcelona nº 918, enero de 2008, pág. 15

LA alusión en el diario La Vanguardia al 50 aniversario de la muerte del padre Orlandis, al que daba el título de «inspirador de la escuela tomista de Barcelona», me mueve a comentar cuál fuese, de la manera más intrínseca y esencial, el carisma del padre Orlandis en su actuación en el apostolado laical, en el que ejercería, desde el tiempo de Jaime Bofill y Bofill, una influencia tan característica y decisiva.

Unas palabras de santo Tomás alusivas al hecho de que no es propio del entendimiento humano pensar lo plural en cuanto plural, sino sólo lo plural en cuanto unitario («plura ut unum») me animan a tratar de llevar a los lectores a la comprensión de aquella mentalidad, alta y directiva, que ejerció en el magisterio de los que fuimos sus discípulos.

Describiré para ello las sugerencias que dio, primero a Bofill y después a mí, para la elaboración de nuestras respectivas tesis de doctorado en Filosofía. La intención central de la tesis de Jaime Bofill respondía a algo que desde hacía muchos años ocupaba la atención del padre Orlandis, incluso en sus artículos sobre los Ejercicios de san Ignacio, publicados en la revista especializada en tales Ejercicios y que llevaba el evocador nombre de Manresa: se trataba del tema de la esencia de la bienaventuranza humana, qué era aquello en que se consuma la perfección del hombre y que es capaz de hacerle plena y eternamente feliz.

Consideremos la polémica entre la escuela tomista y la escuela escotista, centrada ésta última en el amor de caridad, sin el que el hombre no podría ser bienaventurado ni moralmente perfecto, y orientada aquélla a la tesis de la plenitud del bien humano, realizada en la intuición intelectual contemplativa del bien divino. El padre Orlandis no hubiera podido negar que el don de la visión beatífica era dimensión esencial de la beatitud humana.

Leía en la Escritura: «Todavía no se ha mostrado lo que somos, pero cuando se muestre seremos semejantes a Dios porque le veremos tal cual es en sí». La plena divinización participada de las criaturas racionales no se podría realizar sólo con la presencia de perfectas virtudes morales, ni que se tratara de la caridad teologal, si los ángeles y los hombres no alcanzasen nunca la visión de Dios.

El padre Orlandis ni desconocía el sentido de estos textos ni tenía, en lo más mínimo, una inclinación voluntarista que desplazase la perfección y la felicidad desde la visión beatífica a la voluntad del bien. Su pensamiento era muy auténticamente fiel a santo Tomás de Aquino. Para éste, el bien tiene la triple dimensión de la especie, el modo y el orden: en la bienaventuranza creada, la especie es la misma esencia divina, el modo es el carácter intuitivo de su posesión y el orden es la inmersión voluntaria, la entrega personal por el amor, del hombre bienaventurado en la misma felicidad y bien divino.

El «anti-intelectualismo» de que hablaba con un explícito anhelo de corregir la interpretación humanística, intelectualista, de la bienaventuranza humana no tenía la orientación de una filosofía intelectualista, sino el reconocimiento de la inseparabilidad del acto contemplativo de la caridad teologal. En esta actitud perseveró en sus interpretaciones de san Ignacio de Loyola y en la orientación filosófica que inspiró a Jaime Bofill su tesis de doctorado.

Cuando el padre Orlandis se encontró en situación de sugerirme un tema apropiado para mi tesis de doctorado, me hizo descubrir en Juan de Santo Tomás, insigne dominico portugués menos conocido de lo que merece, la tesis de la naturaleza intrínsecamente manifestativa y locutiva del acto de entender. Ello suponía apartarse de la interpretación de Cayetano que había sido hegemónica durante siglos entre los dominicos tomistas y que había sido de nuevo formulada por el célebre e influyente benedictino Josephus Gredt, en su influyentísimo manual tomista, entonces universalmente difundido en los medios eclesiásticos para la formación filosófica de los que se preparaban para el sacerdocio.

El padre Orlandis descubrió en Juan de Santo Tomás la admirable formulación de la naturaleza locutiva del acto intelectual: «Quien entiende conociendo forma el objeto, y formándolo lo entiende», algo así como si la vista, al ver, formase la pared que ve, que a la vez y en el mismo acto, vería y formaría el objeto visto». Formulaciones como ésta eran desconocidas o pasaban por kantianas. La autoridad del padre Orlandis me decidió a aceptar plenamente los juicios de Juan de Santo Tomás y reconocer que el entendimiento como tal no sólo es cognoscitivo, sino también y por sí mismo manifestativo y locutivo.

La formación del concepto o palabra mental no tenía nada de «sucedáneo», sino que, por el contrario, era la plena realización de la naturaleza del entendimiento. Entendemos lo que concebimos; el concepto o lo concebido es lo entendido, y no hay otro lugar para la aprehensión intelectual que esta expresión en el lenguaje mental. Realizando aquella elevación al nivel de la sabiduría que Juan Pablo II atribuía a la metafísica humana al hacerse instrumento al servicio de la divina Revelación, Juan de Santo Tomás –que en esto no hacía más que descubrir el verdadero pensamiento del Doctor Angélico– afirmaba que «Dios se entiende a Sí mismo concibiendo su Palabra inteligible», y que «en Dios, que se entiende a Sí mismo, el Verbo de Dios es el Dios entendido», precisamente porque es el «Dios dicho expresado». En estas interpretaciones tomistas Juan de Santo Tomás llevaba a la cima la fidelidad del Doctor Angélico a la noción del Espíritu divino que había expresado san Agustín en el Tratado de la Trinidad.

El padre Orlandis, cuya voluntad de lectura fiel a santo Tomás estaba apoyada por un absoluto espíritu de independencia respecto de las versiones escolásticas que habían reducido la locución mental a un instrumento accidental y supletorio –sólo adecuado para suplir la ausencia o desproporción de lo entendido respecto del entendimiento– consiguió convencerme de modo que yo pudiese encontrar, en el conocimiento directo del Angélico, la tesis de la naturaleza locutiva y manifestativa del entendimiento, que llevaba consigo el reconocimiento de que «lo entendido se comporta como algo constituido y formado por la actividad del entender». El malentendido kantiano del que se generó el idealismo trascendental, con la consiguiente fenomenización de lo inmanente a la experiencia y el agnosticismo sobre lo trascendente a la experiencia, deriva del olvido (no sólo en el pensamiento moderno, sino también en la escolástica tomista seguidora de Cayetano) del carácter activo del sujeto pensante.

Con la aprobación y el apoyo del profesor Eusebi Colomer formulamos la tesis, frente a los malentendidos de la exigencia de fundar el realismo en una buscada intuición, de una actividad pensante del sujeto hecho ya poseedor de los contenidos entendidos, es decir, de un «realismo pensante». Llamando a esta actividad «cogitatio» había escrito ya san Agustín, precisando lo que entendía por «intelligentia»: «Hanc nunc dico intelligentiam qua intelligimus cogitantes».

No hace falta advertir que el padre Orlandis, que ejercía su magisterio de santo Tomás al servicio de nuestra formación como pensadores cristianos en aquellos de sus discípulos en los que descubría tal vocación especulativa, no hablaba de estas cosas en las reuniones de celadores, o en la dirección espiritual de quienes no se sintiesen llamados a la especulación filosófico-teológica. El programa espiritual de Schola Cordis Iesu, la auténtica y sincera comprensión de la devoción al Corazón de Jesús, era la humildad y la infancia espiritual, que santa Teresita tenía misión de recordar a los cristianos, y que para el padre Orlandis era el núcleo mismo del espíritu de Schola Cordis Iesu.

Recordemos que el padre Orlandis había escrito, en 1934, algo que había pensado diez años antes [1924]: tituló aquel escrito «Pensamientos y Ocurrencias»,1

1. Orlandis Despuig, Ramón S.I. «Pensamientos y Ocurrencias» (véase Cristiandad nº 268, año XII).

aludiendo más al carácter de algo carismáticamente sobrevenido en su vida que a un hallazgo teológico o doctrinal de personal tarea reflexiva y discursiva. Cuando yo conocí al padre Orlandis, aquel escrito restaba sólo ciclostilado y tardaría mucho tiempo en ser impreso en las páginas de Cristiandad [1955]. En la primera conversación con él me entregó aquellos papeles asegurándome que encontraría en aquel camino lo que no había conseguido hallar hasta entonces. El movimiento espiritual que suscitó en mí el escrito orlandiano fue tal que motivó el consejo del jesuita Alfredo Mondría de ponerme bajo la dirección espiritual y la orientación cultural del padre Orlandis.

Por todo ello vemos que la escuela tomista de Barcelona fue uno de los frutos de la actitud espiritual que caracterizaba a Schola Cordis Iesu, pero que no era una exigencia del apostolado del Corazón de Jesús y de la infancia espiritual. El padre Orlandis sentía el Apostolado de la Oración, al que quería que se sintiese vitalmente vinculada Schola Cordis Iesu, la sección barcelonesa por él fundada, como un servicio ferviente a la Iglesia en el apostolado del Corazón de Jesús. Aquel «munus suavissimum» de que se hablaba tanto entonces –y que no debiera ser nunca olvidado que no era una decisión colectiva de la Compañía de Jesús, sino un encargo divinamente sobrevenido a ella– como el servicio a la Iglesia que aquélla estaba llamada a realizar.

El capuchino Valentí Serra de Manresa, que firma como Archivero de los Capuchinos de Catalunya, podría, de algún modo, presentarse como un testimonio de la vocación cristiana de muchas personas y movimientos en nuestra tierra. En la situación actual de las cosas, su alusión, en el Full Dominical de l’Arquebisbat de Barcelona de 6 de enero de 2008, al Apostolado de la Oración y a su romería a Montserrat en octubre de 1896, presidida por el título «El Sagrat Cor a Catalunya» viene a ser una llamada a la conciencia de los jesuitas y de cuantos hemos recibido de ellos, en algún momento decisivo de nuestras vidas, el mensaje del Corazón de Jesús. El recuerdo no podría ser más oportuno cuando la Compañía está llamada a elegir un nuevo padre General (al que suelen llamar «Papa negro») en unos momentos decisivos para la Iglesia y en los que puede caber en los jesuitas una decisiva responsabilidad.

Por esto ahora considero más esencial y universalmente influyente al Apostolado de la Oración tal como lo comenta Valentí Serra de Manresa que a la misma escuela tomista de Barcelona, a la que en definitiva debo mi presencia universitaria y toda la orientación de mi magisterio. En vísperas de la elección del nuevo General de la Compañía, mi plegaria se dirige al Corazón de Cristo por mediación de María y del Patriarca José para que la Compañía encuentre el camino por el que pueda perseverar en servir a la Iglesia en el divino encargo del apostolado del Corazón de Jesús y de la comunicación a los cristianos de la esperanza en la realeza de Cristo.