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Pío Moa explica que durante la Segunda República la Iglesia fue atacada hasta el intento de borrarla de la faz de España y que en el anticatolicismo estaban de acuerdo todas las izquierdas

Carmelo López-Arias / ReL 14 de abril de 2021

Hace ya casi un cuarto de siglo Pío Moa revolucionó la historiografía española sobre la Segunda República y la Guerra Civil con una trilogía (Los orígenes de la Guerra Civil Española, Los personajes de la República vistos por ellos mismos y El derrumbe de la Segunda república y la Guerra civil) que se ha ido acrecentando con otros títulos hasta constituir una obra insustituible sobre el periodo.

Con ella Moa ha conseguido romper el monopolio ideológico que intenta convertir en doctrina oficial la visión estalinista sobre aquella trágica década de la historia española e inspira, por ejemplo, la Ley de Memoria Democrática cuya tramitación quiere el Gobierno completar este año.

Faltaba, sin embargo, en su bibliografía una obra sobre la evolución política completa de la Segunda República, proclamada el 14 de abril de 1931. Es la que nos brinda ahora en La Segunda República española. Nacimiento, evolución y destrucción de un régimen (1931-1936). La abordamos con el autor en cuanto a la orientación anticatólica que adquirió desde el principio. 

-¿Por qué la Iglesia se mostró dispuesta a colaborar con el nuevo régimen? 

-En la Iglesia y en general entre los católicos, había posturas diversas. El problema es que la monarquía se suicidó, realmente, y ante ello la posibilidad de una república "no epiléptica" como la que había anunciado el católico Alcalá-Zamora parecía una esperanza real para un régimen en el que la Iglesia mantendría un peso significativo. Como de hecho lo mantuvo a través de la CEDA [Confederación Española de Derechas Autónomas], principalmente. 

-La quema en mayo de un centenar de iglesias y conventos anunció enseguida que las cosas irían por otro camino. ¿Se debió aquello a una conspiración? 

-Más que una conspiración, yo creo que fue un movimiento espontáneo promovido sobre todo por masones y socialistas. Para ellos, el ataque a la iglesia era fundamental, una de las pocas cosas en que estaban de acuerdo todas las izquierdas.

-¿Tuvo ya pretensiones revolucionarias aquel movimiento tan temprano?

-No tenía objetivo revolucionario preciso, solo desahogaba sus creencias en un momento favorable. Pero el principal responsable fue el gobierno, que permitió la acción de bandas de delincuentes, como vino a llamarles el mismo Prieto. Eran grupos pequeños que pudieron actuar así con impunidad, y a aquellos delincuentes los consideraron "el pueblo" las izquierdas.

-¿Por qué esa parálisis en un gobierno en el que había católicos como Alcalá-Zamora o Maura?

-En parte por miedo (Alcalá-Zamora), en parte por una complicidad de ideas, hasta que se dieron cuenta de que la cosa estaba socavando a la propia república.  

-Leemos en el libro que Manuel Azaña ingresó en la masonería tras la proclamación de la República y apenas frecuentó las logias. ¿Qué le animó a hacerse masón? 

-Azaña  ingresó en la masonería simplemente para contrapesar la influencia política de otros políticos masones. Las ceremonias masónicas le causaban cierta repugnancia, pero el conjunto de su pensamiento, antes de entrar en la "orden" y de prescindir luego de ella,  se parecía mucho a las concepciones masónicas. No todos los que piensan como masones lo son

-¿Era posible en aquella España la instauración de una República tipo francés, laicista y masonizante pero "burguesa" y formalmente democrática?

-Esa era la idea de Azaña, imitar la III República francesa sin darse cuenta de las profundas diferencias sociales e históricas entre Francia y España. El plan de Alcalá-Zamora era mucho menos radical, él creía poder orientar a una derecha "progre", si bien no anticatólica, pero su papel en la "quema de conventos" le hizo perder la posibilidad. Ni Azaña ni Niceto entendían lo que estaba pasando ante sus ojos, con la radicalización de las masas por la propaganda socialista y anarquista. Azaña creía poder encauzar de algún modo a los socialistas y en principio también a los anarquistas para su república a la francesa. Pero ni unos ni otros se dejaron "encauzar" y en cambio arrastraron a Azaña y los demás. 

-¿Cómo condicionó la componente católica de los nacionalismos vasco y catalán la posición de la Iglesia española durante la República? 

-Los separatistas vascos eran ante todo antiespañoles y racistas, luego católicos. Creo que no influyeron gran cosa en el conjunto de la Iglesia, e incluso en las elecciones de 1936 hicieron caso omiso de las políticas unitarias que propugnaba el mismo Vaticano frente a la evidente amenaza revolucionaria. La postura de la derecha separatista catalana fue distinta. En gran medida abandonó el separatismo y buscó  el acuerdo con la Iglesia. Como es sabido, terminó colaborando con Franco, así como la mayor parte del clero catalán.

-Se suele mencionar la excepción de Vidal i Barraquer...

-El arzobispo Vidal i Barraquer tuvo en la Iglesia cierta influencia, en mi opinión nefasta. Por sus simpatías separatistas Companys se ocupó de salvarlo, mientras su obispo auxiliar, Manuel Borrás, era asesinado y quemado. Por esas simpatías separatistas intrigó en Roma contra los que estaban salvando a la Iglesia del exterminio, alegando que no quería apoyar a ninguno de los bandos, sino buscar la pacificación... Lo que fue interpretado por los nacionales como un ejercicio de hipocresía intolerable, prohibiéndosele la vuelta a España. 

-Cuando fueron irreversibles las medidas anticatólicas plasmadas en la Constitución de 1931, ¿apoyó la Iglesia a quienes empezaron a conspirar contra el régimen? 

-La Iglesia no apoyó conspiraciones, aunque inspiró a la CEDA, que era un partido moderado, católico y no enemigo de la república, sino cumplidor de su legalidad –al revés que la mayoría de los republicanos–. La mayor parte de los católicos esperaban que con el triunfo de la CEDA mejoraría la posición de la Iglesia, sometida hasta entonces a un permanente acoso.  

-Pero ¿no tenía cierta razón la izquierda al acusar a los católicos de conspiradores? Salvo excepciones con nombres y apellidos, casi toda la oposición a la República o era explícitamente católica o hacía suya la causa de la identidad católica de España... 

-Hay que distinguir tres momentos. En el primero, ni siquiera después de las acciones terroristas llamadas "quema de conventos" adoptó la Iglesia una posición antirrepublicana, aun si gran parte de ella habría preferido la monarquía (que se había vuelto imposible por suicidio). La política de la CEDA, "posibilista" dentro de la ley, era la que más concordaba con la posición eclesial.

"Todos los conventos de Madrid no valen la vida de un republicano": fue la frase con la que Azaña zanjó en Consejo de Ministros la pasividad del Gobierno ante la quema de un centenar de iglesias y conventos en toda España. Foto: el convento de las Mercedarias en Cuatro Caminos (Madrid), envuelto en llamas.

»En el segundo momento, tras las elecciones de 1933, pareció abrirse el camino a una situación mucho más favorable, por el triunfo de la derecha. Izquierdas y separatistas catalanes se sublevaron contra su propia legalidad y contra la democracia y comenzaron una política de exterminio, pero fueron vencidos en octubre de 1934. El tercer momento fue el del Frente Popular y la guerra, cuando la política de aniquilación se  aplicó sistemáticamente, lo que obligó a la Iglesia, salvo excepciones, a defender a quienes la estaban salvando físicamente.

-Es decir, de principio a fin, la Iglesia es reactiva, no activa...

-En pocas palabras: la Iglesia no hostigó a la república y la aceptó, incluso cuando esta atacó la libertad de conciencia (reconocido por Azaña) y otras libertades. En cambio fue progresivamente atacada hasta el intento de borrarla de la faz de España. Es decir, la pregunta podría hacerse al revés: ¿no tenían razón los católicos para oponerse a una república cada vez más terrorista contra ellos? Pero oposición real y oficial no la hubo hasta bien entrada la guerra. 

-¿Por qué atribuye usted al católico Alcalá-Zamora una responsabilidad similar a la del masón Azaña en el fracaso final de la República y el desencadenamiento de la Guerra Civil?

-Niceto Alcalá-Zamora, como Azaña, era un iluso un tanto megalómano, que creía poder construir nada menos que una nueva España, teniendo solo ideas superficiales de lo que realmente se estaban jugando en el país y en Europa. Se proponían ambos una tarea de titanes sin tener nada de titanes, y se vieron enseguida desbordados por la realidad. Niceto quería ser el mentor de una derecha digamos progresista, pero la mayoría de la derecha lo rechazó después de su conducta, que entendió  cobarde,  ante la quema de iglesias, bibliotecas, etc., y su partido quedó en posición insignificante. Esto no lo perdonó.

-Hubo, pues, mucho de resentimiento personal...

-Los éxitos de la CEDA y de Lerroux le sublevaban, pese a seguir una política en el fondo muy parecida a la suya. Tras la derrota de la sublevación socialista-separatista de 1934 se abrió una posibilidad de estabilizar y moderar al régimen, pero fue Niceto quien  consiguió lo que no habían conseguido los sublevados: destruir a Lerroux y su partido moderado, y expulsar del gobierno a la CEDA. Completamente fuera de la realidad, creyó llegado el momento de inspirar un gran partido "de centro" con personajes irrelevantes como Portela. Se vio obligado a convocar las elecciones de febrero de 1936 en pleno auge de los odios sociales, deseando el hundimiento de la CEDA y su sustitución por su partido portelista. Y prefería una victoria pequeña del Frente Popular, porque la CEDA, de ganar, lo destituiría, mientras que el Frente Popular no lo haría, pues le habría debido a él el poder.

-Craso error...

-Las izquierdas lo destituyeron. Puede decirse que él trajo la república y él la destruyó, al menos tuvo una responsabilidad fundamental en ambas cosas. Su destitución, en abril del 36, terminó de demoler al régimen y abrió la puerta directamente a la guerra. La trayectoria de don Niceto, como en la de Azaña, contiene una serie de absurdos y esperpentos que, si no fuera por las consecuencias trágicas, serían dignas de una comedia de enredo.

-¿Podrían hacerse paralelismos actuales?

-¿Si existe hoy algo parecido al nicetismo? En mi opinión la política del PP podría describirse como un nicetismo incluso empeorado.

Artículo publicado originalmente en ReL el 20 de enero de 2021.