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«DERECHOS HUMANOS y DESPRECIO AL HOMBRE»

Editorial firmada con las iniciales F. C. V. en Cristiandad Año XXXII núm. 548 Octubre 1976 Págs. 233-234

El lenguaje político moderno está lleno de graves equívocos. El término «democracia», que para los griegos significaba la deformidad viciosa de la forma de gobierno republicana -así como la tiranía lo es de la monarquía, o la oligarquía de la aristocracia- había sido admitido en el lenguaje tradicional escolástico para expresar la deseable participación en el poder por parte de todos los miembros de una comunidad. Así en Santo Tomás. Pero a partir de la filosofía del siglo XVIII, inspiradora de la revolución francesa, significa también una concepción del mundo y una filosofía, negadora del origen divino del poder y del fundamento de las leyes humanas en una ley natural participación de la ley eterna.

Un equívoco análogo se da con el término «derechos humanos». Éstos son hoy objeto de atención universal en los ambientes políticos y en los medios de comunicación, y vienen a ser como el lema o bandera que preside la vida colectiva de los Estados y de la comunidad internacional. Pero, como efecto de aquellos equívocos, podemos advertir dos hechos a primera vista sorprendentes.

Es habitual oírlos invocar para condenar represiones «derechistas», o «fascistas» o tenidas por tales, contra actividades políticas de signo izquierdista. Es también habitual que estos defensores de los derechos humanos se indignen contra quien se atreva a aludir a su violación por parte del totalitarismo comunista. Basta decir sobre esto lo que por otra parte todo el mundo sabe, para ser acusado de loco, insensato, o cómplice del fascismo; todos recordamos lo que se escribió en «Cuadernos para el diálogo» sobre la conveniencia de que no pudiesen huir de los campos de concentración hombres como un célebre escritor ruso.

Este lema de los «derechos humanos», que sirve para defender, contra limitaciones o prohibiciones por parte de la autoridad, actividades de expresión de ideas políticas, luchas laborales, huelgas, etc., y desde luego para combatir la pena de muerte, es también invocado para defender, como un derecho de la mujer, el aborto; y pronto veremos a las mismas corrientes ideológicas y políticas invocarlo, no sabemos como derecho de quién, para defender como un progreso la legalización de la eutanasia.

Estos hechos resultan sorprendentes sólo desde una consideración superficial de las cosas. En nuestro mundo occidental, y mientras sigue estando presente en la conciencia de muchos la idea del hombre como ser personal creado a imagen y semejanza de Dios, ejercen su imperio, a través de la política, ideologías cuya inspiración filosófica es radicalmente antropocéntrica, atea y antiteística, y por ello profundamente inhumana. El liberalismo, la democracia de inspiración doctrinal roussoniana y spinoziana, el socialismo en todos sus grados, se apoyan en concepciones filosóficas que niegan la sustantividad espiritual del hombre individual, y su libertad de albedrío y responsabilidad moral.

Cuando se habla de «derechos humanos» desde estos presupuestos filosóficos, más o menos conscientemente profesados, lo que se hace es establecer una perspectiva antropocéntrica sobre la vida social y la historia. Tales derechos se fundan en el hombre, y en nombre de estas concepciones se recusa precisamente la idea cristiana de una ley natural impresa por Dios en nuestra mente. Negada la fuente divina de la dignidad de la persona humana, el mito de la voluntad general se constituye en fundamento último de todo el orden social.

En relación íntima con este antropocentrismo, para el que el poder humano carece de límites imperativos que condicionen su decisión -por esto puede imperar el control de la natalidad, el monopolio obligatorio de la educación estatal, la esterilización, la eutanasia, y todo lo que considere útil para los objetivos que se proponga una determinada política- está la negación del origen divino del poder, expresada en la falsa metafísica de la «soberanía del pueblo».

Según la fe cristiana, obediente a la enseñanza del Apóstol San Pablo, «no hay poder sino por Dios». No radica en el hombre, cualquiera que sea su edad o situación en la familia, en la actividad económica o en la escala social, la facultad de dirigir las voluntades humanas al bien común.

La misma razón natural nos da a conocer que ninguna multitud puede ser ordenada sino desde principios que trasciendan los elementos múltiples que la integran. La fe y la filosofía cristiana están acordes en afirmar que sólo desde una perspectiva descendente, desde el origen trascendente y divino de la potestad, se justifica el derecho a su ejercicio, su título moral de autoridad, y el deber de obedecerla.

Por esto mismo la voluntad humana está al legislar sometida a la suprema legislación divina impresa, con la creación, en el orden natural puesto por Dios en el mundo. Para el antropocentrismo, por el contrario, la voluntad humana es ilimitada en sus objetivos, e incondicionada frente a toda norma que no emane de ella misma.

Es esto, y no una forma de gobierno en la que «todos tengan parte en el principado» -según la expresión de Santo Tomás- lo que, desde la inspiración de las filosofías anticristianas de los siglos modernos, se significa con la tesis de la «soberanía del pueblo», que se afirmó en antítesis al origen divino del poder.

El absolutismo, inspirado en el humanismo del Renacimiento, operó una reducción mundana e inmanente de la doctrina católica a través de la tesis del derecho divino de los reyes. En nuestro siglo, en un contexto filosófico más explícitamente panteísta, se concibió el Estado como el advenimiento de lo divino sobre la tierra. Tales errores tienen un carácter idolátrico, porque atribuyen carácter divino a realidades finitas. Pero la mitología democrática de la soberanía del pueblo se levanta contra la idea misma de un principio divino de unidad, y de un modo mucho más radicalmente anticristiano se enfrenta «a todo lo que se llama Dios o recibe culto». No es ya idolatría, sino antiteísmo.

Y al negar la soberanía de Dios, se cancela la comprensión del hombre como persona. Los «derechos humanos» son entonces expresión de la omnipotencia ilimitada de la voluntad humana como único fundamento de toda norma. El mito del «pueblo» justifica, con el apoyo del falso principio que pone en la multitud como tal el principio de su unidad, aquel carácter del Estado de ser fuente y árbitro del bien y del mal, de lo justo y de lo injusto.

En un momento en que un lenguaje cargado de equívocos, bajo los que pueden ocultarse graves errores y que pueden conducir en la práctica a consecuencias muy nefastas, invade nuestro ambiente, esta revista cree tener una responsabilidad. Bajo la inspiración del que fue maestro de sus fundadores, se inició en 1944 llevando el título de EDICIONES SARDA Y SALVANY como designación de su empresa responsable. Ahora hay que insistir en el sentido pecaminoso y erróneo de los errores que se enmascaran bajo los títulos de liberalismo, democracia o socialismo.

De otro modo nuestro pueblo correrá riesgos muy graves. Nuestros intelectuales y políticos parecen ignorar que, si tales filosofías falsas no han llevado a consumación su tarea desintegradora, es porque otros principios y tradiciones cristianas han seguido, más o menos precariamente, presentes en la conciencia colectiva de los pueblos occidentales.

Under God, «Bajo Dios», decía Lincoln al hablar del Gobierno «por el pueblo y para el pueblo». En Suecia se ha conservado la confesionalidad de la monarquía, y el carácter «establecido» de la Iglesia evangélica luterana, a través de cuarenta y cuatro años de gobierno social-democrático. Pero quizá en esto habrá que reconocer que España es diferente. El socialismo democrático tolera el protestantismo sueco y el anglicanismo, pero es moralmente cierto que no toleraría en la vida pública nuestra confesionalidad católica. Tal vez nosotros seamos más radicales y consecuentes, y avancemos más rápidamente desde los principios a las conclusiones prácticas. Un ruso genial [Dostoyevski] dijo que «si Dios no existe todo está permitido», pero esto tal vez sea el pueblo español el único en llevarlo inmediatamente a la práctica.

F.C.V.