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EL DESTINO DE ISRAEL A LA LUZ DE LA EPÍSTOLA A LOS HEBREOS
por Francisco Canals Vidal Revista Cristiandad. Barcelona. 1 de julio de 1952. Año IX. Núm. 199-200. Págs. 254-262.
Para precisar el sentido mismo del problema que proponemos, es necesario que desde el punto de vista de la "Teología de la Historia" tratemos de comprender cuál era la vocación y cuál ha sido el camino de Israel a trávés de los siglos.
Porque sólo la luz de la palabra de Dios que ilumina la Historia puede llevarnos a conocer el sentido trascendente y universal de la existencia del linaje de los hombres, el de los concretos caminos de la vida en el tiempo de sus generaciones y de sus pueblos. Porque de entre la sucesión indefinida e innumerable de los hechos humanos sobre la tierra a través de los siglos, viene aquella luz a hacer resaltar como en po11('1'OSO relieve - de:ltacándolos como cumbres altísimas sobre la aparente monotonía de una sucesión sin estructura - algunos actos, determinadas y precisas palabras, que en lugares de concreta situación y en instantes singulares e irrepetibles, realizaron o profirieron algunos hombres a quienes el libérrimo designio del consejo divino marcó con el sello de una eficacia o significación universales.
Son estos acontecimientos que la palabra de Dios nos revela, así como los puntos en que el trascendente plnn de la divina Providencia se explicita en la Historia. Nudos y centros de la ordenada estructura de la vida histórica de ]a Humanidad podríamos llamarlos, si imaginásemos como en panorama consistente el fluir de los siglos. En estas acciones centrales del proceso de la Historia, orientadas todas como preparación y profecía o como consecuencia, en torno al hecho único por excelencia del Sacrificio redentor y del triunfo de Cristo, se encuentran las divisorias y las encrucijadas desde las cuales es posible contemplar el panorama de los siglos cruzados por misteriosos y definidos caminos por los que transcurre la vida de la Humanidad.
Vamos, pues, a fijar, saltando sobre los siglos, nuestra mirada en alguna de estas cumbres de la Historia. Las ilumina aquella palabra de Dios que Pablo, el Apóstol que llevó la Iglesia a las naciones, dirigía a los judíos creyentes en Jesús en vísperas de la crisis que iba a separar y a contraponer durante siglos el camino de la Iglesia de Cristo y el que ha seguido el Israel de la carne. Tratemo!>, pues, de comprender esta Teología de la Historia contenida en la Epístola a los Hebreos, el mensaje que desde Roma dirigía el Apóstol de las Gentes a la Iglesia de Jerusalén; porque ello nos ayudará sin duda a caer en la cuenta de los más profundos aspectos del actual momento en que vivimos. Para ello debemos dirigir ahora la mirada de nuestra imaginación a algunos lejanos y misteriosos acontecimientos: apoyándose nuestra memoria en los sagrados libros que contienen la historia de Israel, y la clave de la del mundo, contemplemos algo que acaeció hace ya ahora cuatro milenios...
I. -EL SACRIFICIO EUCARISTICO PREFIGURADO DOS MIL AÑOS ANTES DE JESUCRISTO
Melquisedech, Rey de Salem, sacerdote de Dios Altísimo, bendice a Abraham el patriarca,' que tenía Jos promesas de bendición para todos los pueblos de la tierra RA hacia el co· -- mienzo del se· gundo milenio antes de J esuc r i sto. Muchos si g los antes de q u e en la tierra de Canaán se esestablecieran los h i j o s de Israel. Porque todavía el pueblo elegido no existia sino en su padre Abraham, y bastantes años tenían aún que transcurrir antes de que su esposa Sara, "la Señora", diera a luz a Isaac, el hijo "nacido según la promesa", en quien se computaría su descendencia elegida. Sobre Ophel, la más oriental de las dos colinas en que se asienta la Jerusalén antigua, se levantaba entonces la Si6n jebusea, la ciudad cuyo nombre, Salem, anunciaba ya un reino de paz. Sobre el cauce del torrente Cedr6n y el valle de Tirope6n dominaban poderosas sus murallas de ocho metros de espesor, que cercaban la reducida superficie ocupada por la ciudad. El imponente aspecto que la atrevida fortificaci6n ofrecía desde aquellos valles que por el Este, Sur y Oeste defendían la colina, hubiera bastado para explicar su futura fuerza a los que la contemplaban, si se les hubiera anunciado que aquella ciudad había de resistir durante siglos los ataques de los pueblos enemigos y que por esto los hijos de Benjamín y de Judá no podrían dominarla hasta el día en que David, el héroe de Israel, consiguiera penetrar en ella para establecer allí el cetro de Judá sobre las doce tribus. En un lugar cercano a Salem, que se llamaba el valle de Savé, o del Rey, tal vez allí donde el cauce del Cedrón se abre sobre los valles del Tiropeón y del Hinnón, bajo el imponente marco de la ciudadela regia de la Sión jebusea, hace ya ahora cuarenta siglos una multitud de millares de hombres contemp16 un día admirada una escena de solemne grandiosidad: Porque aquella muchedumbe que llenaba en aquel día el valle de Savé, era una caravana que se dirigía hacia Hebrón, regresando del norte - cerca de Damasco, la cabeza de Aram -, vencedora en una audaz empresa en la que Dios concedió a Abraham la victoria sobre sus enemigos, los más poderosos reyes del Oriente: Kedorlaomer, rey de Elam, la ciudad que ejercía en aquel tiempo su hegemonía sobre la Mesopotamia y aun extendía su dominio hasta el Mediterráneo; Amraphel, rey de Senaar, es decir, Hammurabí d~ Babilonia, el autor del famoso Código; Arioc de EI-Lasar, y T1gdal, rey de los Goyim, es decir, Tugdalia de los hititas, el poderoso pueblo cuya noticia antes de los modernos descubrimientos sólo por la Biblia había llegado hasta nosotros. Estos poderosísimos monarcas acababan de vencer a los cinco reyes de I<l;s ciudades de la Pentápolis palestina: Bera, rey de Sodoma; Blr~a, rey de Gomarra; Sinap, rey de Adna; Semeber, rey de SebOYlm, y Bela, rey de Segar; rebelados contra Kedorlao-- mer, de quien habían sido vasallos durante doce años. Entre los prisioneros que al regresar hacia el norte llevaban los vencedores consigo, estaba también Lot, el sobrino de Abraham que atraído por la opulencia y fertilidad de aquel .. vergel de Yah~ veh., que era la llanura del Jordán antes de que el castigo divino destruyera las ciudades pecadoras, se había establecido en Sodoma. Este hecho motivó la intervención de Abraham en aquella guerra entre reyes. Abraham moraba ya entonces en el encinar de Mamré, al noroeste de Hebrón, donde se hallan aún hoy día las tumbas de los patriarcas. Enterado por un fugitivo de que su sobrino quedaba reducido a la ~ura esclavitud de los vencedores, reunió Abraham a 318 siervos, n~cldos en su casa, expertos en las escaramuzas y sorpresas de la VIda de los pastores; Mamré el amorreo y sus hermanos Eskol y Amer, aliados de -;\braham, se le unieron también con su gente. Durante muchas Jornadas siguieron con cautela a los ejércitos vence~ores entorpecidos por el botín y los prisioneros. Y ya en Dan, Jun~o. ~I país de Aram, se les presentó ocasión para caer, de noche, dIVIdIdos en numerosos grupos sobre la descuidada retaguardia. El resultado de aquella atrevida empresa fué la liberación de los prisioneros y la recuperación de toda la riqueza arrebatada a los reyes de las ciudades vencidas. Abraham y los suyos pudieron perseguir a los ej ércitos diezmados y desconcertados hasta Jobá al oeste de Damasco. ' _Regresaba Abraham vencedor de los poderosos monarcas del Oriente, los mismos que habían vencido antes a los reyes de las cinco ciudades. Al encuentro de la triunfadora comitiva, que pasaba aquel día junto a los muros de Salem se dirigieron los reyes huídos de la desastrosa jornada dei Mar de la Sal. En efecto, el rey de Sodoma, la más poderosa y opulenta de las ciudades derrotadas y expoliadas, venía hacia Abraham, tal vez con la esperanza, disimulada con aduladora cortesía, de recobrar su riqueza perdida die manos del generoso vencedor; aunque en su presencia no se atrevería sino a pedir de él la entrega de los prisioneros liberados, entre los que se hallaban sus mujeres y los príncipes de su ejército: "Dame las personas y cógete la riqueza", diría a Abraham el rey de Sodoma; pero la respuesta de aquél sería digna del majestuoso señorío del "Príncipe poderoso": "Alzo mi mano jurando a Yahveh, Dios Altísimo criador de Cielo y tierra, que ni ttn hilo ni una correa del calzado tomaré de cuanto te pertenece, para que no digas: Yo enriquecí a Abraham." El nombre de Abraham era en verdad aquel día exaltado sobre los reyes del país. Pero en aquel momento en que el rey vencido se iba a presentar ante el patriarca vencedor, y antes de que pudiera dirigirle aquél su saludo humilde, fué cuando hasta el lugar don~e estaba Abraham, rodeado de aquella caravana cargada con botín de reyes, se dirigió el rey de la ciudad bajo cuyos muros potentes habían detenido su marcha: Melquisedech, rey de justicia, el monarca de la ciudad de Salem, salía al encuentro de Abraham, el príncipe poderoso, protegido de Dios, que regresaba vencedor, rodeado de su gente y la de sus aliados, llevando también consigo a los que poco antes habían caído en poder de los enemigos y cargado con cuantioso botin. En el momento en que Melquisedech se detuvo ante Abraham, la atención de cuantos se hallaban aquel día en el valle del Rey se dirigió hacia su majestuosa figura; porque la escena de que iban a ser protagonistas aquellos dos hombres que se encontraban uno frente al otro en el centro de la multitud que los rodeaba, era por cierto digna de ser contemplada con admirado estupor. Quienes aquel día la tenían ante sus ojos no podían presentir entonces que aquel hecho de que iban a ser testigos estaba marcado con el sello de una misteriosa significación; ni podían prever que lo que sucedía en aquel instante del tiempo, junto a los muros de Salem, iba a ser propuesto a las futuras generaciones como una cima desde la cual sería dado contemplar la marcha de los siglos. Pero la majestad sencilla y sublime de Abraham, el patriarca bendecido por Dios, y la regia dignidad del monarca de Salem, que había salido por 1a puerta de la ciudad cubierto de sacerdotales vestiduras, mantenía tensa la fuerza de su espíritu pendiente de lo que harían y dirían aquellos hombres. * * * y he aquí que M:elquisedech, el rey de Salem, no parecía venir a ensalzar con regia cortesía al príncipe vencedor, no venía a inclinarse ante Abraham, sino a presentar en su nombre un sacrificio ante Dios. El que dominaba sobre su pueblo con regia potestad, era también su mediador ante el Señor. 1\felquisedech era Sacerdote del Dios Altísimo, el Creador del cielo y de la tierra, que le había hecho su sacerdote; porque había sido fiel a Él y a la fe transmitida desde los tiempos antiguos a los hombres y no había corrompido su culto. Por esto pudieron contemplar entonces como en el centro del valle, delante de Abraham que se inclinaba reve· rente ante Dios y ante su Sacerdote, ofrecía Melquisedech el sacrificio. El sagrado rito no consistía en la inmolación de animal alguno. No se veía correr la sangre sobre la piedra del altar. Lo que sobre él se presentaba y ofrecía en rito sencillo y misterioso al Dios Altísimo a quien adora· ban Abraham y l\felquisedech, no era sino pan y vino. Lo contemplaban atónitos todos los allí presentes. Aquel rito no significaba en modo alguno que Dios hubiese renunciado a exigir la efusión de la sangre y el sacrificio expiatorio para reconciliarse con los hombres. y cuando hubo presentado ante Dios el sacrificio del pan y del vino, dirigió Melquisedech su palabra a Abraham. Su lenguaje no era el de un rey encomiando la victoria del vencedor de los reyes; su actitud era la del sacerdote, que tiene como superior el poder de bendecir en nombre de Dios; Melquisedech exclamaba:
¡Bendito sea Abraham,
del Dios Altísimo,
Creador de cielo y tierra,
y bendito sea Dios Altísimo
que entregó
a, tus enemigos en tu mano!
Abraham, que recibió reverente la bendición, inclinado ante la presencia del Rey Sacerdote, se incorporó después y dió sus órdenes a los principales de sus servidores, los que estaban más próximos a él. Y éstos transmitieron la orden a todos los sectores de la complicada caravana. Debía contarse toda la riqueza arrebatada al enemigo, los rebaños, el oro y la plata, todo cuanto de más valioso llevaba la comitiva; porque el diezmo de todo ello, contado yescagido cuidadosamente, debía ser entregado como ofrenda de sumisión y acatamiento a Melquisedech, el Sacerdote del Altísimo, que había bendecido a Abraham después de su victoria sobre los reyes.
* * *
Para los que en los siglos venideros y hasta hoy, a cuatro milenios de distancia, contemplasen a través del conciso relato del capítulo XIV del Génesis el misterioso suceso del encuentro de Abraham con Melquisedech, el hecho había de ser causa de sorprendida admiración. Porque el nombre de Abraham, el Patriarca, llena los libros sagrados de Israel; él es la roca de la que Dios extrajo su pueblo elegido. Su nombre abre también las páginas del Evangelio con la genealogía del Mesías, hijo de David, hijo de Abraham. Dios mismo, que reveló a Moisés su nombre, el que expresa su eternidad inmutable, al decirle: "Yo soy el que soy", se ha dignado, para ser conocido de hombres con nombre de misericordia que expresase su redentora proximidad, revelarse como el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob (1).
...Decía el Señor a Moisés, que le preguntaba su nombre: «Yo soy el que soy»... Yo soy es nombre de inmutabilidad... ¿Qué significa «Yo soy el que soy», sino: «Eterno soy?
Siendo, pues, este su nombre de eternidad, se ha dignado tener también un nombre de misericordia; «Yo soy el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob». Aquél en si mismo, y éste respecto a nosotros...
San Agustín, Serm. VII, Migne. P. L. 38, col. 66.
Pero he aquí que, en medio de aquella narración del Génesis en la cual todo cuanto precede y sigue parece orientarse a exaltar la grandeza del Patriarca a quien Dios había llamado y a quien había prometido que en su DESCENDENCIA serian benditos todos los pueblos de la tie· rra, el nombre de Melquisedech, rey de desconocido linaje, que no vuelve a aludirse en los sagrados libros en que se contiene la historia de Israel, se muestra sin embargo como manifiestamente superior al de Abraham.
II. - DIEZ SIGLOS ANTES DE JESUCRISTO
DAVID, EL REY PROFETA, ANUNCIA LA REALEZA Y EL SACERDOCIO ETERNOS DE SU HIJO
Un milenio después, sobre el monte Sión, asiento de la inexpugnable fortaleza que hasta entonces - cuatro siglos después de establecerse en la Tierra Prometida los hijos de Jacob -había permanecido como ciudad de gente extraña y enemiga, se levantaba el palacio de riquísima madera de cedro del Líbano, que artífices enviados por el rey de Tiro construyeron para David, el rey que desde Jerusalén reinaba ya sobre todo Israel. En aquella morada regia comprendió David que el Dios de sus padres, Yahveh, le llabía sacado de sus pastos cuando andaba en Belén tras los rebaños de !Su padre, para hacerle príncipe sobre su pueblo y que en gracia de él había encumbrado su reino. Porque la conquista de Jerusalén fué la empresa que inauguró y expresó la unión de las doce tribus en torno al cetro real de David. 11 A los siete años de reinar en Hebrón sobre J udá, llegada a su fin la guerra entre l<t casa de Saúl y el hijo de Jesé, los ancianos de todas las tribus reconocieron que por medio de David, el que desde los días de Saúl traía y llevaba' a Israel y era amado por el pueblo, quería salvar Dios a su pueblo de los filisteos y de todos sus enemigos. y desde Hebrón, a donde acudieron los ancianos de Israel, pactada alianza con ellos y ungido rey sobre las doce tribus, partió David al frente de todo el pueblo hacia Jerusalén. La confiada jactancia de los jebuseos, que proclamaban con seguridad: "No en- trará David aquí" (gloriándose de que su ciudad hubiera podido ser defendida por un ejército de ciegos y cojos), quedó humillada por la bendición de Dios sobre el valor y audacia del rey y de sus héroes. Incendiada y muertos sus defensores por la espada, la fortaleza de Sión vino a ser "la Ciudad de David". El cetro prometido a Judá al bendecir Jacob a sus hijos, se estableció de este modo sobre Jerusalén, que iba a ser desde entonces la ciudad amada por Dios más que todos los tabernáculos de J acob, la escogida para morar entre su pueblo. Porque el Arca de la Alianza de Yahveh, conducida por los hijos de Aarón y de Leví, que Dios eligió para su servicio, había sido colocada en Jerusalén en el tabernáculo que en la ciudad mandó disponer el rey David. Éste recordaba gozoso el día en que había entrado en Jerusalén el Arca de Dios entre los gritos de júbilo de una multitud innumerable venida de todo Israel, a los alegres sones de las trompetas de plata de los sacerdotes, de los címbalos, cítaras y salterios que acompañaban los cánticos de los levitas. Danzando y saltando ante Yahveh había acompañado David el Arca del testimonio, gloriándose de campar· tir su regocijo con los humildes del pueblo sobre el que Dios le eligió para reinar. Viéndose en las ricas salas de su palacio, David había meditado en su corazón: él, el antiguo pastor que habitaba en la dehesa, vivía ahora en casa de cedro, presente de reyes poderosos. Y mientras tanto, moraba todavía Yahveh en Sión, en tienda de lona. Por esto deseó David construir en Jerusalén una casa para Yahveh. Mas por el profeta Natán Dios le dió a conocer su respuesta: mucha sangre había derramado David en su vida, y así no le sería concedido a él construir la casa de Yahveh. Y la promesa acompañaba a esta respuesta: su hijo, que sería el Rey pacífica, é8te le edificaría la casa. Porque Yahveh misma afirmaría la casa de David y su reino y consolidaría con.su bendición su trono para siempre. Sabía así ya David, por la divina promesa, que en ver· dad, al elegir a su padre de entre la casa de ,Tudá y al esco· gerle a él entre los hijos de Jesé, para rey de Israel, Dios elegía su descendencia para que en un hijo salido de sus entrañas se cumpliesen las bendiciones prometidas a Abraham, Isaac y J acob. Y las generaciones venideras de los hijos de Israel, esperarían desde entonces al Hijo de Davlil, al Ungido de Yahveh, porque de la raíz de .lessé saldría el deseado de las naeiones, el que había de venir, en cuyos días, cuando le servirían todos los reyes de la tierra y todas las naci.ones le estarían sujetas, florecería en su reino la justicia y la abundancia de la paz. El recuerdo de cómo Dios había estado con David desde su juventud, y por su bendición habia salido bien de todas sus empresas, alentaría para siempre la esperanza de los hijos de Israel. Porque Yahveh dió a David gran renombre, semejante al nombre de los más grandes que existen sobre la tierra. No sólo en su tiempo ]udá dominaba sobre sus hermanos y desde Dan hasta Bersabé todo el obedecía al que reinaba desde Sión con equidad y justicia. También le dió Yahveh a David la victoria contra todos los enemigos de Israel. Los filisteos, los descendientes de los hijos de Lot, Moab y Ammon, y los hij os de Edom, el rey de Soba y los sirios de Damasco, fueron derrotados y sometidos a su dominio. Desde el río, el Eufrates, por el norte del país de Aram, hasta la tierra de los filisteos y la frontera de Egipto, se extendió así el reino de David. Y con el botín de pueblos vencidos y presentes de reyes pucia David reunir y consagrar a Dios riquezas y oro y plata abundantes para el Templo que su hijo Salomón construiria en Jerusalén. * * * Desde los días de su juventud y hasta que en su huena vejez, colmado de días, de gloria y de riquezas, pudo preparar la construcción del Templo de SióJ1, fué David varón según el corazón de Dios. En el día en que el profeta Samuel había derramado sobre su cabeza el óleo de su cuerno ungiéndole para caudillo de su pueblo, el Espíritu de Yahveh inundó su corazón desde entonces para en adelante. y si ya cuando pastoreaba los rebaños era diestro en el taÍler y perito en el decir, y en la corte de Saúl su cálltico y el son de su arpa alejaban del rey el mal espíritu que le atormentaba, ahora, al reinar sobre SiÓll y contemplar las bendiciones y misericordias de Dios sobre su pue· blo, su corazón se derramaba agradecido y !Suplicante ante el tabernáculo de Yahveh. El soplo de Dios vivo, que regocijaba su corazón y su carne, movían el cántico del suavísimo salmista de Israel: Por mí está hablando de Yahvch el Espíritu, sobre mi lengua se halla su pfLlabra. y el Espíritu divino puso en sus labios misteriosos or[¡· culos. Saltando sobre los siglos se presentaba ante su mente el Reinado de su Hijo, en quien se consolidaría el trono de su Casa para siempre. El Hijo de David, mesías de Yahyell, el que constituído Rey sobre Sión promulgaría el decreto del Señor, diciendo a las naciones coaligadas contra Dios y contra su Ungido: Ao mí me dijo el Señor: Tú cres mi Hijo, Yo te engendl'é hOiJ, Pídeme y 'l'e daré las gentes en herenda, y por posesión tuya hasta los términos de la tierra.
Y un día, postrado David ante el tabernáculo de Dios, le impulsaba de nuevo el Espíritu a cantar la Realeza de aquel Hijo suyo, para quien Dios sería su Padre. Por esto, el Espíritu de Dios le movía a invocar como a Señor suyo a su Hijo; y éste fué aquel día el cántico de David:
Oráculo de Yahveh a mi Señor:
Siéntate a mi diestra mientras pongo a tus enemigos por escabel de tus pies.
De Sión hal·á salir Yahveh el cetro de tu poder,
domina tú en medio de tus enemigos.
Y el aliento de Yahveh en su corazón le movía a anunciar lo que sería capaz de llenar de esperanza y de espanto a los siglos: El nombre de Melquisedech, aquel rey de desconocido linaje, monarca sobre el pueblo cuyos descendientes exterminaron a espada y fuego los hijos de Israel al establecer David en Salem el cetro de Judá, y que fué sin embargo el Sacerdote del Altísimo Dios, que bendijo en su nombre a Abraham y recibió la sumisión y el diezmo de aquel sobre quien descansaban las promesas; quedaría de nuevo escrito en los sagrados libros de Israel. Porque ésta era la palabra de Dios, puesta en la boca de David:
Juró Yaweh y no se arrepentirá:
Tú eres Sacerdote para siempre
según el orden de Melquisedech.