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María y la unidad Cristiana

[por Canals Vidal, Francisco, Editorial sin firma] Revista Cristiandad. Barcelona. 1 de enero de 1963. Año XX. Núm. 383. Págs. 1-2

Un extraño contraste se ha manifestado en los meses transcurridos desde que se anunció la primera sesión del Concilio Vaticano 11. Un silencio compacto y tangible, consistente y exigente, en torno a los temas marianos, en el que han convenido por lo general los instrumentos de información y publicidad, ha acompañado a una asamblea inaugurada en la fecha aniversaria de la definición de la Maternidad divina, provisionalmente suspendida en la festividad de la Inmaculada Concepción, y convocada de nuevo para la próxima fiesta de la Natividad de María, una asamblea colocada bajo el patrocinio de San José, y precedida por la visita pontificia al santuario de Loreto, donde Juan XXIII invocó como a Reina de los Apóstoles, a la que es Madre de Dios y de los hombres y Medianera de la Gracia. Sería ingenuo e insincero preguntar sobre el por qué de aquel silencio: es claro que responde al predominio de un ambiente «inoportunista» respecto a los temas mariológicos. «Si se habla de María, todo está perdido», se ha llel5ado a decir. Aquello por cuya pérdida se teme es obviamente el fruto del acercamiento con los cristianos separados: las razones «pastorales» de la tesis inoportunista son ahora - ya fue así en el pasado siglo con respecto a la definición de la infalibilidad pontificia - razones «ecuménicas». En estas circunstancias ¿tiene sentido esperar que el Vaticano 11 propondrá al pueblo cristiano alguna definición o declaración doctrinal en honor de la Madre del Dios-Hombre, que confirme e ilumine la creencia en su maternidad de gracia sobre el Cristo total, en su misión de Corredentora y Medianera universal? En un artículo publicado recientemente en L'Osservafore Romano - cuyo texto íntegro ofrecemos a continuación - Luigi Ciappi, al plantear decididamente esta cuestión, subraya el aspecto más dramático del contraste a que aludíamos. «Los esquemas que están en programa hacen esperar una respuesta afirmativa», mientras «el espíritu que quizá ha sobrevolado en el seno de la augusta asamblea en los dos meses que ha estado reunida, puede hacer temer una oleada de intervenciones menos favorables a declaraciones de carácter mariológico». Por nuestra parte nos sentimos instalados en una ferviente y absoluta convicción, que queremos, modesta pero firmemente, dejar aquí asentada: un «discernimiento de espíritus» apoyado en la totalidad de la tradición doctrinal y espiritual católica y en el sentir del pueblo fiel, rechazará siempre como infundado e inconsistente el temor y aún la sospecha de que la ¡gloria de María pueda ser dañosa para las almas y perjudicial para la causa de la unidad querida por Cristo.

Por esto nos alegra, como al autor del artículo citado, que ..en este clima conciliar entreverado de gran¿es esperanzas y de no disimuladas aprensiones» la Pontificia Academia Mariana Intern:lCional venga a recordar, con su publicación De Mariologia et oecumenismo, aquel gran principio que formuló León XIII según el cual «el más grande auxilio para la unidad cristiana nos ha sido ofrecido por Dios en María" La oportuna iniciativa del insigne teólogo y apóstol mariano que preside la Academia Pontificia, y el significativo gesto de dedicar a los Padres Conciliares el mencionado volumen, bien podrían ser punto de partida de un movimiento, al que con toda seguridad no faltaría la multitudinaria, fervorosa y alegre adhesión del pueblo cristiano. De este pueblo que, según se expresó en el Vaticano I por parte los propug· nadores de la infalibilidad, «tiene derecho a ser enseñado... en la verdad ca· tólica". Que tal movimiento pudiese preparar el ambiente propicio para la manifestación de la gloria Maternal y misericordiosa de María, es lo que finalmente se nos sugiere en el aludido artículo, al escribir que: «es legítimo esperar que el Vaticano n, animado por el Espíritu Santo que no extingue sino que inflama el fuego de la verdad y del amor, derramará nuevas luces sobre problemas que interesln a la vez a la mariolngía y al ecumenismo. Entonces, gracias a las definiciones o declaraciones conciliares, se verá con luz más clara que la doctrina católica sobre María tiene bases muy sólidas en la Sagrada Escritura, en la antigua tradición..., en el sentir de los fieles, en la enseñanza luminosa y concor· de del Magisterio de la Iglesia".

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MARIOLOGIA y ECUMENISMO

Por Luigi Ciapi Revista Cristiandad. Barcelona. 1 de enero de 1963. Año XX. Núm. 383. Págs. 2-3

El Concilio Ecuménico Vaticano II, abierto solemnemente en el día dedicado a la Maternidad divina de María, ha terminado la primera serie de las Congregaciones Generales en la fiesta de la Inmaculada Concepción; y reemprenderá su ritmo normal el día 8 de setiembre del próximo año, consagrado a la Natividad de la Virgen María.

Este envolverse de luz mariana no quiere significar para la asamblea de los Padres conciliares, un simple elemento decorativo o devocional. La S. Jerarquía, más que de ordinario, siente en el Concilio Ecuménico la alta responsabilidad de mostrarse "Mater et Magistra" no tan sólo de los fieles, sino de todas las gentes. Siente pues surgir en sí misma el más vivo deseo de inspirarse en el ejemplo y confiarse a la protección de la que es Madre amantísima de todos los cristianos y de todo el género humano, y a la que saludan sus devotos como Sedes Sapientiae, Regina Apostolorum.

Interpretando con filial afecto y suprema autoridad estos nobles sentimientos, el Santo Padre Juan XXIII ha puesto en manos de la Madre de la Iglesia y de toda la humanidad la suerte del Concilio, por él querido con innegable inspiración de lo alto.

Presente en el Vaticano II con su invisible, pero omnipotente intercesión, María ¿figurará también en la consideración de los Padres como argumento de sus trabajos? Los esquemas programados hacen esperar una respuesta afirmativa, aunque el espíritu que tal vez ha sobrevolado en el seno de la augusta asamblea durante los dos meses de reuniones, puede hacer temer una oleada de intervenciones poco favorables a declaraciones de carácter mariológico.

Pero ¿por qué, se preguntará el fiel sencillo, el nombre de María que resonó con acentos de consuelo celestial en los labios del Arcángel anunciador de la Encarnación del Verbo, y que después fue repetido por los Apóstoles con veneración y confianza filial en el Cenáculo, puede en cambio suscitar discrepancias en el aula conciliar?

Se teme tal vez que una solemne profesión de fe que abarque no tan sólo los dogmas marianos ya definidos, como la Maternidad divina, la Virginidad, la Inmaculada Concepción, la Asunción, sino también otras verdades marianas que se hallan enraizadas en la Sagrada Escritura y en la Tradición, y de las cuales dan testimonio la Liturgia, los Padres, los teólogos, el sentir de los fieles, y que son proclamadas por el magisterio de la Iglesia, podrían obstaculizar y no más bien facilitar y acelerar la reconciliación entre los hijos de una misma familia cristiana.

En este clima conciliar, entreverado de grandes esperanzas y no disimuladas aprensiones, llega, más oportuno que nunca, el volumen De Mariologia et Oecumenismo, editado por la Pontificia Academia Mariana Internacional (Roma, Vía Merulana 124, 1962, pp. XI-593), debido a la iniciativa genial e infatigable de su Presidente, el Padre C. Balic O.F.M.

Con osadía e inspiración apoyadas en las conocidas palabras de León XIII, que en la encíclica Adiutricem populi (5 septiembre 1895) afirmaba: "Permagnum unitatis christianae praesidium divinitus oblatum est in Maria", ilustres teólogos y exegetas han colaborado en este volumen: "quod de Maria unitatis sedula fautrice disserit", dedicándolo a los Padres conciliares, con la confianza de que por la intercesión de una Madre y Patrona tan potente, el suspirado puerto de la unidad cristiana finalmente será alcanzado.

Pero la verdadera, sólida y perfecta unidad en el seno de la familia de los creyentes en Jesucristo no podrá realizarse arrinconando la persona y la acción de María, como si fuera un obstáculo a un bien tan grande, o un insuperable signo de contradicción. Por el contrario, la unidad deberá ser el fruto maduro de una concorde profesión de fe en el punto central que, en unión y dependencia de su Hijo, la Virgen ocupa en la economía de la redención, que, fundándose en el misterio de la Encarnación del Verbo, se ha ido desenvolviendo hasta su consumación a través de los misterios de la vida, pasión, muerte y resurrección de Jesucristo, a los que su Madre estuvo íntimamente asociada.

Esta es la idea dominante de la notable obra, ilustrada y profundizada bajo los diversos aspectos, especulativo e histórico, por los autores de sus numerosos estudios, de tal modo que el lector de la misma adquiere un fundado convencimiento de que el movimiento mariológico y el movimiento ecuménico deberán finalmente encontrarse y fundirse entre sí, si la fe y la ciencia quieren adaptarse dignamente a los datos de la revelación divina y a los resultados de un estudio sereno e íntegro, ya sea de los Padres, de la teología y del magisterio de la Iglesia, ya de los escritores de otras confesiones.

Vaya pues nuestro aplauso cordial a este equipo de valientes escritores, que con su saber y su ferviente amor a María preparan el camino hacia el triunfo de una causa nobilísima. Son los Rvdmos. Mons. Phillips, Feuillet, Garofalo, Spadafora, William, Kolping, Stakemaier, Brandeburg. Los Rvdmos. PP. Miguéns, O.F.M.; Kerrigan, O.F.M.; Roschini, O.S.M.; Ortiz de Urbina, S.J.; Fernández, C.M.F.; García Garcés, C.M.F.; Barauna, O.F.M.; Schultze, S.J.

Dignos de especialísima atención, con miras a la valoración exacta de las relaciones entre la Mariología y el Ecumenismo, son el Praefatio y la Conclusio del volumen, debidos ambos al benemérito Presidente ae la Academia Mariana, P. C. Balic. En el Prefacio se pone de relieve el influjo ejercido por el movimiento mariológico en el desarrollo de los movimientos religiosos modernos dentro de la Iglesia Católica: bíblico, eucarístico, misional, ecuménico y apostolado seglar. El motivo de tan beneficiosa eficacia lo constituye el objeto mismo de la Mariología: la Madre de Dios Redentor que concentra en sí todo el misterio de la economía redentora.

En el mismo Prefacio, después de ofrecer la obra como homenaje devoto a los Padres del Concilio, los Hijos de San Francisco y los miembros de la Academia, formulan la promesa de dedicarse a un estudio idóneo, y sobre todo a la oración, para obtener de los hermanos separados su reconciliación con la Iglesia Católica, siempre dentro del respeto íntegro y firme de la doctrina tradicional, sin reticencias, alteraciones u obscurecimientos, tal como lo piden las exigencias mismas de la caridad.

Verdad y caridad pues se presentan como inseparables factores de la unidad entre los cristianos, bajo la acción del Espíritu Santo invocado a través del patrocinio de María, Madre del único cuerpo místico de Jesucristo: la Iglesia Católica.

De un profundo amor a la verdad histórica y teológica han brotado las sabias reflexiones que el P. Balic expresa en la Conclusio. Invita sobre todo a constatar que entre el movimiento mariano surgido después de la encíclica Ineffabilis Deus de Pío IX, y el movimiento ecuménico promovido por León XIII y reanimado hoy día con vigor magnánimo por Juan XXIII, ha existido no sólo un nexo cronológico, sino también un nexo causal y lógico.

No se puede negar, observa además el P. Balic, que la asistencia del Espíritu Santo no se ciñe únicamente a la infalibilidad de la definición de la Inmaculada Concepción, sino también a su oportunidad, para que haya influido benéficamente sobre el movimiento ecuménico de los hermanos separados, suscitando entre ellos un incremento de los estudios mariológicos.

Además se impone una valoración de los acontecimientos religiosos que tenga en cuenta no sólo los factores naturales sino también y de modo especial los sobrenaturales. Juzgando con criterio de fe, deberá admitirse que en el sorprendente movimiento ecuménico que agita los grupos de los hermanos separados se manifiesta la acción de Aquélla que, según San Agustín: "Charitate sua cooperata est ut fideles in Ecclesia nascerentur". Cooperó con su caridad a que nacieran los fieles en la Iglesia.

Apoyándonos en estas confortadoras consideraciones, es legítimo esperar que el Vaticano II, animado por el soplo del Espíritu Santo, que no extingue sino que inflama el fuego de la verdad y del amor, lanzará nuevos haces de luz de lo alto sobre los problemas que interesan a un tiempo a la Mariología y al Ecumenismo. Entonces, gracias a las definiciones o declaraciones conciliares, se verá bajo más clara luz que la doctrina católica en torno a los singulares privilegios de María, a su cooperación en la obra de la redención, y al culto especial que a Ella se le debe, tiene bases y testimonios solidísimos en la Sagrada Escritura, en la Tradición antigua, en las meditaciones de los Padres y de los teólogos, en el sentir de los fieles, en la enseñanza luminosa y concorde del Magisterio de la Iglesia, de tal modo que resultará evidente que el progreso realizado en la Mariología no ha sido propiamente ontológico sino gnoseológico.

Se podrá esperar también que el Concilio subraye más vivamente, sobre todo en beneficio de los hermanos separados los vínculos de asociación y al mismo tiempo de subordinación y total dependencia que existen entre el divino Redentor y su Madre, la semblanza analógica que a un tiempo la aproxima y la mantiene a infinita distancia, así como la relación que une a María y la Iglesia de la que es a un tiempo miembro escogidísimo y también Madre y modelo.

De este modo la doctrina respecto a la figura y a la misión de la Virgen aparecerá orgánicamente inserta en el conjunto de la teología católica del mismo modo que en la realidad la Virgen fue parte viva y operante en todo el drama de la Encarnación redentora.

Contemplada así, a la luz de la revelación bíblica y de la doctrina tradicional, según la cual no sólo es posible sino muy conveniente y necesaria la colaboración de la criatura humana a la acción de la gracia divina, no asombrará que María sea cantada por el poeta teólogo "termine fisso d'eterno consiglio", y que Pío IX la señale como objeto de un mismo decreto que comprende la Encarnación del Verbo y la salvación humana.

 LUIGI CIAPPI (L'Osservatore Romano, 19 diciembre 1962.)