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NOTAS PARA LA LECTURA DE VICENTE POU

EL CATOLICISMO ESPAÑOL ANTE LA FUNDACIÓN DE LA MONARQUÍA LIBERAL EN ESPAÑA

por Francisco Canals Vidal Revista Cristiandad. Barcelona. 1 de agosto de 1972. Año XXVI. Núm. 498. Págs. 219-222

En los temas "balmesianos" (1)

(1) Aludimos a la relación entre Jaime Ba1mes y Vicente Pou, de que se ocupa e este mismo número José M.a Mundet Gifre. Véase también "El Dr. Vicente Pou, un gran pensador desconocido", de Francisco Canals Vida1, CRISTIANDAD, n.O 473-474, pág. 193.

hay siempre mayor propensión a un rutinario "sentir 10 que se dice" que a un sincero enfrentamiento con la realidad que obligue a un inoportuno y oportuno "decir 10 que se siente". "Lo que se dice" es en muchos casos esto: en un país de cerrada intransigencia y de partidismos fanáticos fracasó el programa conciliador de Balmes, que se inspiraba en una mentalidad amplia y clarividente. Balmes tuvo razón antes de tiempo. y al hablar así, aunque se afecta aludir convencionalmente a "unos y otros", se condena preferentemente, y en el fondo exclusivamente, la intransigencia "absolutista" y reaccionaria de quienes quedaron de parte de la España antigua al abrirse en 1833 el tremendo abismo: los "ultras" de entonces, los partidarios de D. Carlos. Prestigiosos escritores, considerados como "tradicionalistas", figuran entre los principales responsables de la difusión de este juicio histórico. Es falso e injusto. Una comparación imparcial mostró, por el contrario, al P. Ignacio Casanovas, S. 1., el contraste innegable entre "la nobleza, generosidad y patriotismo" de los carlistas, brillando gloriosamente sobre "el fondo obscuro de egoísmos y malas pasiones que dominaron entonces en el partido moderado" (2).

(2) "Balmes, la seva vida, el seu temps, les sevas obres", de P. Ignasi Casanovas, S. I., Barcelona, 1932. vol. II, pág. 559.

Incluso hay que notar que el "entonces" -aleshores- del biógrafo de Balmes, sobra. Siempre la tradición liberal moderada ha perseverado en su injusticia. Y al utilizar el nombre y la gloria póstuma del filósofo de Vich para intimar a las conciencias tradicionalistas a la adhesión al Estado creado por el liberalismo, estos "balmesianos" proceden como quien edifica mausoleos a los profetas siendo hijo de los que arruinaron su obra.

Al escribir esto pensamos en un aspecto esencial del problema que se trata frecuentemente de olvidar: el propio Balmes, el "conciliador", insistió siempre en que el edificio de la monarquía española carecería de cimiento en tanto no se arraigase el trono en los principios por los que habían combatido en la guerra civil los defensores de Carlos V.

Mas bien habría que reconocer que su intento conciliador había de fracasar, precisamente porque la guerra civil había enfrentado dos mundos irreconciliables por su espíritu y por sus principios.

Es sorprendente que quienes están muy inclinados a invocar, con el de Ba1mes, el nombre de Menéndez y Pelayo, como bandera de un tradicionalismo conformista, olviden las palabras del autor de la "Historia de los Heterodoxos Españoles", al juzgar el pecado de sangre de la monarquía isabelina en 1834:

"Si la justicia humana dejó inultas aquellas víctimas, su sangre abrió un abismo invadeable, negro y profundo como el infierno, entre la España vieja y la nueva, ... y se grabó como perpetuo e indeleble estigma en la frente de todos los partidos liberales, desde los más exaltados a los más moderados; ... y desde entonces la guerra vivil creció en intensidad, ... por la instintiva reacción del sentimiento católico, brutalmente escarnecido, y por la generosa repugnancia a mezclarse con la turba en que se infamaron los degolladores de los frailes y los jueces de los degolladores, los robadores y los incendiarios de las iglesias y los vendedores y los compradores de sus bienes" (3).

(3) "Obras completas", Menendez Pelayo, vol. XL, pág. 226- 227, Santander, 1948.

 Cierto especial estilo, que nos atrevimos a calificar de cuasi "anglicano" (4),

(4) "Espíritu de Viladrau", por Francisco Canals Vida1, CRISTIANDAD, n.O 423, pág.

del catolicismo español más "visible" y ostentoso, efecto de la pertenencia o vinculación de sus núcleos dirigentes a las clases conservadoras de la revolución, que surgieron precisamente de la desamortización eclesiástica de 1835, puede poner obstáculos subjetivos e inconscientes a nuestro examen de conciencia colectivo. Un estado de espíritu que nuestro maestro, el P. Ramón Orlandis, caracterizaba como de "segundo binario" (5)

 (5) Alusión a la meditación de los Ejercicios ignacianos sobre los tres binarios, o grupos de hombres.

podría perturbar nuestro discernimiento de espíritus en el campo de los deberes de justicia política y social. Este perturbador efecto impide tal vez reconocer la esencia "macabaica" (6)

(6) "La defensa de la fe en los alzamientos macabaicos" por Carlos Mas-de-Xaxars Gassó, CRISTIANDAD, n." 479, pág. 16.

de la lucha y la resistencia española frente al Estado creado por la Ilustración y el liberalismo. En este punto los "dirigentes" católicos que descienden de los enriquecidos por el "inmenso latrocinio", reconciliados con la Iglesia después del Concordato de 1851; y más tal vez todavía los nietos de matrimonios que podríamos llamar, en un sentido cruelmente irónico, "balmesianos" -los hijos, ya aburguesados, de los arruinados por su fidelidad a la causa carlista, enlazaron con las familias "situadas" en la nueva sociedad isabelina en torno al nuevo Trono levantado sobre las bayonetas revolucionarias- todos estos estarán siempre más inclinados a buscar pretextos y a atender sofísticamente a lo accidental. Para estas conciencias en "segundo binario" resultó siempre más agradable pensar que los vencidos por las traiciones de 1839 no habían luchado tanto por una tradición gloriosa y por los principios perennes de nuestra vida nacional, cuanto por "los peores abusos del régimen antiguo en su degeneración y en sus postrimerías".

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La historia escrita por los vencedores ofrece para esto los falsos tópicos oportunos. Se trata de poner en continuidad la lucha carlista en la guerra de los siete años con el último período de la monarquía absoluta en España. La década 1824-1833 dejó tras de sí recuerdo aburrido y enervante. Del hombre clave de aquellos años, D. Francisco Tadeo Calomarde, no parecen saber algunos sino las anécdotas aludidas por frases célebres: "manos blancas no ofenden" y "Calomarde abrió una escuela de tauromaquia y cerró las universidades". Lo que no se quiere recordar entonces es que D. Francisco Tadeo Calomarde, personificación del absolutismo fernandino, receloso y hostil frente al realismo popular y al liberalismo revolucionario, disponible y propicio en cambio para afrancesados y economistas, jansenistas e ilustrados, tuvo principal iniciativa en el cuarto matrimonio de Fernando VII y en la Pragmática de 19 de mayo de 1830, que, preparando la sucesión femenina, apartaba del trono al infante D. Carlos.

Sólo en esta perspectiva se comprenden adecuadamente los sucesos de La Granja de setiembre de 1832. La evidencia del proceso revolucionario llevó a Calomarde a su impotente cambio de actitud. En cuanto a la clausura de las universidades en 1830, Calomarde pretendía precisamente hacer posible la nueva línea sucesoria. Se esperaba el nacimiento de la que fue Isabel Il y había que evitar que su porvenir quedase comprometido por el riesgo de una prematura e inevitable hegemonía liberal (7).

(7) P. Ignacio Casanovas, ibid., vol. I, pág. 186, comenta: Había que publicar la ley de sucesión a la Corona, que forzosamente excitaría mucho los ánimos. Calomarde creyó que lo mejor sería impedir la acumulación de la juventud y suspendió los cursos públicos de las Universidades.

La "represión obscurantista" de 1830 a 1832 corona un período histórico de anquilosamiento, de pedantería academicista y de frialdad recelosa, pero hay que entender que es una represión al servicio de un reformismo que se pretende culto y prudente, que se sabe antitradicional, y que finalmente hace inevitable el hundimiento del edificio secular de la monarquía española.

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El "partido fernandino" tuvo pues que preferir finalmente, a través de sus aliados naturales del despotismo ilustrado, la entrega a sus adversarios liberales, por exigencia de su recelo y hostilidad al sentimiento popular y tradicional de los realistas. No fue anecdótico ni accidental. El propio Vicente Pou señaló muy precisamente el entronque del "justo medio" español con la escuela ilustrada que a partir de Carlos III inspiraba la política borbónica y el ambiente social de las clases dirigentes. En la actualidad se pretende ganar adhesiones para tareas y actitudes siempre carentes de popularidad, insistiendo en el sentido democrático, -destructor de privilegios estamentales y nobiliarios- de aquella generación de "amigos del país" que elevaron España "al nivel de la cultura moderna europea". Se trata de una propaganda. Se quiere así interpretar la alianza de la grandeza de España con el liberalismo revolucionario, que hizo posible el trono de Isabel II, como fundada en un sincero espíritu popular de una nobleza culta. Esta visión de las cosas, contradicha por casi toda la historia de aquel reinado, no tiene tampoco nada que ver con la conciencia que tenían de sí mismos los hombres de 1834, que eran en buena parte los mismos de 1824. He aquí cómo hablaba Nicolás Garely ante el Estamento de Próceres, el 3 de septiembre de 1834, apoyando la exclusión de D. Carlos y su descendencia de la sucesión a la corona española:

"Si D. Carlos reinase en España, ésta volvería en breve a los siglos bárbaros. Porque ¿quiénes serían los que se apoderarían de las riendas del Estado? Las dos clases peores y más perjudiciales de la sociedad, a saber, la teocrática ínfima, poco ilustrada, y la proletaria; las dos que tienen menos interés en la verdadera felicidad de la Nación; porque las más cultas, las más poderosas, todas ellas, con rarísimas excepciones, se han pronunciado por nuestra Reina y Señora Doña Isabel 11: volvamos sino la vista a este mismo Estamento de Próceres, y en él veremos lo más esclarecido de España, por las armas, por las letras, por la nobleza."

Nos convendrá también a nosotros volver la vista de nuestra imaginación a aquel ilustre Estamento, y contemplar -descubriendo así uno de aquellos "petits faits vrais" de los que revelan el sentido de un momento histórico- el atuendo de los Próceres, diseñado nada menos que por Martínez de la Rosa. "Manto ducal, anchas mangas de terciopelo turquesa, túnica de oro con puños de encaje, medias blancas de seda, zapatos de terciopelo azul con hebilla de oro, birrete ducal azul y oro... " (8).

(8) Véase Federico Suárez, "La crisis política del antiguo régimen en España". Ed. Rialp, Madrid, 1950, pág. 197 

Errores de perspectiva, que proyectan sobre los años de originación de la "España nueva" algunos aspectos de situaciones posteriores, dificultan que se comprenda su sentido, o más bien diríamos facilitan el encubrimiento de lo que no se quiere pensar. Para que el lector no se sorprenda, tal vez afectadamente, por las páginas inéditas de Vicente Pou, que presentamos bajo el título de: "La Iglesia española al iniciarse la etapa moderada de la revolución", enumeramos simplemente algunos datos.

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Sólo siete años después de la fecha de aquel escrito, es decir en 1851, el non sunt inquietandi concordatario posibilitaba la recepción de los Sacramentos a los compradores de "bienes nacionales", fruto de la expoliación de la Iglesia, que no se sintiesen decididos a una difícil restitución. Sería muy importante no olvidar esto entre los temas de sociología religiosa española. Seguramente los resultados de una investigación detallada y rigurosa serían de gran interés y sorprenderían a muchos. Tal vez durante algunas décadas un inmenso porcentaje de sacerdocio surgía de las familias procedentes de la España vencida y era protegido y subvencionado por los beneficiarios de la desamortización eclesiástica, o por sus hijos o nietos.

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Las clases dirigentes españolas, protagonistas principales de la erección del trono isabelino, serían contempladas anacrónicamente si se las juzgase como una alta clase social que mantiene su apoyo al poder establecido. Ciertamente su actividad muestra la continuidad del liberalismo isabelino con el despotismo ilustrado y el absolutismo borbónico; pero por lo mismo hay que reconocer en ellas partidismo ideológico y espíritu antitradicional con despectiva afectación "antiteocrática". Sería imperdonable inconsciencia proyectar sobre los tiempos en que el Conde de Toreno decretaba la expulsión de los jesuitas los esquemas mentales de la beatería dinástica de un marqués de Comillas o las equívocas ilusiones de Don Alejandro Pidal y Mon.

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En cuanto al "clero de primer orden", de cuyo apoyo al trono isabelino se gloriaba también Garely, al tiempo que dirigía, como Ministro de Estado del Reino, violentas circulares al episcopado español denunciando su conducta política "facciosa" (9),

(9) Véase la obra de Vicente Pou "La España en la presente crisis. Examen razonado". Montpelier, 1842, pág. 29.

el hecho es que, en los años de la guerra civil (1833- 1839) y de la regencia de Espartero (1840-1843) el apoyo activo al nuevo poder se dio casi exclusivamente entre clérigos u obispos de pensamiento galicano y tendencia jansenistizante.

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Para situarse en la verdadera perspectiva hay que recordar el conflicto con la Iglesia, frecuentemente calificado por Gregario XVI como hostilidad y persecución antirreligiosa, que acompañó, podríamos decir "constitucionalmente" la génesis de la monarquía liberal española. En el plano político, a su vez, la Santa Sede no reconoció durante aquel pontificado la legitimidad de la nueva línea dinástica, y no aceptó formalizar sus relaciones con el Estado. Puede verse incluso en la correspondencia del P. Roothan, General de la Compañía de Jesús, cómo se citaba a Carlos V como rey de España (10).

(10) Cartas: al P. García de 22-12-1836, y Lacalle 27-12-1836, "Epistolae Ioannis Phil", Roothan, vol. II, págs. 163 y 165, Roma, apud Postulatorum Generalem, S. 1., 1940.

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La alianza entre la Revolución y el Trono, que resultó de la situación creada en La Granja en setiembre de 1832, tuvo por factor esencial la mentalidad e ideología de la Grandeza de España en aquellos años. Los sectores "moderados" del realismo fernandino y del propio liberalismo "doceañista" se nutrieron básicamente en las filas de la gran nobleza. Pero insistimos en que no hay que confundir los planos ni las épocas: en la fase generadora de la monarquía liberal los diversos sectores "cristinos" no diferían sustancialmente en su actitud ante lo religioso y lo eclesiástico. Junto a la exaltación de las turbas demagógicas estaba la "Ilustración" en las clases elevadas. Pudo haber una fuerza aristocrática en una revolución liberal porque había entonces en España también un anticlericalismo aristocrático. Mientras la nobleza francesa, escarmentada por las catástrofes de la Revolución y del Imperio, se incorporaba en los años de la Restauración a la religiosidad que caracterizó muchos sectores del legitimismo, se daba en España uno de los característicos desfases de nuestra modernidad heterodoxa. La nobleza creadora de la monarquía liberal prolongaba las actitudes y el ambiente de las luces del siglo XVIII.

FRANCISCO CANALS VIDAL

ERA UN SANTO

El P. Luis Coloma personifica en su novela "Era un Santo" las actitudes religiosa y política de los moderados de aquellos años en la figura de Don Benito cuya biografía traza con estas palabras:

Allá en su juventud, cuando sin una peseta en el bolsillo ni un arrimo en el mundo, era pasante en la oficina de un notario picapleitos, sus ideas revolucionarias anunciaban ya las socialistas que nos predominan. Cuando, más tarde, apareció instituido heredero universal en el testamento de un tío millonario, enriquecido con la venta de bienes eclesiásticos, sus ideas políticas tomaron un rumbo conservador, mientras en sus ideas religiosas se acentuaba aún más aquel matiz volteriano que tomaba a risa los anatemas de la Iglesia. Mas la Iglesia firmó el Concordato en 1851, dejando escapar el non sunt inquíetandi que aseguraba el bolsillo de aquellos ladrones sacrílegos si, arrepentidos de su pecado, querían confesarlo. Entonces nació en el pecho de D. Benito un amor tierno y sumiso hacia el Vicario de Cristo; declaróse paladín de la Iglesia, y en los moldes de Constantino y Carlomagno vació su adhesión al sucesor de San Pedro: tomaba la bula, hacía observar a sus criados ayunos y vigilias, iba a las Cuarenta Horas, rezaba el rosario y los domingos, al salir de misa, repartía un bolsón de cuartos entre los pobres que, puestos en hilera le esperaban a la puerta de su casa.

(Luis Coloma, Obras Completas, t. IV, "Nuevas Pinceladas - Era un Santo", Ed. Razón y Fe, Madrid, 1949.)