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Verdad y libertad

por F.C.V. Revista Cristiandad. Barcelona. 1 de marzo de 1951.Año VIII. Núm. 167. Págs. 97-98. Editorial

'Han pasado ya algunos meses desde la publicación de la Encíclica «Humani generis», documento de contenido fundamental en el orden de la doctrina, ha tenido además en el conjunto de circunstancias espirituales y en la inextricable complejidad de las actitudes y tendencias de nuestro tiempo, una trascendencia y actualidad tal, que bien se podría hablar del profundo dramatismo de este acto de magisterio de Pío XlI, que de modo tan íntimo se refiere a los temas más urgentes del diálogo en tantos aspectos trágico- entre la Iglesia de Dios y la civilización moderna.

Así no es de extrañar que de ella hayan ido surgiendo los comentarios, precipitados y como fruto de una reacción primaria algunos, y eco ya reflexivo otros de aquellas primeras impresiones. En todo caso es cierto que más que el análisis doctrinal y el estudio de las numerosas cuestiones tratadas en el documento -lo que dará materia de trabajo para muchos años- ha ocupado la atención el tratar de subrayar o definir el sentido y el carácter, podríamos decir, del gesto que cada uno ha creído ver en las enseñanzas y en las exhortaciones del Papa.


Una defensa inadecuada
La lectura atenta y serena de la Encíclica «Humani generis» en su texto completo habrá disipado ciertas prevenciones que habían podido surgir ante los primeros comunicados que la presentaban como un nuevo «Syllabus». (De un artículo de La Croix»).
En estas palabras hallamos la precisa sugerencia de cuál es el tema en torno al cual han girado más o menos explícitamente las reacciones y comentarios suscitados por la aparición de esta Encíclica. También se han expresado tales «prevenciones» aludiendo a otros enérgicos actos de magisterio realizados por un Papa cuya próxima beatificación está ya por cierto anunciada. Tal ha sido el sentido de los ataques: la «Humani generís» es una nueva confirmación, se ha venido a decir, de que la Iglesia Católica sigue fiel a su línea de conducta de ser «impedimento para el progreso y obstáculo para la libertad de la ciencia», una nueva prueba de que no quiere conciliarse como debería «con el progreso con el liberalismo y con la moderna civilización». ¿No habrá pensado alguien en una huida a Gaeta» de S. S. Pío XII? Pero no es este el peor de los males. Estos ataques son naturales y consecuentes ttI los enemigos de la 'Jg lesia. lEs dcaso tan extraño que el Pontificado sea fiel a sí mismo y que sufra por tanto Pío XII en el día de hoy acusaciones parecidas a las que sufrieron en su tiempo Pío 11" o Pío 1"7 Y'W"ás de lamentar sería en cierto sentido que nosotros los católicos, arrastrados per la corriente y seducidos por la ,¡:¡ctual confusión, llegáramos a aceptar una idea del :Magisterio eclesttüllCo r.o muy distinta en el fondo de la que St~ forman los enemigos de la verdad católIca. y correríamos tal vez este peligro si se llegase a generalizar cierto modo especial de elogiar y d~fender los actos: del magisterio que mejor que definir sugeriremos con un ejemplo adecuado al tema que nos ocupa: La .'Rumani !lenefÍs», se dirá, es un excelente y ponderado documento, algo asi como  la .carta magna dt' la libertad., que reconoce el derecho a discutir la cuestión del evolUCIonismo en lo referente al origen del cuerpo humano, que exhorta a la investigación de otras numerOSas cutstiones, r en este sentido es una alentadora intervención pontificia, y después de esto, como bajando la voz algo avergonzados, se reconocerá que también coarta la libertad de discusión y de opinión en algunos puntos y establece de nuevo fijamente algunas posiciones tradicionales. Y ya no se podrá refutar del todo a quienes digan que en ella se ha dado más de un paso atrás. Esta actitud es no sólo incompleta sino inadecuada, y para salirn(ls de la problemática situación en que inevitablt'/nente nos sitúa, no se nos podrá ya ocurrir tal vez mejor salida que la de afirmar q¡.I en el progreso de la filosofía y de la teología el deber del 7vfagisterio no es el impulsar la investígación yel progreso, lo que pertenece más bien a los sabios teólogos e intelectuales católicos, sino cumpltr utla misión de vigilancia y freno. :Tal afirmación, que podría tener cierto sentido verdadero, en lo referente a las verdades científicas y filosóficas, caIJe también comprenderla de un modo equivocado, que se funda en «tia falsa concepción de la autoridad de la 'Jglesia y de su derecho y misión de enseñar la verdad. 'Jdea falsa que procede, en el fondo, de una mentalidad contagiada de las tendencias características de nuestra época. Todos sentImos, en efecto, en mayor o menor grado, por contagio y herencia del liberalismo, la dificultad de ccmprender la conciliación J' la necesaria síntesis entre la libertad y la ley, entre la dignidad del ser racional y el acatamiento a fa verdad objetiva y trascendente, de sentir en suma cómo la perfección del hombre se encuentra en la sumisión a Dios.


Un paso adelante
La Encíclica <Humani generis», no es un paso atrás, y no lo es no sólo porque aliente la investigación en las cuestiones en que la debilidad del entendimiento humano no ha /legado aún a la suprema perfección del conocimiento cierto y absoluto, lo es también y más aún pcrque nos emeña con certeza y claridad indudables muchas cosas que nos convenía saber para librarnos de las trabas de la duda y del riesgo de la suprema esclavitud del entendimiento, la esclavitud del error. Y entre tales estímulos positivos no es el menor la nUfVa manifestación del juicio de la 'Jglesia acerca de la filosofía de Santo :Tomás «utilísíma para la investigación de las más recónditas verdades y para recoger los frutos de un sano progreso '. El magisterio, en efecto, tiene por misión enseñar la verdad, y, al enseñarla, usa ya lina l,blrlad de discusión, que alcance basta proponer de nuevo las opíníones contradictorias a la sentencia del magisterio. En la misma Encíclica se enseña que la 'Jglesia, que respeta y garantiza esta I,bertad para la investígación de puntos inciertos, no puede por ello verse privada del derecho a imponer que estas mismas cuestiot'es dejen de ser despliés de libre disclisión, cliando la 'Jglesia mi5ma n(1S enscñe, ((1n una cer.teza a la que no alcanzaría ningún maestro humano, la verdad que antes investigábam(1s trabajosamente, e incluso cuando nos ponga en guardia contra algunas opiniones que podrían llevarnC'5 a un camino en el que el entendimiento se apartaría de su fin. Pero el ~{agisterio al cumplir su misión de enseñarnos la vcrdad, de un modo indiscutible, no detiene el progreso verdadero, es decir, el avar,ce de la razón humc;r.a, antes al c(rilrarlO lo censolida e impulsa. El bíen del entendimiento es la verdad, y su progreso está en acercarse a ella. Su fin, suprema liberación del p,~so de la igrlorancia y debilIdad, se halla en la posesi(Ín cícrta de la verdad. Si es difíctl al hombre llegar a esta suprema libertad de conocer la verdad, ello es el gran motivo para agradecer a Cristo nUI~stro Señor el haber instituido su 'Jglesia. Oyéndola a ella «conoceremos la verdad, con ulía seguridad que nunca alcanzarían nuestras fuerzas. Y la verdad os hará libres.