....Textos de Canals....Textos.....Artículos.....INDEX

Francisco Canals Vidal, Sobre la esencia del conocimiento. PPU. Barcelona. 1987.

Perveniendum est ergo ad illud verbum hominis, quod neque prolativum est in sono, neque cogitativum in similitudine soni, quod alicuius linguae esse necesse sit, sed quod omnia quibus significatur signa praecedit, et gignitur de scientia quae manet in animo, quando eadem scientia intus dicitur, sicuti est Aug. De Trinitate, XV, 11, 20. (Pág. 7, epígrafe, incipit)

Debemos, pues, llegar a esa palabra del hombre, que no es ni prolativa en sonido, ni cogitativa en semejanza de sonido, que es necesaria para cualquier lenguaje, sino que precede a todos los signos por los que se significa, y se genera a partir del conocimiento que permanece en la mente, cuando ese mismo conocimiento se expresa internamente (San Agustín, De Trinitate, XV, 11, 20).

La pregunta por el ámbito objetivo alcanzable por el conocimiento humano, es, no obstante, inseparable, según se muestra en el propio planteamiento del criticismo trascendental, de la que inquiere por la posibilidad de la facultad de entender y de la referencia del entendimiento a objetos. También el propio Descartes había enunciado como una cuestión única la de «qué sea el conocimiento, humano, y hasta dónde se extiende»; para expresar después su desdoblamiento en las referentes a «nosotros, que somos capaces de conocimiento» y a «las cosas mismas que pueden ser conocidas». (Pág. 18)

La intuición, afirmada como constituyendo el conocimiento en su esencia es la tesis de la que deriva el hundimiento de la razón metafísica trascendente y la inmersión fenoménica del sistema de juicios objetivos humanos (p 21)

En el criticismo kantiano la postulación del carácter funcional y «servicial» del pensamiento por conceptos, respecto de la intuición, afirmada como constituyendo el conocimiento en su esencia es la tesis de la que deriva el hundimiento de la razón metafísica trascendente y la inmersión fenoménica del sistema de juicios objetivos humanos, viene a presuponer, de manera internamente inconsistente, un concepto esencial del conocimiento que alcanza a expresarse sólo tratando de definir la estructura del inalcanzable conocimiento divino infinito. Sólo por medio de conceptos juzgamos de las cosas, y la exclusión del pensamiento conceptual de lo que pertenece a la esencia del conocimiento anularía simplemente, no sólo cualquier juicio sobre la realidad, sino también, por lo mismo, todo análisis crítico sobre el conocimiento humano. (pp. 21-22)

Sólo la previa comprensión del ente, del ser y de la esencia del ente, puede poner en marcha y dar sentido a la pregunta por la esencia del conocer. Al reflexionar sobre el conocimiento como tal nos encontramos necesariamente pensando «ontológicamente»; ni es posible experimentar ni reconocer algo como «conocimiento», sin que en el conocimiento se patentice algo como realidad, en alguna línea, tipo, o categoría de lo que concibamos como tal. Si conociendo, nos preguntamos sobre la esencia del conocimiento, es porque el conocimiento se consuma y perfecciona en la aprehensión de la esencia de lo que afirma como teniendo ser (pp. 22-23).

Mantiene su esencial y necesaria vigencia el aviso definitivamente orientador, según el cual: «sin lo que es, en que el entender se expresa, no hallarás el entender». (p. 23).

...el riguroso esfuerzo especulativo deje, por una parte, sin plantear la pregunta por el «hombre cognoscente», y por otra parte deje también, de manera más radical e insalvable que en cualquier «idealismo empírico», el pensamiento fuera el ente, y el ente fuera del pensamiento, e inalcanzable para éste. (p. 23).

Todo conocimiento que, al ser reflexivamente considerado en su esencia, se mostrase como no siendo conocimiento de la realidad que alcanza como su contenido u objeto, se desintegraría en sí mismo, como tal conocimiento.  (p. 23)

la pregunta por la esencia del conocimiento si tiene radical anterioridad respecto de toda cuestión «crítica» o «epistemológica», no podría tampoco ser reconocida ni aún como la pregunta primera; mucho menos podría admitirse que tenga que ser realizada desde la exigencia metódica de constituirse como pregunta «sin presupuestos» (24-25).

La misma conciencia de la duda pone de manifiesto, no ya sólo la certeza de la existencia del yo pensante, según afirmó Descartes, sino también la destinación y referencia constitutiva de nuestro, pensamiento a la verdad de lo que es, como había afirmado San Agustín (25).

Ninguna duda, ni siquiera ninguna interrogación o búsqueda, pueden constituir el punto de partida del proceso del conocimiento humano en marcha hacia el conocimiento de la verdad. En el punto de partida hemos de reconocer, no una duda, sino una certeza; no una pregunta, sino una afirmación. La afirmación, necesaria y requerida para toda actividad de pensamiento, de que «lo que es, es». (25).

Sólo en el horizonte abierto, por la afirmación sobre el ente, puede encontrar sentido la pregunta por la esencia del conocimiento. Esta pregunta, que sería irrealizable «sin presupuestos», y como cuestión primera y radical, se sitúa en el núcleo mismo de la fundamentación de la propia filosofía primera «ontológica», es decir, en el núcleo, de la reflexión autofundamentadora que pertenece en cuanto tal a la filosofía primera misma. (25).

Porque el conocimiento, si es experimentado por nosotros los hombres como una actividad humana, no puede ser entendido como tal conocimiento si no lo comprendemos como operando con referencia universal a todo lo que es: toda admisión de que, al conocer, no alcanzamos nosotros los hombres a poseer cognoscitivamente la totalidad de lo real, es constitutivamente inseparable de la afirmación de que el conocimiento humano es finito en cuanto conocimiento. El conocer es, de suyo, una operación referida al «ente», tomando este término en su universalidad trascendental (25-26).

«La filosofía primera considera universalmente la verdad de los entes, y por esto le pertenece el considerar la referencia del hombre a la verdad que ha de conocer», dice Santo Tomás comentando a Aristóteles. Se afirma que la respectividad del hombre a la verdad de los entes, que está naturalmente destinado a conocer, es tema de consideración de la filosofía primera, de la «ciencia de lo ente en cuanto es ente», en razón de la universal referencia a la verdad del ente propia del horizonte objetivo ontológico. (26).

Cualquier consideración que quisiese pensar el conocimiento humano sólo como una actividad que se realiza en una especie de vivientes que habitan sobre este planeta nuestro, y que no quisiera entender el conocimiento sino como una realidad «natural», que experimentamos en esta limitada y particularísima región de la naturaleza que es la especie humana, quedaría inevitablemente situada al margen de toda posibilidad de una fundamentación del saber, que alcanzase a ser apta para discernir sobre la validez de las elaboraciones científicas de los hombres. Todo «naturalismo» es simplemente ciego para juzgar sobre el conocimiento humano, por serlo para la esencia del conocimiento en cuanto referido, como conocimiento, a la universalidad de lo que es. (26).

Una observación análoga podría hacerse sobre las comprensiones psicologistas o mentalistas del «hecho de conciencia» que es el conocer. Con una atención inadecuadamente limitada a la inmediatez de las impresiones subjetivas, y haciéndose ciegas para la intencionalidad de la conciencia cognoscente, dejan al conocimiento humano incomprendido en cuanto conocimiento, y sólo por esta razón arrinconado en la vertiente subjetiva de la actividad consciente. (26-27)

El adecuado planteamiento sobre la estructura y constitución esencial del conocimiento humano, exige la elaboración del concepto esencial del conocimiento en cuanto tal; de aquí que sólo se alcanza en un horizonte ontológico, y viene así a constituir la temática nuclear de la fundamentación de la metafísica (27).

Se da en esto, inevitablemente, como una «circularidad»; ya que la misma comprensión del contenido inteligible de los «conceptos primeros» del pensamiento humano viene a estar condicionada de algún modo por la concepción sobre la esencia del conocimiento. Las versiones «esencialistas» y «racionalistas» de los conceptos ontológicos se han regido, en su exclusividad y unilateralismo, por las comprensiones inadecuadas que el intuicionismo racionalista ha generado acerca de la esencia del conocimiento(27).

La mencionada «circularidad» no podría, sin embargo, reconocerse como una objeción válida para conmover la primacía de la afirmación ontológica, ni para dejar a ésta infundamentada. De lo que se trata, en el plano del pensamiento filosófico, es de encontrar el camino hacia una concepción elaborada de la esencia del conocimiento, que sea capaz de dar razón ontológicamente del fundamento mismo y de la estructura esencial de la requerida, inicial, y primera afirmación del ente en su ser (27).

Sólo una ontología del conocimiento que explique, por la comprensión del ente mismo en cuanto tal, por qué esta determinada actividad que es el conocer -a pesar de no hallarse, en su nivel supremo, como «entender», sino en ciertos entes, los hombres, que se muestran en el horizonte de la experiencia como unos entes entre otros entes- constituye a los hombres en una referencia universal -por la que asumen en su conciencia, y expresan en ella, para sí mismos y para otros, la realidad del universo, de manera que el dinamismo propio de la actividad cognoscente les ordena a «describir en sí mismos el orden entero del universo y de sus causas»- puede constituirse en el núcleo del capítulo «ontológico fundamental» de la Metafísica (27-28).

La cuestión central de esta ontología del conocimiento pregunta por su esencia no, obviamente, como buscando definir un determinado ente natural, que pueda ser acotado con caracterizaciones genéricas y específicas, en una determinada categoría del ente de experiencia; sino buscando cuál sea el constitutivo ontológico por el que la actividad cognoscente es, en sí misma, patencia y expresión de la realidad en cuanto tal (28).

En nuestro tiempo el hallazgo del concepto de la esencia del conocimiento, tiene el carácter de un «redescubrimiento». Se exige un diálogo con la tradición filosófica que, en uno de sus aspectos esenciales, ha de consistir en un esfuerzo por remover prejuicios, que se han superpuesto a aquella comprensión de la esencia del conocimiento que había sido ya, en forma auténtica y originaria, concebida en momentos anteriores a los encubrimientos, unilateralidades y escisiones que han caracterizado la modernidad filosófica (28).

Las precisiones hasta aquí formuladas sobre la intención y orientación del trabajo aquí emprendido, pueden dar razón de las etapas de su desarrollo. Previamente convendrá dejar sentada explícitamente una toma de posición sobre el punto de partida ontológico, desde el que puede plantearse adecuadamente y responderse de modo fundado la pregunta por la esencia del conocimiento (28).

Me refiero a la «metafísica del ser» en la que se concibe al ente como aquello cuyo acto es el ser, y que tiene  su núcleo en la comprensión del ser del ente como acto y perfección, actualidad constitutiva de toda perfección en todas las cosas, actualidad aun de las mismas esencias. Por la participación del ser como acto del ente se constituyen, así, los grados de perfección en la escala de los entes; y la vida y la naturaleza cognoscente e intelectual han de ser concebidas, no como perfecciones sobrevenidas al ser de ciertos entes, sino como constituidas y pertenecientes al ser mismo, poseído de un modo más plenamente perfecto que los no vivientes o los no cognoscentes (28-29).

Una primera parte, preliminar, comienza por enumerar y caracterizar los puntos de partida preconocidos que se presuponen constitutivamente a la posibilidad misma de la pregunta. En un segundo capítulo, y a modo de prenotandos para la formulación precisa de la misma, se formulan algunas precisiones terminológicas; y se llama la atención sobre dos puntos capitales del pensamiento de Santo Tomás de Aquino, encubiertos por equívocos terminológicos, o por el olvido y confusión en la propia doctrina, no sólo en las tradiciones escolásticas, sino incluso en el propio «tomismo» (29).

Son éstos: la definición del verbo mental, y la existencia en el hombre de un «doble conocimiento» de la mente por sí misma, el conocimiento existencial, íntimo y singular, y el conocimiento esencial, universal y conceptualmente expresado, acerca de la propia naturaleza de la mente (29).

El olvido de aquel conocimiento que «cada uno tiene de sí mismo en cuanto que tiene ser» deformó también la comprensión de la doctrina tomista sobre el conocimiento intelectual humano de los singulares percibidos sensiblemente; y dejó en el olvido el tema de la unidad sensitivo-intelectual del conocimiento humano, y la conexión de la intelección esencial con el conocimiento de  lo existente, en el universo del horizonte objetivo propio del conocimiento del hombre (29).

El estado de la cuestión, la formulación de la pregunta por la esencia del conocimiento, es el tema de la segunda parte. El llamado «principio de la intuición», según el cual el «concebir» tendría el carácter de sucedáneo de la «intuición» -posesión inmediata, carente de representación intencional, en que consistiría en su esencia el conocimiento-, fue afirmado en ocasiones como «acuerdo universal», mientras que se ha atribuido, a la hegemonía de la intuición el haber determinado el desarrollo histórico de la metafísica griega y occidental(29-30).

Pero la atención a algunos momentos decisivos del proceso histórico filosófico pone de manifiesto el carácter equívoco del término «intuición», y las opuestas orientaciones de los diversos «intuicionismos» presentes en aquel proceso. Mientras ha sido rasgo común de todo intuicionismo el postulado «inmediatista», se ha asumido como inmediatamente intuido en diversos momentos ya lo singular percibido sensiblemente -que se ha postulado ser también directa e inmediatamente entendido- ya la impresión o la vivencia inmediata de la conciencia, ya, por el contrario, los objetos entendidos, pretendidamente puestos «inmediatamente» ante la mirada del entendimiento (30).

La complejidad e interna oposición de las tesis intuicionistas vienen a constatar, por su parte, la carencia de fundamento de toda tesis exclusivamente intuicionista e inmediatista sobre la esencia del conocimiento. El olvido del  significado múltiple y entre sí «proporcionado» que tiene el término conocimiento, y que constituye un elemento preconocido, presente ya en el lenguaje ordinario de los hombres, ha determinado, en direcciones opuestas, interpretaciones unidimensionales, que han escindido y desintegrado la realidad vitalmente compleja y compuesta del conocimiento humano (30).

En contraposición a las desintegraciones inmediatistas y univocantes, se ilumina el estado de la cuestión atendiendo a la presencia, en el comentarista escolástico, Juan de Santo, Tomás, de la afirmación de que el entendimiento no sólo por indigencia y en razón de ausencia o desproporción del objeto, sino por su propia naturaleza y perfección es, a la vez, cognoscitivo y manifestativo y locutivo. De modo que el decir mental, formador del concepto, y el enunciado conceptual, es el entender mismo en cuanto acto emanativo de la propia plenitud y perfección del inteligente en acto (31).

La alusión a Juan de Santo Tomás conduce por sí misma a constatar también el acierto de su tesis en cuanto interpretación auténtica de la doctrina de Santo Tomás de Aquino. Enraizado, en una comprensión de la esencia del conocimiento, presente, con matices diversos pero no incompatibles, en Aristóteles y en San Agustín, Santo Tomás aparece totalmente ajeno a aquel pretendido acuerdo universal intuicionista. El concebir es afirmado como algo «perteneciente absolutamente a la esencia del entender», y se define como «lo entendido en cuanto tal», la «palabra mental», constituida y formada por el acto de entender, que el inteligente forma acerca de lo entendido y en la que expresa y posee intencionalmente lo que entiende (31).

En la tercera parte, tomando, como hilo conductor la hipótesis de la naturaleza locutiva del acto de entender, por la que la palabra mental surge de la plenitud, perfección y actualidad del inteligente en cuanto tal, se busca la caracterización ontológica de aquella plenitud de la que emana, «como acto del acto», lo dicho por el entendimiento (31).

Ello conduce a reafirmar la olvidada metafísica del conocimiento que afirma la «infinitud» del alma cognoscente en cuanto tal. Lo que «entitativamente» podría ser reconocido como una «cualidad» del hombre que conoce, una operación inmanente, acto segundo de sus capacidades operativas de conocimiento, a la que se seguiría su relación a lo conocido, es, pensando formalmente el conocimiento, como tal, un más alto y perfecto «ser», por el que el hombre posee en sí mismo, en la intimidad de su acto de conciencia «trascendentalmente» abierta a todo ente, sus contenidos sensibles e inteligibles (31-32).

Se hace necesario discutir aquí la «escisión», obrada en la crisis escolástica y en la modernidad filosófica, y consumada en el criticismo trascendental kantiano por la que se impidió la comprensión de la «conciencia», la autoposesión del sujeto cognoscente en su mismo ser como constituida por el ser mismo del hombre, constitutivamente abierto, en razón de la inmaterialidad del alma intelectiva, a la posesión de las formas de lo otro como tal (32).

Sólo esta comprensión hace pensable, en forma coherente, la emanación del conocimiento intencional objetivo, a partir de la actualidad de la conciencia como autoposesión existencial del cognoscente.

En el trascendentalismo, la escisión entre la «apercepción trascendental» y la conciencia del yo empírico, acaeció precisamente por la imposibilidad de atribuir al «ser» del yo pensante la naturaleza de acto, de plenitud y perfección del cognoscente, de «ser» por sí mismo infinitamente abierto y manifestativo de la realidad en el lenguaje mental de los juicios objetivos (32).

El análisis del conocimiento objetivo humano constituye el tema de la cuarta parte del trabajo. Según el método tradicional aristotélico, la naturaleza de los objetos pone de manifiesto la de los actos y la de las facultades operativas sensitivas e intelectuales (32).

Este análisis muestra las dimensiones de receptividad y de espontaneidad activa en uno y otro nivel, sensible e intelectual, del conocimiento humano. Se penetra así hasta la unidad originaria de todas las facultades, partiendo de la pertenencia teleológica de las facultades sensibles a la conciencia intelectual y de la primacía que, a modo, de raíz de toda capacidad de conocimiento sensible, compete al sensus communis, raíz de los sentidos externos, y también de las facultades expresivas y judicativas; sin las que no se daría perfección objetiva sensible, ni se ofrecería el objeto sensible como horizonte primero en que se mueve la intelección humana (32-33).

Se llega así a buscar en la «reflexión sobre sí mismo», de carácter «intelectual», pero no consistente en una aprehensión objetiva conceptual, sino en la «subsistencia en sí» o memoria en acto de la mente humana, la raíz originaria de toda capacidad de conocimiento de objetos, sensibles o inteligibles, por el hombre. Porque la actualidad cognoscitiva humana no puede definirse en sí misma, ni como una recepción por el sujeto de la acción del objeto, ni como una acción del sujeto sobre el objeto conocido (33).

El conocimiento en cuanto tal se define por la unidad estricta del acto en el que lo conocido existe en el cognoscente como tal. Toda objetivación, en cuanto relación intencional expresa del sujeto al objeto, se sigue a la actividad del cognoscente; pero esta actividad no puede ser explicada como una primacía de lo subjetivo, es decir, de lo potencial respecto, de lo que es otro que él mismo, sino por la primacía de la mismidad y subsistencia del espíritu, íntimo y presente a sí (33).

A partir de estos conceptos, adquiridos en las etapas recorridas, que han removido las inadecuadas representaciones de los exclusivismos intuicionistas, y de la estructura entitativa dualística en la constitución del conocimiento, se puede ya abordar, en la quinta etapa, el tema nuclear de la definición esencial y analógica de lo que sea en sí misma la intelección en cuanto tal, como nivel supremo, de conocimiento (33).

No se postula aquí la intuición adecuada, e inmediata para el hombre, de la naturaleza del entendimiento infinito y divino, al que sólo se puede ascender, en una afirmación que trasciende el horizonte objetivo adecuadamente representable para el conocer humano, precisamente a través de aquel «análogo». Pero la posibilidad misma, para el hombre, de una toma de conciencia reflexiva sobre su conocimiento, exige también el reconocimiento de la posibilidad de que alcance, conceptual y analógicamente, a una afirmación fundamentada acerca del «primer analogado» en la línea de la intelección; desde el que podrá interpretar los diversos grados del ente cognoscente según estructuras proporcionales de participación en este acto de «ser» perfecto, en que el entender consiste (33-34).

La comprensión de lo que es el conocimiento en cuanto tal, adquirida por una interpretación ontológicamente adecuada de la experiencia del conocimiento humano, y por la remoción de las aludidas representaciones inadecuadas, nos llevarán a descubrir, en la simplicidad del acto que es el conocer, como una doble dimensión o fase: la presencia del acto a sí mismo" autopresencia consciente, constituida por la subsistencia en sí o posesión inmaterial del ser; y la emanación, propia del acto mismo, manifestativa y declarativa del ente en su esencia (34).

Este contenido analógico-proporcional lo podemos afirmar en cada uno de los niveles de perfección del ser constitutivos de los grados de la naturaleza cognoscente, desde la «subsistente intelección de la intelección» [noesis noéseos], formalmente idéntica con el ser en acto puro, pasando por la perfecta intuición intelectual de sí mismo a modo de «inteligible intrínseco», que afirma Santo Tomás en los espíritus finitos y creados no sensibles; hasta la habitual y permanente autoconciencia existencial identificada con la propia sustancia del alma humana, y hasta la «remota y deficiente, participación del entendimiento» en que consiste el «sentido común» o «conciencia sensible», como raíz de toda facultad cognoscitiva en la sensibilidad (34).

Podemos definir así la estructura de la mente humana, noticia sustancial de sí misma, «memoria de sí misma para sí misma», como el último grado de actualidad inteligible, de «presencia del acto a sí mismo»; por la que nuestra mente es connaturalmente iluminadora, y activamente formadora en sí misma, de las formas inteligibles, por las que se actúa en orden a la intelección objetiva de las esencias de las cosas ofrecidas a su sensibilidad (34-35).

Según esta estructura analógico-proporcional, será posible también caracterizar la naturaleza de la intencionalidad expresa, formadora de imágenes sensibles, y de conceptos y enunciaciones intelectuales, que son para el espíritu finito requeridos para la consumación de su apertura intencional al ente; pero que no pueden ser concebidos esencialmente como sucedáneos o instrumentos para que se constituya la plenitud y perfección del conocer; por cuanto son ya en sí algo emanado del cognoscente por su actualidad, en virtud de aquella presencia del acto a sí mismo en que se constituye originariamente el acto de conocer (35).

Esto nos llevará a interpretar la esencial naturaleza manifestativa y expresiva del acto de conocer, por la misma naturaleza comunicativa del acto en cuanto tal. Esta caracterización ontológica de la intelección en cuanto tal conduce a poner de manifiesto que la «palabra» del espíritu pensante, la «palabra del hombre» en cuanto ente espiritual, ha de ser reconocida como propio elemento de la verdad manifestativa del ente. Por esto, un último capítulo de esta quinta parte habrá de aclarar, frente a insuficiencias y desorientaciones que han deformado la herencia del pensamiento tradicional, el concepto esencial de la verdad: la verdad que está en el entendimiento que enuncia y juzga, y que ha de definirse como manifestativa y declarativa del ser del ente; y de la verdad trascendental, de la verdad que está en el ente en cuanto causa constitutiva del conocimiento intelectual en cuanto tal (35).

Finalmente, la sexta parte se centrará en la conexión esencial que la palabra mental tiene con «la vida humana» misma; y en el estudio de las funciones de aquella palabra en las direcciones teorética, práctica y artístico-técnica. La teleología del lenguaje mental humano, es decir su función en aquella triple línea de dinamismo vital; y la «entelejeiología» de la misma palabra mental, es decir su carácter perfectivo, en la consumación de la plenitud del vivir humano, vendrán a ser así como una comprobación, en el contexto de una metafísica sobre la vida personal humana, de la tesis sobre la esencia del conocimiento conquistada en las anteriores etapas del trabajo (36).

...la negación del lenguaje mental, del concepto y enunciado judicativo, como elemento propio de la verdad manifestada, la tengo por una «tesis extraña» a la filosofía, que invalida la verdad permanente de toda ciencia y filosofía (36).

La tarea de reflexionar sobre este capital tema de la esencia del conocimiento la emprendí, ya lejanamente, en el verano de 1948 [39 años antes de publicar este libro], por sugerencia y estímulo de mi maestro, Ramón Orlandis Despuig, el ilustre jesuita que fue fundador y creador de la actual escuela tomista barcelonesa. Nunca he abandonado la reflexión sobre esto, y en 1952 presenté mi tesis doctoral con el título: «EL LOGOS ¿INDIGENCIA O PLENITUD?, dirigida por Jaime Bofill. A lo largo de todos los años en que se publicó la revista CONVIVIUM, entre 1956 y 1975, continué trabajando en ello, y en aquella revista aparecieron cinco trabajos de metafísica del conocimiento. Junto con mi «Para una Fundamentación de la Metafísica», y con los temarios de diversos cursos monográficos profesados sobre esta misma temática, aparecieron de nuevo publicados en: «Cuestiones de Fundamentación» (37).

Se mueve en la convicción profunda de la necesidad, y aun de la urgencia, de reconquistar para el pensamiento contemporáneo el mensaje contenido en un punto capital de la Metafísica de Santo Tomás de Aquino; aquél en el que la filosofía primera realiza su necesaria función de autofundamentación ontológica: aquél que fundamenta el que se reconozca lo mentalmente dicho siendo palabra auténtica, y verdaderamente tal, aquella que emana de quien verdaderamente conoce lo que dice como el lugar en que existe la verdad como manifestación de la realidad en su ser, y por lo mismo como camino propio para la comunicación interpersonal en la felicidad y en el amor (37).

Quiero dejar explicitada mi convicción de que la definición y fundamentación filosófica de la esencia del conocimiento, de su carácter «expresivo», por el que puede «la palabra del hombre» moverse en la verdad, tiene siempre, y por modo singular en nuestros días, el carácter de algo decisivo para que pueda la verdad filosófica ser asumida como «fundamento» de la Teología sobrenatural o «doctrina sagrada» (37).

Tengo la convicción de que en la actual crisis -en la que la «teología» niega sus principio, y la «hermenéutica» desconoce y desintegra la fe y la doctrina católica-, es factor decisivo la pérdida en el plano filosófico de la certeza en la validez del entendimiento humano y de la razón especulativa (37).

Por esto, concluyo estas líneas introductorias con la expresión de mi convencido homenaje a las insistentes orientaciones del magisterio de la Iglesia acerca de la validez y permanente utilidad de la filosofía de Santo Tomás de Aquino. Singularmente al santo pontífice Pío X, que con tanta oportunidad y precisa clarividencia anunció que «el apartarse de Santo Tomás, principalmente en las cuestiones metafísicas, no se hará nunca sin grave detrimento» (37).

------------------------

el mismo ejercicio de la duda no patentiza únicamente la certeza indubitable del conocimiento de la existencia de quien duda -como expresó Descartes y antes que él San Agustín- sino que se apoya, para que sea posible, en el recuerdo del error, que lleva a la vacilación en nuestro reconocimiento de la certeza, y por ello, la radical y originaria certeza de que el conocer sólo es verdadero conocimiento si no da por conocido lo que no es, y de que no puede afirmarse como conocimiento asintiendo en forma inadecuada a lo que no es alcanzado como conocido (44).
 

Así lo había advertido, con mucha mayor radical profundidad que Descartes, San Agustín. No es posible dudar sino para aquel que sabe que no sabe, lo que implica un cierto saber de lo que el conocimiento sea, y de su radical referencia a la verdad. «Todo el que conoce su duda conoce con certeza la verdad». «Si duda sabe que no debe asentir temerariamente» (44). «De Vera Religione», c. 39.

«Pero vivir, y recordar, y entender, y querer, y pensar, y saber, y juzgar, ¿quién podrá dudarlo? Pues incluso si duda, vive; sa; si duda, sabe que él no sabe; si duda, juzga que no conviene tiende que él duda; si duda, quiere tener certeza; si duda, piensa; si duda, sabe que él no sabe; si duda, juzga que no conviene que él asienta a algo temerariamente. Así pues, quien duda de cualquier otra cosa, no debe dudar de todo aquello sin lo cual no podría dudar de cosa alguna» (De Trinitate, X, 10, 14) (45).

Por la percepción íntima o conciencia inmediata del ejercicio de la actividad de conocer tiene cada uno la certeza indubitable de su propia existencia como sujeto. Pero ya esta experiencia íntima del sujeto, en el acto de conocer, tiene otras dimensiones(45)

aquello a que San Agustín da el nombre de «verdad», como realidad o «aquello que es»; inseparable también de la posesión por la conciencia humana de la referencia o destinación del conocimiento, a la realidad (45).

la afirmación de que el conocimiento existe [implica] también una cierta posesión consciente y aun cierto concepto pensado acerca del mismo (46)

«de ninguna realidad puede conocerse que existe, sin que de algún modo se conozca lo que es» «Nadie puede pensar, con asentimiento, que él no existe, pues en el hecho mismo de pensar algo, se percibe existente» (De Ver., q X. «De mente», art. 12 ad 7). (46)

En el punto de partida hacia la conquista de un concepto de la esencia del conocimiento, poseemos ya de un modo imperfectísimo, alguna comprensión de su esencia... La búsqueda por el conocimiento del concepto de la esencia del conocimiento presupone constitutivamente como preconocido que el conocimiento existe como algo que tiende a conocer en su esencia el conocimiento mismo. «Cuando se busca para conocerse conoce su búsqueda. Luego ya se conoce. Es, por consiguiente, imposible el absoluto desconocimiento de sí mismo, por cuanto al saber que no se conoce, ciertamente se conoce. Y si ignorase del todo que ignora, ya no se buscaría para saberse. Por lo cual, por lo mismo que se busca, se manifiesta más como conocida que como desconocida... (De Trinitate, X, 3, 5) (46-47).

«Nadie percibe que él entiende sino por cuanto entiende algo: porque entender algo es primero con respecto a entender que uno entiende» (De Ver., q 10, a 8 in c) (47).

Toda interpretación de la indubitabilidad para el sujeto cognoscente de la existencia de su conocimiento que quiera olvidar la primacía de los contenidos conocidos, es decir, de la realidad que el hombre percibe y entiende, no sólo no, respeta la experiencia del conocimiento, sino que la encubre y olvida por la mediación de ulteriores e inadecuadas reflexiones (49).

Si alguien entendiese como «filosofía» tales inadecuadas reflexiones, ya sea que se moviesen en el prejuicio de un inmediatismo subjetivista, en que se sustentase un empirismo de horizonte psicologista, ya se instalase éste en el plano de un idealismo, reductor de la entidad del ente a posición subjetiva del pensamiento, daría razón a la preferencia balmesiana de renunciar a la filosofía si para ello debiese de dejar de comportarse como hombre (49).

...las condiciones de su ser no es él quien las pone, se las halla impuestas. Estas condiciones son las leyes de su naturaleza: ¿a qué luchar contra ella? «A más de las preocupaciones facticias, dice Schelling, las hay primordiales, puestas en el hombre, no por la educación, sino por la naturaleza misma, que para todos los hombres ocupan el lugar de principios del conocimiento, y son un escollo para el pensador libre». Por mi parte, no quiero ser más que todos los hombres; no quiero estar reñido con la naturaleza; si no puedo ser filósofo, sin dejar de ser hombre, renuncio a la filosofía y me quedo con la humanidad. (Jaime Balmes, «Filosofía fundamental», lib. primero, capítulo XXXIV, número 340 al final). Este texto del filósofo de Vic, con el que concluye el primer libro dedicado a la «Certeza» de su obra fundamental, expresa un pensamiento profundo. Parece, no obstante, más oportuno reconocer que precisamente por ser la filosofía una tarea naturalmente humana, han de ser reconocidas como «tesis extrañas» a la verdad filosófica las que destruyen los fundamentales «precognita» que el hombre está inclinado naturalmente a afirmar como punto de partida de toda actividad racional dirigida a conquistar la verdad (49-50).

El presupuesto de todo examen crítico sobre el conocimiento es que pertenece a la esencia del entender el manifestar la esencia de lo que es (50, nota 12).

«Así como es por sí patente que el ente es, así también es por sí patente que la verdad es»,  dice Santo Tomás (De Ver., q 10 a 12, ad 3) (51).

«El entendimiento aprehende primero el mismo ente, y en segundo lugar aprehende que entiende lo que es... y así es primero el concepto de ente, y secundariamente el concepto de lo verdadero». (STh I.a, l.q. 16, arto IV at 2). (51)

La aprehensión por el entendimiento de que «entiende lo que es», es decir, la intelección de su esencia como tal entendimiento, no podría realizarse a partir de la referencia al objeto sin la autopresencia consciente y «entendida», al inteligente, del propio acto de entender: «El alma intelectiva se entiende a sí misma por su entender, que es el acto propio de la misma, que muestra perfectamente su facultad y su naturaleza». (STh., q. 88, art 2, ad 3) (51, nota).

afirmar que el «ser», entendido como, realidad objetiva o "naturaleza" no es más que posición de la conciencia pensante, será algo inevitable si el pensamiento, después de haber alcanzado aquella atmósfera o éter del conocimiento como tal, carece de los instrumentos conceptuales que hagan posible dar razón, "ontológicamente", de la universalidad e infinitud por la que al conocer hemos ya superado las limitaciones y concreciones de la entidad natural (67).

La historia de la filosofía se mueve en este punto, entre la ceguera «naturalista», a la que pertenece: también en cierto sentido toda ingenuidad «psicologista», y los «idealismos» reductores de la realidad a pensamiento. Haberse abierto al conocimiento como, tal, es decir, como manifestación de la realidad del ente, y por lo mismo alcanzar a la resolución del concepto del conocimiento en los primeros conceptos ontológicos, es algo que caracteriza el patrimonio filosófico perennemente válido, que en este trabajo, nos proponemos redescubrir (67-68).

Sobre los textos «de todas las cosas es medida el hombre» y «aquello que a mí me parece, así es para mí; y lo que a ti te parece así es para ti, pues hombre eres tú como yo lo soy», pone Platón en su «Diálogo Teetetes», en boca de Sócrates estas palabras:

«Por lo demás, Protágoras sostuvo, de modo satisfactorio para mí, que lo que aparece a cada uno, aquello es también. Pero desde el principio de su razonamiento estoy admirado, de que no dijo como principio de la verdad que de todas las cosas es medida el cerdo o el cinocéfalo o algún otro ser más extraño entre aquellos dotados de sensaciones; así habría obtenido el resultado de comenzar a sostener su teoría con solemnidad y gran sosiego, por cuanto nosotros admiraríamos su sabiduría, como la de un dios». (Sexto «Adv. math.», VII, 60). Plato «Teet.», 152 a. Pía L. Ibid 161 c.

La espléndida ironía platónica, que arguye que la mención de la apariencia a otro animal diverso del hombre sugeriría el haberse situado en una perspectiva divina, pone de manifiesto la inconsistencia del relativismo individualista de Protágoras, ya que hay una razón justificativa de que lo que aparece a cada uno, aun siendo opuesto y contradictorio a lo que aparece a otro, sea afirmado como simultáneamente verdadero; pero esta razón justificativa es la común admisión de la naturaleza humana de cada uno de los sujetos a los que algo parece ser. Pero en la perspectiva de Protágoras qué se entienda por ser hombre no podría ser ya admitido a la vez por mí y por ti, al no poder constar lo que a cada uno parece ser del ser hombre (73-74, nota)

... todo conocimiento tiene su comienzo y el origen primero de su génesis en los «entes reales», esto es, en algo que tiene ser en sí mismo, COll «anterioridad» a su «ser conocido», «representado» o «concebido» por quien lo conoce. Anterioridad que no es esencialmente precedencia cronológica, sino que consiste en que el conocimiento mismo, y la verdad del conocimiento, se fundamentan en aquella realidad, de modo que el «ser» que la realidad posee constituye el fundamento y origen primero de todo posible «ser conocido» (76)..

La afirmación de Suárez según la cual «el conocimiento del entendimiento comienza necesariamente a partir de los entes reales» («cognitio intellectus incipit necessario a realibus entibus», D'M, VI, 7, 2), es obvianlente común al «patrimonio filos6fico perennemente válido» en el que se mueve el pensamiento de Santo Tomás de Aquino.

Supuesto el punto de partida inicial sensible, sostiene Santo Tomás que «la semejanza de la cosa natural concebida en nuestro entendimiento se compara a la cosa cuya semejanza es como su principio, porque nuestro entender recibe su principio de los sentidos, que son inmutados por las cosas naturales». (IV C. G. c. 11) (76).

Con esta afirmación, por la que expresamos algo que es por sí mismo patente a todo hombre, se halla en continuidad la actitud filosófica que es generalmente conocida como «realismo», y que se ha definido también como'

«realismo metódico» por quienes la asumen, [Eusebi Colomer, SJ, la llamó realismo pensante, con la aceptación de Canals]; mientras que los que polemizan contra ella la califican, dando un significado peyorativo a los términos, como «realismo ingenuo» y «dogmatismo» (77).

La afirmación del ente como, fundamento y origen de todo conocimiento, para constituir aquel adecuado punto de partida, habrá de mantenerse de tal modo en continuidad con él, que no lo encubra o deforme al dejarse arrastrar el pensamiento por el choque antitético con las posiciones criticistas e idealistas, cayendo en el riesgo de asumir como tesis propia la deformación polémica con que el «realismo» es incomprendido desde aquellas actitudes filosóficas (77). De aquí que el «realismo crítico» que en algunas corrientes neoescolásticas fue considerado como progreso y apertura necesarios para la actualización del pensamiento tradicional, sea en realidad una recaída en el «idealismo empírico» al aceptar infundadamente la «cuestión del puente» y consecuentemente la necesidad de demostrar discursivamente la existencia del «mundo externo» trascendente a la conciencia (77, nota).

Expresamos adecuadamente un realismo auténtico y verdadero, si decimos... que «todo conocimiento del entendimiento necesariamente ha de tener su comienzo a partir de entes reales». Pero si se pretendiese afirmar como realismo, una primacía del ente -objeto- fuera del alma sobre el cognoscente -sujeto- consciente, postulando que lo entendido como tal precede al acto de entender y que lo percibido como tal precede al acto de conocer sensible, seríamos llevados a concebir todo conocimiento como una recepción pasiva, por un sujeto cognoscente de una realidad que se le «objeta» y se le muestra según el modo en el que se constituye en término intencional de la conciencia cognoscente (77-78).

Si interpretásemos así el «realismo», tendríamos que optar, apoyándonos en la afirmación del carácter inmediato e intuitivo de todo acto de conocer que verdaderamente aprehenda la realidad en sí misma, o bien por la cancelación del carácter de objeto conocido- a cualesquiera determinaciones universalmente enunciables, y excluir así de la objetividad todo- lo matemático, y todo el orden de las esencias que atribuimos a los entes de la naturaleza, o bien por postular que se ofrecen inmediatamente tales objetos a la mirada de la mente (78).

La afirmación realista deberá además... liberarse de todo naturalismo cosificador del conocimiento en aquella univocidad con las determinaciones del ente natural sobre el que se abre la primera objetivación del sujeto cognoscente humano.

La afirmación de la primacía entitativa y gnoseológica del ente real sobre la posición cognoscitiva del ente no puede ser asumida ni desde la rigidez univocista del naturalismo ontológico, ni desde un postulado «dualista», de enfrentamiento y polaridad sujeto-objeto, como si tal dualidad constituyese esencialmente la referencia del sujeto cognoscente al ente conocido; sino que ha de mantener abierta aquella significación analógica del ente y del conocimiento, que hará posible a la vez el respeto, al fundamental precógnito, de la patencia del ente en el conocimiento, y la posibilidad de hallar el camino hacia la plena resolución del conocimiento en el ser mismo del ente, en el que lo hallamos y en el que expresamos el ente, conociéndolo (79).

Hablar «significativamente» pertenece a la esencia de lo humano en cuanto tal. La fórmula acuñada que lo define como «animal racional» tenía originariamente el sentido, no de significarle con el carácter genérico de la animalidad, como corporeidad orgánica sensible, para diferenciarlo específicamente por la racionalidad, como ca1ificativa del qué de su sustancia, sino que aludía directamente a la vida humana, nombrando al hombre con el término participial del verbo vivir, «viviente», o lo que es lo mismo «alguien que vive», para precisar que ejercita este su vivir al poseer la palabra dotada de sentido «inteligible»; «viviente que tiene palabra» sería una más profunda versión de la definición aristotélica. «De los vivientes sólo el hombre tiene logos» (PoI. T, c. 1, 1252 b 20) (79-80).

«Las palabras se refieren a las cosas que significan mediante la concepción del entendimiento», secundum Philosophum, (I Periher, cap. 1, in princ.), patet quod voces referuntur ad res significandas mediante conceptione intellectus (S. Th., q 13, a 1.° in c) (83).

Cuál sea la función en el conocimiento intelectual de esta palabra interna, en que consiste el sentido inteligible por el que las palabras del lenguaje exterior pueden referirse a la realidad, lo expresa Santo Tomás en un texto clásico que hemos de tener presente como punto de partida en nuestro, planteamiento (83):

«El que entiende, puede, al entender, decir orden a cuatro distintos elementos del conocimiento: a saber, a la cosa que entiende, a la especie inteligible por la que el entendimiento se constituye en acto, a su entender, y a la concepción del entendimiento. La cual concepción difiere de las tres cosas antes mencionadas (83).

«Difiere por cierto, de la cosa entendida, porque ésta es a veces algo externo, al entendimiento; pero la concepción del entendimiento no existe sino en el entendimiento mismo; y también porque la concepción del entendimiento se ordena como a su fin a la cosa entendida: pues el entendimiento forma la concepción de la cosa en sí mismo en orden a conocer la cosa que entiende. Difiere también de la especie inteligible; pues la especie inteligible, por la que el entendimiento es constituido en acto, es considerada como el principio de la acción del entendimiento... difiere también de la acción del entendimiento: porque la mencionada concepción es considerada como el término de la acción, y como algo constituido por la misma (83).

Pues el entendimiento forma con su acción la definición de la cosa, o también la proposición afirmativa o negativa. Esta concepción del entendimiento en nosotros es llamada propiamente palabra, verbum... (De Pot. Dei. q 8.°, a. 1.° in c).  Este verbum mentis... palabra de la mente, significada por la palabra externa, es llamada «concepción» o «concepto» por cuanto es formada por el acto del entendimiento. Santo Tomás la llama también «ratio intellecta», utilizando aquí la palabra ratio no como significativa de la concepción del entendimiento. La cual concepción difiere de las tres cosas antes mencionadas (83-84).

«Difiere por cierto, de la cosa entendida, porque ésta es a veces algo externo al entendimiento; pero la concepción del entendimiento no existe sino en el entendimiento mismo; y también porque la concepción del entendimiento se ordena como a su fin a la cosa entendida: pues el entendimiento forma la concepción de la cosa en sí mismo en orden a conocer la cosa que entiende. Difiere también de la especie inteligible; pues la especie inteligible, por la que el entendimiento es constituido en acto, es considerada como el principio de la acción del entendimiento... difiere también de la acción del entendimiento: porque la mencionada concepción es considerada como el término de la acción, y como algo constituido por la misma. Pues el entendimiento forma con su acción la definición de la cosa, o también la proposición afirmativa o negativa. Esta concepción del entendimiento en nosotros es llamada propiamente palabra, verbum... (De Pot. Dei. qu. 8.°, a. 1. in c). (84)

Este verbum mentis... palabra de la mente, significada por la palabra externa, es llamada «concepción» o «concepto» por cuanto es formada por el acto del entendimiento. Santo Tomás la llama también «ratio intellecta», utilizando aquí la palabra ratio no como significativa de la «razón» eomo facultad de raciocinio o discurso, sino traduciendo aquel término griego logos del que Aristóteles decía que era signo la voz -foné- que era nombre -ónoma- es decir, voz significativa de la esencia de algo y expresiva de su «definición». «Pues el "logos" cuyo signo es el nombre, es la definición». (Met. Lib. Gamma, c. 8, 1012 a24-25).  La llama también species expresa la tradición tomista para contraponerla a la «especie inteligible» por la que el entendimiento se constituye en acto. Es, en efecto, característica esencial del concepto del entendimiento el ser formado por el entendimiento en acto, es decir, por el entendimiento ya constituido y en virtud de su propia actual operación: el entendimiento, entendiendo, y por su acto de entender, forma en sí el concepto de la cosa entendida (84-85).

«Hay que considerar que el entendimiento formado por la especie de la cosa, forma en sí mismo entendiendo cierta «intención» de la cosa entendida, que es su ratio (su concepto esencial) la que es significada por la definición. Y esto es por cierto necesario: por cuanto el entendimiento entiende indiferentemente la cosa ausente y la presente, en lo que la imaginación conviene con el entendimiento; pero el entendimiento tiene esto ,además: que entiende también la cosa como separada de las condiciones materiales sin las que no existe en la naturaleza de las cosas; y esto no podría ser si no formase el entendimiento para sí la mencionada intención (representación intencional expresa). (1 C~ G. c. 53). (85, nota)

Es también nombrada esta «ratio intellecta» o «concepto» o «concepción» con el término «intentio intellecta», expresivo de aquella su constitutiva referencia «intencional» a la realidad conocida. El concepto, especie inteligible expresada, o ratio entendida, formada dentro del entendimiento por su mismo acto, se ordena a expresar en el entendimiento aquello que es entendido. El concepto tiene su naturaleza de referirse a lo concebido en cuanto palabra de la mente. Las palabras internas y externas no son expresadas sino para decir. El entendimiento, al formar estos contenidos -definiciones, enunciaciones- no tiende a poseer en sí estos contenidos, que son el término inmanente de su acto, como si tal término no fuese referido a lo que expresa o intenta» conocer, sino que, por el contrario, el lenguaje mental, expresado por el lenguaje exterior, cuya referencialidad significativa constituye, se forma precisamente como tal lenguaje, es decir como algo por lo que quien habla se refiere a aquello sobre lo que habla (85-86).

En estas definiciones... se apoyan los caracteres esenciales de la fundamentación y del método del pensamiento filosófico que constituyó la síntesis elaborada por Santo Tomás de Aquino (86).

El empirismo puede ser definido como aquella posición gnoseológica que no distingue entre la intuición sensible y la aprehensión intelectual, y por lo mismo no puede fundamentar el carácter de referencia a la realidad de los contenidos inteligibles abstractos y universales (92).

...la intelección, en cuanto aprehensión y juicio objetivo sobre lo entendido, no es el único modo o dimensión del conocimiento del entendimiento. Se da siempre, inseparablemente con el ejercicio de la intelección objetiva, otro modo de posesión «intelectual» del ente, discernible, no obstante su inseparabilidad, de la intelección misma, como aprehensión que se mueve en el horizonte de las esencias. Este otro modo de conocimiento, o vertiente de la actualidad de la conciencia intelectual, con frecuencia perdido para la reflexión filosófica, o por lo menos no, debidamente discernido en su conexión y diversidad con respecto al acto de intelección de la esencia, fue reconocido por Santo Tomás de Aquino, profundizando y precisando en una herencia recibida de San Agustín, al afirmar la existencia, en «cada uno» de los hombres en actual ejercicio de su conciencia intelectual, de un «doble conocimiento» que puede tener el hombre acerca de su mente o alma intelectiva (93).

«No por su esencia, sino por su acto se conoce nuestro entendimiento; y esto de dos maneras: de un modo particularmente, según que Sócrates o Platón percibe que tiene alma intelectiva por cuanto percibe que él entiende. De otro modo universalmente, según que consideramos la naturaleza de la mente humana a partir del acto del entendimiento». (S. Th. la q 87 a 1.° in c). Véase también el texto «De Veritate» q. 10, a. 8.°, citado en la nota 17 del capítulo 1°. (93-94, nota)

Hay otro modo o vertiente del conocimiento intelectual que el hombre tiene de sí mismo como sujeto intelectual. Cada hombre se posee conscientemente a sí mismo por un conocimiento que le es propio e individual Apoyándose en San Agustín, recuerda Santo Tomás que cada uno sabe de sí mismo lo que dentro de él se ejerce u obra según un modo de conocer tal que cualquier otro hombre puede ciertamente «creerle» si de él habla, pero que sólo él posee por sí mismo. Este modo de conocimiento, en contraste con la intelección objetiva  universal, esencial, de la naturaleza de la mente, tiene por contenido en cada caso el alma intelectiva o mente de cada hombre según aquello que le es propio como individuo. Es, pues, un conocimiento, por el entendimiento, de la misma singularidad de cada individuo pensante (96).

...Al entender algo, al pensar algo, al ejercer la actividad intelectual «percibe que él existe», que tiene ser. Se percibe en su ser, se experimenta en su ser. Esta vertiente o modo de conocimiento singular y existencial no se constituye en la aprehensión conceptual, ...sino que tiene un carácter inmediatamente perceptivo, experimental (96).

«Para tener el primer modo del conocimiento de la mente basta la misma presencia de la mente, Que es el principio del acto, por el que la mente se percibe a sí misma, y por esto se dice que se conoce por su presencia». (S. Th. l.a q. 87 art. 1.° in c.) (96, nota).

...basta la presencia del alma a sí misma en su esencia entitativa (97).

...en estos actos, radicados en la misma entidad de la mente, se patentiza ésta a sí misma en cuanto al conocimiento de sí misma según su ser individual y singular ...el alma misma intelectiva es, en su misma sustancia, el principio intrínseco y habitual de aquella conciencia singular, existencial y perceptiva, por modo inmediato; que ejercita al estar en acto de pensar, en virtud de su presencia íntima y no por la recepción de ningún dato sobrevenido al entendimiento mismo (97).

Nuestro entendimiento no puede entender nada en acto antes de abstraer de las imágenes; ni siquiera puede tener noticia habitual de las otras cosas distintas de sí mismo, a saber, las que no existen en él mismo, antes de la mencionada abstracción, porque las especies de los otros inteligibles no le son innatas; pero su esencia [propia] le es innata, de modo que no le es necesario adquirirla de las imágenes... y por eso la mente, antes de que abstraiga de las imágenes, tiene conocimiento habitual de sí misma, por el que puede percibir que existe. («De Ver.», q l0 a 8.° ad 1um). (97-98, nota)

...este capital prenotando, exigido para el planteamiento adecuado de la cuestión sobre la esencia del conocimiento (98).

...en orden a la inmediata disposición de su mente a la percepción existencial de sí mismo, hay que reconocer que su esencia le es innata, que es siempre presente a sí y que de ella emanan los actos en los que la mente se percibe inmediatamente en su ser. La sustancia del alma intelectiva, y no cualidad alguna que hubiésemos de reconocer como inherente en ella es, pues, lo que constituye el «habitual» conocimiento que el alma tiene de sí misma por su ser. Hemos de decir, por lo mismo, con San Agustín, que en la mente humana esta capacidad radical de autoposesión consciente existe substancialmente, es decir, se constituye por su mismo ser entitativo sustancial,  y no por una inherencia de «especie», o hábito a modo de cualidad que afirmásemos radicada en su sustancia. No sólo la mente tiene en sí la disposición última  para la percepción de su ser, con anterioridad a toda recepción sensible, sino que tal disposición no consiste en otra cosa sino en la posesión de su propio ser por la sustancia de la mente o alma de naturaleza intelectual (98-99).

«La noticia por la que el alma se conoce a sí misma (en cuanto a conocerse existente) no está en el género del accidente en cuanto al conocerse habitualmente, sino sólo en cuanto al acto de conocimiento, que es cierto accidente; por lo cual también Agustín en IX «De Trinitate (Cap. 4.°) dice que es inherente a la mente substancialmente la noticia según la que la mente se conoce a sí misma. («De Ver.», q 10, art. 8.° ad 14 um). (99, nota).

...Que «yo existo» es para cada hombre indudable y conocido por certeza inmediata, pero no en virtud de una conexión esencial con la verdad universal del ente o con los principios primeros fundados en los conceptos primeros y trascendentales, sino por vía de inmediatez experimental íntima, porque «nadie puede pensar que él no existe, asintiendo a este enunciado, porque al pensar algo se percibe existente». (De Ver., q 10 art. 12 ad 7 um) (99-100).

La notitia intuitiva es aquel conocimiento que versa sobre lo presencialmente existente... (100).

La notitia abstractiva ... implica constitutivamente que la aprehensión objetiva de lo conocido se realice por medio de una representación intencional -imagen sensible o  concepto intelectual- que cumple la función de término u objeto inmanente del conocimiento, a modo de medio en el que se aprehende lo conocido en él como representación intencional (100-101).

Lo conocido es pues directamente -y no reflexiva ni discursivamente- aprehendido por el cognoscente, no en virtud de una inmediatez entitativa, sino por identificación intencional del sujeto cognoscente y el objeto conocido (101).

Los tomistas sostienen, generalmente, la naturaleza intuitiva de los actos de conocimiento sensible de las facultades de la sensibilidad externa y del sentido común o conciencia sensible. Es oportuno expresar desde ahora el  problematismo derivado del olvido de la necesaria función de la imagen sensible en el acto perceptivo de los datos intuidos por la sensibilidad externa, y de la correlativa imposibilidad de afirmar la presencia inmediata de la cosa material, que afecta a los órganos de los sentidos, a la conciencia sentiente; en todo caso se muestra como no problemática la caracterización de intuitiva para la notitia de la conciencia sensible o sensus communis, desde el contexto de los significados atribuidos a los términos aludidos (101).

Es también frecuente entre los tomistas la tesis de que las facultades de conocimiento sensible son, en el hombre, las únicas que alcanzan intuitivamente las cosas que conocen: así escribe Gredt: «el conocimiento intuitivo humano es el conocimiento sensible de los sentidos externos y del sentido común, porque tales sentidos versan acerca de lo presencialmente existente. Pero el conocimiento intelectual humano no es inmediatamente intuitivo, porque el entendimiento no alcanza directamente lo singular o lo existente, sino sólo mediante los sentidos» (101).

(Josephus Gredt, «Elementa Phylosophiae Aristotelico-Thomisticae», cap. 1, n. 16). (102).

Ahora bien, en este punto se pone de manifiesto el equívoco e imprecisión de la generalizada dicotomía. Definida precisamente por la inmediatez entitativa y existencial al cognoscente de la realidad «intuida», habría que reconocer ciertamente, en la realidad de las cosas, y en la afirmación explícita de Santo Tomás, la notitia intuitiva que cada uno tiene de su alma existente. Pero ocurre que la misma etimología, que alude a una comparación con el acto de visión, y el presupuesto de que el acto de visión es máximamente cognoscitivo por ser «mejor manifestativo de las diferencias de las cosas», conduce  inevitablemente el significado del término «intuitivo» a referirse únicamente a aquello en que el conocimiento intelectual se muestra como el que nos hace capaces de discernir y definir las cosas según lo que son (102).

Por esto el término notitia intuitiva, aunque se le define inicialmente por la inmediatez existencial, viene a tomar, al referirse a lo intelectual, un significado que exigiría la posesión, por medio de una presencia inmediata y existencial, también de la intelección definida de la esencia de lo intuido (102).

Resulta así coherente negar que el hombre tenga inmediata intuición intelectual de la esencia de su mente; pero, por lo mismo, la terminología generalizada muestra su equívoco y su problematicidad, por cuanto la dicotomía conceptual apuntada en ella conduce al olvido de algo tan inmediatamente cierto como es el carácter existencial y perceptivo de la conciencia del propio yo en acto de pensar (102).

Por esto resultará oportuno proponer una nueva terminología para expresar los conceptos que se implicaban en los mencionados términos: notitia intuitiva y notitia abstractiva. Proponemos, y así lo haremos en el curso de nuestro trabajo, dar al conocimiento realizado por la presencia existencial e inmediata de lo conocido en el cognoscente el nombre de «conocimiento como experiencia inmediata» o «inmediatamente perceptivo de la realidad conocida según su ser», mientras que a la llamada notitia abstractiva, le daremos siempre el nombre de «aprehensión intencional objetiva», con lo que queda subrayada también la exigencia de la intencionalidad expresa para su propia realización, descartando los equívocos de una pretendida abstracción por vía de precisión formal o recorte, apoyado en cierto modo confuso e indeterminado de aprehender las realidades conocidas. Según se notó ya antes, cualquier explicación que atribuya la abstracción intelectual sólo al carácter confuso de ciertos actos intelectuales no podría dar razón del carácter de «esencia» de los objetos inteligibles concebidos (102-103).

... las posiciones de Kant, negadoras de la intuición intelectual de la sustancia del alma pensante, pero que no pueden tampoco reconocer, de manera coherente con la sistematización kantiana, el lugar de la conciencia del yo originaria de la apercepción-, en la fundamentación de la posibilidad del conocimiento intelectual objetivo (104).

Definida por Kant, como más adelante veremos, la intuición por el doble carácter de la inmediatez de la referencia del cognoscente a lo conocido, y la singularidad de lo conocido, hubiera podido admitir la «intuición» por cada hombre de su alma pensante en el acto de ser consciente de la intelección de objetos. Interfirió probablemente una herencia wolfiana por la que el ente y la esencia del ente se redujeron en Kant a «objetividad» para el sujeto. En esta perspectiva, el sujeto consciente de su existencia en el acto de pensar no podía ser reconocido como objetivamente patente, y así Kant no pudo reconocer la percepción inmediata y singular del alma existente. Encontraremos en esto la razón profunda de la escisión obrada en el criticismo trascendental entre la conciencia empírica y la apercepción pura o «apercepción» trascendental (104, nota).

La sustitución de la equívoca dicotomía: notitia intuitiva, notitia abstractiva, por la distinción propuesta entre el conocimiento por modo de experiencia o percepción existencial, y la aprehensión intencional objetiva, abre así la posibilidad de buscar una definición coherente del conocimiento que pueda adecuadamente ser nombrado como intuición intelectual.

Sobre el sentido del término intuición intelectual

Partiendo de las anteriores aclaraciones, parece que convendría entender el sentido del término «intuición intelectual», de modo que se refiera únicamente a aquel acto intelectual de conocimiento que reúna a la vez el doble carácter de la presencia inmediata y entitativa en la conciencia, de lo conocido, a la vez que el de la perfección propia del acto de intelección, a saber, la posesión consciente y conceptualmente expresable de la esencia de lo conocido (104-105).

Para expresar aquel conocimiento intelectual que el ángel posee en su propia esencia, nota Santo Tomás que un ente puede existir como conocido en un sujeto cognoscente, aun siendo distinto del mismo en su ser entitativo. En este caso, y al modo como lo notaba Aristóteles, lo conocido existe en el cognoscente en ser de objeto conocido, pero no en el ser que tiene en su misma naturaleza (106).

La presencia en el cognoscente de lo sensible e inteligible que es otro que el cognoscente, se constituye por la existencia en el acto de conocer, y como su principio formal, de la «especie» sensible o inteligible de lo conocido, por la que el cognoscente en acto y lo conocido en acto son uno. Este modo de existir difiere del físico o entitativo natural y así se pregunta Aristóteles: «A quién se le ocurriría preguntarse si dentro del alma hay una piedra o un hombre». (Sobre el alma. Lib. 1, c. 5.0, 410 a. 12-13). (106, nota).

El modo de conocimiento de la ciencia angélica es, por el contrario, tal que la misma sustancia existe en sí misma como conocida según ser natural e inteligible simultáneamente, de modo que la visión intelectual de la misma le da la posesión de sí a la vez en ser natural y en ser de objeto entendido: «y de uno y otro es la visión intelectual» afirma Santo Tomás (106). 

«Las esencias de las cosas materiales existen en el entendimiento del hombre o del ángel, como lo entendido existe en el que entiende, y no según su ser real. Pero hay algunas cosas que existen en el entendimiento o en el alma según uno y otro ser; y de uno y otro es la visión intelectual». (S. Th. 1.a qu. 57.a a. 1.0 ad 2). Este texto, que no es una definición formal del conocimiento intuitivo intelectual, describe, no obstante, aplicándolo al caso del conocimiento angélico, la doble dimensión de presencia inmediata existencial y de aprehensión connatural de la esencia, por las que entendemos debe definirse propiamente la «intuición intelectual».
El término «intuir» o «ver» tiene, no obstante, en muchos casos un significado más amplio y menos propio, así como cuando el propio Santo Tomás nota que «se dice que vemos todo aquello que mueve el sentido o el conocimiento a su conocimiento, y así es necesario que todo lo que es sabido sea, de algún modo, visto». Por esto, también la palabra «intelección», que se define formalmente como aprehensión de la esencia de la realidad entendida, es utilizada en algunos casos refiriéndose a la dimensión o vertiente íntima y existencial del conocimiento, en el que el cognoscente se percibe a sí mismo según su ser; y en este sentido es en el que puede decir Santo Tomás, sin distinguir tampoco lo habitual de lo actual, que «nuestro entendimiento se entiende siempre a sí mismo indeterminadamente» (106-107, nota).

Es obvio que en este texto, y aunque en él no se intente formalmente dar una definición propia de la intuición intelectual, viene a describirse con precisión su estructura noética y su fundamentación ontológica; la subsistencia de una forma no recibida en la materia, es decir la posesión del ser por una sustancia ontológicamente simple, en la que la propia forma es a la vez sujeto, carente de composición material formal, da a esta forma «subsistente en ser inmaterial» el ser poseída intrínseca e íntimamente por sí misma en ser consciente e inteligible, ya que la plena transparencia de la sustancia simple la constituye, en su mismo ser entitativo, en principio formal intrínseco determinativo de su actual intelección esencial (107).

«Si algo en el género de los inteligibles es como forma inteligible subsistente, se entiende a sí mismo. Pero el ángel, siendo inmaterial, es forma subsistente, y por lo mismo inteligible en acto. De lo que se sigue que por su forma, que es su substancia, se entiende a sí mismo». (S. Th. I q 56 a 1 in c). (107, nota)

 Por esto, consecuentemente, Santo Tomás no negará en modo alguno la posesión intencional expresa de tal esencia inmediatamente poseída en su misma entidad, antes por el contrario afirmará el carácter totalmente intrínseco de la «intención entendida» de sí mismo, emanada de aquella interna identidad entre el ser entitativo y el ser inteligible propio de una forma no recibida en una materia (107-108).

El carácter de totalmente intrínseco -omnino intrinseca- afirmado en C. G. cap. 11 de la intentio intellecta, se fundamenta en el carácter de «subsistente en el género de lo inteligible» de la substancia separada. «Las substancias separadas, cuyas substancias son como algo que es ente en acto, entienden de sí mismas como algo que es ente en acto en el género de los inteligibles, entienden de sí mismas lo que son por sus substancias». (III C. G., c. 46). (108, nota)

Tenemos, pues, en este texto, descrita y definida la naturaleza y la estructura de un conocimiento que adecuadamente puede ser nombrado como intuición intelectual. Nosotros definiremos, de acuerdo con esto, como intuición intelectual sólo aquel conocimiento en el que se dé a la vez la inmediatez entitativa y existencial de lo intrínsecamente poseído por la conciencia en su ser, y la aprehensión de lo que es propiamente característico de «la intelección», es decir la aprehensión de la esencia, que en el caso de la intuición intelectual tendrá para quien se entiende a sí mismo el carácter de lo primeramente aprehendido con certeza no sólo existencial sino esencial (108).

De aquí que Santo Tomás pueda argumentar en contra de la doctrina que afirma que el alma humana se conoce a sí misma en cuanto a la intelección de su esencia, por sí misma, es decir, por su misma esencia como principio intrínseco de intelección, notando que «si el alma humana por sí misma conociese de sí misma lo que es, esto sería conocido por sí mismo y por consiguiente lo primeramente conocido y el principio de conocimiento de todo lo otro». (Ibid).  (108, nota)

...a la luz de la doctrina de Santo Tomás de Aquino, que la intelección, es decir, la aprehensión objetiva intencional, de las realidades espirituales humanas, tiene su punto de partida en una «experiencia» o «percepción» propia y positiva de las mismas en la conciencia que cada sujeto intelectual humano tiene de sí mismo según su ser (109).

Tengo por acertada la tesis de Blaise Romeyer expuesta en su estudio «Saint Thomas et notre connaisance de l'esprit humain», que el autor resume así en forma de pregunta: «Sí o no, para Santo Tomás y según la verdad absoluta, nuestros conocimientos intelectuales relativos a las realidades actuales de orden humano ¿se forman según una experiencia superior a la de los sentidos, según una experiencia positiva y propiamente espiritual de nivel humano?». 2ª. edición, París, 1932, pág. 114. El autor responde afirmativamente y aduce textos de inspiración agustiniana. Es notable que en Santo Tomás se cita incluso a Aristóteles para probar que el conocimiento del alma es el principio para el conocimiento de las substancias separadas y de Dios. (Conf. Summa Th. I q 88, art 1 ad 1 y art 2 ad 3; véase también III Contra gentes, cap. 46) (109, nota).

...

El entendimiento humano conoce el singular material (110).

...

En efecto, «el hombre no podría conocer la comparación de lo universal a lo singular si no tuviese una facultad por la que conociera uno y otro. Así pues, el entendimiento conoce lo singular y lo universal, aunque por modos diversos de conocimiento» (110).

«Porque no podríamos sentir la diferencia de lo dulce y lo blanco, si no hubiese una potencia sensible común que conociese uno y otro, así igualmente no podríamos conocer la comparación de lo universal a lo particular si no hubiese una potencia que conociese, uno y otro. Así pues, el entendimiento los conoce a uno y a otro, pero de modos distintos». (Sto. Tomás, Comment. In lib. De Anima, III, lect. VIII, n.º 712). (110, nota)

Si no fuese así, no podríamos desde luego enunciar juicios con predicados universales respecto, de las cosas singulares percibidas. Según Santo Tomás, apoyándose en el propio Aristóteles, tampoco podría el hombre aprehender el objeto directo del entendimiento que es la esencia inteligible universal, precisamente porque su primer objeto no son las formas separadas de la materia, sino la naturaleza de las cosas materiales, «la quididad o naturaleza existente en la materia corporal» (S. Th., I q. 84 a 7 in c). (110-111).

Por esto puede afirmar Santo Tomás que la «conversión a la imagen sensible» es requerida para que el entendimiento alcance en acto su propio objeto, ya que sólo por ella puede contemplar la naturaleza universal como existente en lo particular. (111)

«Es necesario, para que el entendimiento entienda en acto su propio objeto, que se convierta a la imagen, para que contemple la naturaleza universal existente en lo particular» (Ibid. 111, nota).

...la clásica expresión según la cual el entendimiento no es directamente cognoscitivo sino de lo universal, mientras que conoce el singular «indirectamente» y por cierta reflexión esto es, por la «conversión a la imagen», constituye una de las fórmulas más conocidas y menos comprendidas de la tradición tomista (111).

...«en cuanto a la naturaleza de las cosas corporales, lo inteligible en acto no es algo existente en la naturaleza de las cosas» (114).

Santo Tomás responde a la objeción que, para negar la necesidad del entendimiento agente, afirma que el entendimiento puede recibir inteligiblemente la semejanza de la cosa que reciben «sensiblemente» los sentidos, con estas palabras: «Supuesto el agente, es perfectamente posible que se reciba por modo diverso su semejanza en lo diverso, por su diversa disposición. Pero si lo agente no preexiste, en nada influye la disposición del receptor. Ahora bien, lo inteligible en acto no es algo existente en la naturaleza de las cosas, en cuanto a la naturaleza de las cosas sensibles, que no subsisten fuera de la materia. Y por esto no bastaría la inmaterialidad del entendimiento posible para entender si no existiese además el entendimiento agente que causase los inteligibles en acto mediante la abstracción. (S. Th., I, q 79, a. 3, ad 3um) (114, nota).

No se niega que las esencias de las cosas materiales existen en las cosas sensibles, ni que las enunciaciones esenciales se digan de tal modo de las cosas que pueda reconocerse que «la esencia de la cosa no difiere de la cosa misma sino accidentalmente». 

«Quidditates rerum non sunt aliud a rebus nisi per accidens», In III «De Anima», lec. VIII n.º 705. Santo Tomás, con esta enérgica afirmación de pertenencia, por identidad esencial, de las esencias a las cosas, se mueve en la autenticidad del pensamiento aristotélico. En el libro de las «Categorías», cap. III dice Aristóteles: «Todo lo otro -que la substancia primera- o bien se dice como de su sujeto de las substancias primeras, o bien se dice que existe en los sujetos mismos. No siendo las substancias primeras, sería imposible todo lo otro (115, nota).

Lo que se sostiene es que esta accidentalidad, que es opuesta a la unidad de una esencia, está presente en los mismos principios materiales individuantes en cuanto receptivos de las determinaciones formales constitutivas de la naturaleza del supuesto o sujeto material (115).

Las cosas materiales, en sí mismas no inteligibles en acto" tampoco pueden, dada su naturaleza extrínseca a la mente pensante, existir como presentes en el espíritu o actuar sobre el mismo. Toda presencia actual en la conciencia implica la intimidad y trasparencia de lo vital e inmanente, que no puede ser poseído por un ente natural fuera del alma, ya que es patrimonio exclusivo del espíritu presente a sí mismo (115).

Precisamente por esto" el entendimiento humano necesita de las facultades sensibles no sólo como meramente dispositivas o excitantes, sino como naturalmente destinadas a hacer presente al alma intelectiva el propio objeto (115).

«Hay que decir que las potencias sensitivas son necesarias al alma para entender, no accidentalmente a modo de excitantes como afirmó Platón, ni sólo como dispositivos, como afirmó Avicena; sino como representando al alma intelectiva su propio objeto, como dice el Filósofo en III "Del alma": "al alma intelectiva son las imágenes como los sensibles al sentido"» (ut dicit Philosophus in III de Anima (com. 39): Intellectiva anima!- phantasmata sunt sicut sensibilia sensui. In. «De anima», a. 15 in. c). (115-116, nota).

Porque sólo las facultades sensibles pueden recibir, a través de una inmutación pasiva orgánica, las formas de las cosas materiales según su concreción y singularidad. Y sólo una expresión interna en una imagen puede dar al objeto sensible la presencia viviente en la intimidad e inmanencia del sujeto cognoscente, según su concreción individual (115-116).

Dice Santo Tomás: «La mente conoce el singular por cierta reflexión en cuanto, al conocer su objeto, que es la naturaleza universal, vuelve sobre su acto, y ulteriormente a la especie, que es su principio del acto, y ulteriormente a la imagen de la que la especie ha sido abstraída; y así tiene algún conocimiento del singular» («De Ver.», q 10 a. 6 in c.) (116).

La cierta reflexión en que consiste la conversión a la imagen no es, pues, algo realizado en la vertiente objetiva y por vía conceptual; sino como un retorno al centro del que emana el acto de intelección objetiva. Al pensar algo, el hombre se percibe pensante y existente. Esta percepción, por el entendimiento, de la propia mente en acto de pensar acompaña, exercite, a todo acto intelectual. En el acto mismo entiendo lo inteligible y entiendo que yo entiendo (117).

En este texto, referido a la reflexión del entendimiento sobre sí mismo entendida como autoposesión consciente, se afirma a la vez la «intelección» del acto y de la especie inteligible impresa, que en muchas ocasiones es interpretada como un principio entitativo del acto de conocer intelectual, de carácter totalmente ajeno a la conciencia del sujeto intelectual. Para Santo Tomás, obviamente, no podría negarse la pertenencia de la especie inteligible impresa a la vertiente «conciencia» de la actividad intelectual humana, puesto que afirma reiteradamente, como veremos en seguida, la contemplación de la especie inteligible en la imagen sensible de la que se abstrae (117, nota).

... Al entender que yo entiendo, en esta expresión de Santo Tomás, no se alude a una aprehensión intencional, sino a la presencia íntima del inteligente a sí mismo mientras está siendo en acto de entender el objeto. En cuanto al sentido de las expresiones: «ulteriormente a la especie... y ulteriormente a la imagen» hay que tener presente que, según Santo Tomás, «por la misma reflexión se entiende el acto de entender y la especie por la que se entiende», y también que «es connatural al entendimiento humano el ver las especies inteligibles en las imágenes» y que, «el entendimiento no se actúa por la especie sino dirigiendo su mirada a las imágenes» (S. Th., II-II, 180, 5 ad 2; S. Th., I, q. 85, a. 2, ad 5) para comprender que no habla Santo Tomás de un movimiento sucesivo racional en la línea intencional objetiva, sino de aspectos de la profundización en la conciencia, desde los elementos objetivos de la intelección directa («el acto es más próximo al objeto que la especie») (Ver., q10, a 9 ad 5 in c.) a los principios subjetivos vitalmente concretos de los que emana la aprehensión intencional en el verbo mental, principios inherentes al hombre en acto de entender y consciente de sí mismo «según que tiene ser en tal individuo».

Consistiendo el hábito intelectual en la conservación ordenada de las especies inteligibles el texto implica la afirmación del carácter más próximo al sujeto de la especie inteligible, y la correlativa mayor proxin1idad del acto a la vertiente objetiva de la conciencia intelectual (118, nota).

Si no olvidamos que «es el mismo e idéntico hombre quien se percibe a sí mismo como sentiente e inteligente», (S. Th., I, q 76, a 1 in c.) quedará aclarado que la conversio ad phantasma: se realiza en la vertiente experimental o perceptiva de la conciencia intelectual (118).

El «principio de la intuición»... inmediatez y presencia de lo conocido al mismo cognoscente, excluyendo cualquier tipo de actividad... en el alcance cognoscitivo de la realidad ... con carácter de algo obvio y por sí patente; desde lo que tenía que ser ulteriormente interpretado como secundario subordinado, y no propiamente cognoscitivo, todo lo que tuviese carácter de discurso racional, «abstracción», «representación», actividad pensante y enunciación conceptual (121).

Una formulación ... clásica, de este «principio de la intuición», la expresó Henri Bergson, queriendo enunciar el primero de los «dos o tres puntos en los que se puede dar ya un acuerdo»  y desde los que podría este extenderse a todo el resto de las cuestiones que dividen el pensamiento filosófico. Para abrir la posibilidad de conocer en verdad el «cambio» y superar las deformaciones, estáticas y «fijistas», que intentaba remover, afirmó con estas palabras aquel «principio» (121-122):

«He aquí un punto sobre el cual todo el mundo estará de acuerdo. Si los sentidos y la conciencia tuviesen un alcance ilimitado, si en la doble dirección de la materia y del espíritu la facultad de percibir fuese indefinida, no habría necesidad de concebir, como no la habría de razonar. Concebir es algo que hay que soportar, cuando no nos es dado percibir». «No hay un solo metafísico ni un solo teólogo que no esté dispuesto a afirmar que un ser perfecto lo conoce todo intuitivamente, sin tener que pasar por el raciocinio, la abstracción y la generalización» (Obra citada, págs. 145-146). (122)

«Yo creo que acabaremos por ponernos de acuerdo sobre esto, y constituiremos entonces una filosofía en la que todos colaborarán, sobre la cual todos podrán entenderse. Por esto quisiera fijar dos o tres puntos sobre los cuales la entente me parece que está ya hecha; esta entente se extenderá a todo lo demás». (Henri Bergson, La perception du changement, Conferencias pronunciadas en la Universidad de Oxford, en 26 y 27 de mayo de 1977. Incluidas en La Pensée et Le Mouvant, essais et conferénces, 22 edición, París, 1946, págs. 146-147) (121-122, nota)

En esta formulación bergsoniana se intenta ciertamente excluir el pensamiento conceptual de aquello en que consistiría la plenitud y perfección del conocimiento, consistente en la sola intuición. En sus palabras se presupone que la actividad «pensante» sólo se realiza si «hay que pasar por ella» en razón de la carencia de posesión ilimitada de la realidad en la intuición o percepción de la misma. Esto se pone de manifiesto, de manera más explícita, en la formulación del «segundo punto» de acuerdo del que se puede partir para alcanzar una filosofía capaz de alcanzar el cambio (122-123):

«La insuficiencia de nuestras facultades de percepción -insuficiencia constatada por nuestras facultades de concepción y de raciocinio- es lo que ha dado nacimiento a la filosofía». «Todos, antiguos y modernos, se ponen de acuerdo en ver en la filosofía una sustitución de lo percibido por lo concebido. Todos apelan, ante la insuficiencia de nuestros sentidos y de nuestra conciencia, a facultades del espíritu que no son ya perceptivas» (Obra citada, pág. 146). (123)

 

Es coherente, pues, con el sentido dado por Bergson a su tesis o «principio de la intuición», lo afirmado como tercer punto de acuerdo inicial universal:
«Si tal es el método de la filosofía, no hay,
no puede haber una filosofía, como hay una ciencia; habrá siempre, por el contrario, tantas filosofías diferentes como pensadores originales». (Ibid. p. 147.) (123)

Lo que no resulta ya coherente es, entonces, el intento bergsoniano de registrar puntos de acuerdo universal entre los filósofos, ni tampoco el contraste establecido entre la necesaria multiplicidad de las filosofías -todas las que no sean repetición verbal de lo ya dicho por otro filósofo- y la unidad de la «ciencia». Por el contrario, él mismo habla, en la introducción escrita con posterioridad para su volumen La Pensée et le mouvant, de «la ciencia» y de «la filosofía», como dos formas del «pensamiento solitario», junto a las que subsiste un «pensamiento en común» que es el que se expresa en el lenguaje, que se consolida en las diversas sociedades humanas por un valor convencional relativamente fijo (123-124).

Si telle est bien la méthode philosophique, il n'y a pas, il ne peut pas y avoir une philosophie, comme il y a une science; il y aura toujours, au contraire, autant de philosophies différentes qu'il se rencontrera de penseurs originaux. (Pág. 147). (124)

«La inteligencia, que se confundía primeramente con él (con el lenguaje común) y que participaba de su imprecisión, se ha precisado en ciencia; se ha apoderado de la materia. La intuición... quisiera expansionarse en filosofía y hacerse coextensiva al espíritu. Sin embargo, entre ellas, entre estas dos formas del pensamiento solitario subsiste el pensamiento en común que fue en principio todo el pensamiento humano. Es este pensamiento en común el que el lenguaje continúa expresando.» ... «Teóricamente, la conversación no debería referirse sino a las cosas de la vida social. Y el objeto esencial de la sociedad es insertar una cierta fijeza en la movilidad universal. Cuantas sociedades, tantos islotes consolidados aquí y allá en el océano del devenir». «Las palabras tienen un sentido definido, un valor convencional relativamente fijo». Estos textos, que pertenecen a la Introducción a Le Pensée et le mouvant, escrita en enero de 1922 (íbid., págs. 88-89), parece que dejan como algo sin sentido el empeño de fijar puntos de acuerdo sobre los que construir una filosofía en la que todos puedan entenderse. El sentido definido de las palabras no sólo ha de ser para Bergson necesariamente impreciso, sino sólo relativo a un determinado islote cultural (124, nota).

En el contexto de las concepciones bergsonianas, el «principio de la intuición» no conduce, pues, a la posibilidad de una filosofía universalmente aceptada (124)

...

«El principio de la intuición», en el sentido e intención bergsonianos, carece de interna consistencia y es radicalmente incapaz de fundar una comunicación universalmente humana en el saber filosófico. En realidad, el único acuerdo universal que podría resultar, en el supuesto de que fuese verdad por todos admitida, podría ser el de un común consenso en la inanidad de todo diálogo de finalidad especulativa. Podrían cesar los hombres de «contradecirse» como resultado de la universal renuncia por parte de todos a «decir». Por lo mismo, el intuicionismo así entendido tiene que ser calificado como una de aquellas positiones extraneae, * e incluso como una de las que más originaria y radicalmente cierran todos los caminos del filosofar (125).

*«¡Las opiniones de este tipo, que destruyen los principios de alguna parte de la filosofía, se llaman posiciones extrañas. A la afirmación de tales tesis son llevados algunos hombres, en parte ciertamente por protervia, y en parte por argumentaciones sofísticas que no fueron capaces de superar, como se dice en IV Met» (De Malo. q. 65. a únic., in c). Santo Tomás sostiene allí que, así como la negación del movimiento destruye la Filosofía de la naturaleza, la negación del libre albedrío humano hace imposible la Filosofía moral. La doctrina de Bergson sobre el lenguaje destruye toda ciencia y toda filosofía (125, nota).

 

...

Bergson reconocería así una doble intuición, correspondiente a un doble contenido inmediatamente dado; que coincidiría con el conocimiento sensible de los aristotélicos, y -en lenguaje kantiano- con la captación intuitiva de fenómenos dados bajo la forma de espacio a la sensibilidad externa, de una parte; y con la captación inmediata del espíritu por sí mismo, que afirmaron muchas líneas del pensamiento tradicional, o con la captación, bajo la forma del tiempo, del fenómeno dado al sentido interno, por otra parte (126-127)

...

en su propio pensamiento [de Bergson], el conocimiento intuitivo consiste propiamente en aquella percepción interior ejercida por la conciencia y en la que se posee a sí mismo el «espíritu». Esta posesión, por la conciencia, del espíritu por sí mismo, es heterogénea con el conocimiento objetivo de lo externo, o material, en lo que se ejercita precisamente la «inteligencia», y en lo que se mueve por lo mismo el orden de los conceptos (127). 

«Se requiere todo un trabajo de desescombro para abrir los caminos de la experiencia interior. La facultad de intuición existe por cierto en cada uno de nosotros, pero recubierta por funciones que son más útiles para la vida». 6 «Una existencia sólo puede ser dada en una experiencia. Esta experiencia se llamará visión o contacto, o, en general, percepción exterior, cuando se trata de un objeto material; tomará el nombre de intuición cuando recae sobre el espíritu» (127).

6. Il faut tout un travail de déblaiement pour ouvrir les voies a l'expérience intérieure. La faculté d'intuition existe bien en chacun de nous, mais recouvert par des fonctions plus utiles a la vie. (Henri Bergson, Le Pensée et le mouvent. Intr. ed. citada, pág. 47). (127, nota)

«Se puede dar a las cosas el nombre que se quiera. Y no veo mayor inconveniente en llamar inteligencia al conocimiento del espíritu por el espíritu, si así se prefiere. ¿Pero no será mejor designar con otro nombre una función que por cierto no es aquélla que ordinariamente llamamos inteligencia? Nosotros decimos que es: la intuición. Representa la atención que el espíritu se presta a sí mismo, por añadidura, mientras se fija sobre la materia, su objeto». 7  (127-128)

7. Mais il faudra spécifier alors qu'il ya deux fonctions intellectuelles, inverses l'une de l'autre, car l'esprit ne pense l'esprit qu'en remontant la pente des habitudes contractées au contact de la matiere, et ces habitudes sont ce qu'on appelle couramment les tendanoes intellectuelles.
La vérité est qu'une existence ne peut etre donnée que dans une expérience. Cette expérience s'appellera vision on contact, perception extérieure en général, sil s'agit d'un objet matériel, elle prendra le nom d'intuition quand elle portera sur l'esprit. Ibid pág. 50. Ne vaut-il pas mieux alors désigner par un autre nom une fonction qui n'est certes pas ce qu'on appelle ordinairement intelligence? Nous disons que c'est de l'intuition. Elle représente l'attention que l'esprit se prete
a lui-meme, par surcroit, tandis qu'il se fixe sur la matiere, son obiet. Ibid pág. 85.  (127-128, nota)

«Nuestra intuición es reflexión, y nada de lo que hemos dicho podría confundirla con un instinto o sentimiento» (128)

Y tratando de la memoria, en relación con el conocimiento de la materia y de la duración, sostiene que: «La memoria constituye el aporte de la conciencia en la percepción, la vertiente subjetiva de nuestro conocimiento de las cosas». El término «intuición» no significa, pues, cualquier experiencia o percepción, sino propiamente la «experiencia interior», la conciencia de sí mismo por el espíritu. Bergson prefiere no llamar «inteligencia» a este conocimiento del espíritu por el espíritu. La intuición no alcanza «objetos». El objeto del espíritu humano es la materia, y la intuición, como conciencia del espíritu, requiere una ulterior atención reflexiva; incluso puede hablarse de un esfuerzo como de desescombro, ya que en cierto sentido se ha de remontar y como retroceder hacia lo interior, mientras la atención ordinaria de la conciencia humana se dirige a lo exterior y material, a lo espacializado, en lo que se mueven también, para servir a las necesidades vitales, los conceptos de la inteligencia (128-129).

La intuición bergsoniana es radicalmente heterogénea, y marcha en dirección opuesta, a aquella supuesta visión de la mente que aprehende un «constante ser ante los ojos».9 (129)

9. En Matiere et Memoire. Bergson, que afirma Que «La memoria constituye la principal aportación de la conciencia individual a la perfección, el lado subjetivo de los conocimientos de las cosas», sostiene que «si la memoria es lo que comunica sobre todo a la percepción su lado subjetivo... es necesario que la memoria sea, en principio, una potencia absolutamente independiente de la materia. Si, pues, el espíritu es una realidad, es aquí, en el fenómeno de la memoria, donde debemos tocarlo experimentalmente». La mémoire constitue le principal apport de la conscience individuelle dans la perception, le coté subjectif de notre connaissance des choses. Si la mémoire est ce qui communique súrtout a la perception son caractere subjectif, c'est ici, dans le phénomene de la mémoire, que nous devons le toucher expérimentalement. Matiere et Memoire. Essai sur la Rélation du Corps a l'Esprit, 40 ed., París, 1946, págs. 31 y 76-77.

Visión directa del espíritu por el espíritu, ella escapa a la «refracción a través del prisma cuyas caras son el espacio y el lenguaje». 10  (129)

10. «La intuición... es la visión directa del espíritu por el espíritu. Ya nada se interpone: ninguna refracción a través del prisma una de cuyas caras es el espacio, y otro el lenguaje». C'est la vision directe de resprit par l'esprit. Plus rien d'interposé; point de réfraction a travers le prisme dont une face est espace et dont l'autre est langage. La Pensée et le Mouvant, pág. 27.

Es conciencia, conciencia inmediata, visión apenas distinta del objeto visto, un conocimiento que es contacto e incluso coincidencia. Es, aunque Bergson se niega a dar de la intuición una definición «simple y geométrica», posesión íntima del espíritu en su propia mismidad (129).

Pero esta mismidad del espíritu no tiene el carácter de lo permanente, siempre idéntico a sí en su esencia, de la «sustancia pensante». La intuición capta la duración real, y para la intuición sólo es esencial el cambio. La «cosa», tal como la concibe la inteligencia, no es sino un recorte practicado en la corriente del devenir, y por el que nuestro espíritu, en sus funciones intelectuales y objetivadoras, tiende a suplantar la realidad misma, que es en sí fluir, devenir, creación constante. «La espiritualidad consiste en esto mismo, en que la realidad, impregnada de espíritu, es creación». 11 (129-130)

11. Pour l'intuition l'essentiel est le changement: quant a la chose, telle que l'intelligence l'entend, c'est une coupe pratiquée au milieu du devenir et érigée par notre esprit en substitut de l'ensemble.
Elle y perçoit une continuité ininterrompue d'imprévisible nouveauté;  elle voit, elle sait que l'esprit tire de lui-meme plus qu'il n'a, que la spiritualité consiste en cela même, et que la réalité, imprégnée d'esprit, est création. Ibid. pág. 30-31.

Entre el intuicionismo bergsoniano y su concepto de la realidad profunda como evolución creadora hay, pues, una conexión intrínseca. Si la visión del espíritu por el espíritu es el camino en que se realiza la «verdadera metafísica», es esta intuición la que capta en sí misma la verdadera realidad, es decir, «la movilidad en la que consiste la estabilidad de la vida»; el movimiento que es toda la realidad, ya que de otro modo no podría ser reconocido; el movimiento es la realidad misma. «Si el movimiento no es todo, no es nada», «el cambio no necesita un soporte, no hay bajo el movimiento cosas que cambien». 12  (130)

12. «Si el movimiento no es todo, no es nada; y si hemos concedido primeramente que la inmovilidad puede ser realidad, el movimiento se escapará de entre nuestros dedos cuando creeremos asirlo.» ... «Hay cambios, pero no hay, bajo el cambio, cosas que cambien: el cambio no tiene necesidad de soporte alguno. Hay movimiento, pero no hay un estado inerte invariable que se mueva. El movimiento no implica un móvil».

Si le mouvement n'est pas tout, il n'est rien; et si nous avons d'abord pose que l'immobilité peut etre une réalité, le mouvement glissera entre nos doigts quand nous croirons le tenir: il y a des changements, mais il ni'y a pas, sous le changement, de choses qui changent: le changement n'a pas besoin d'un support. il y a des mouvements, mail il n'y a pas d'objet inerte, invariable, qui se meuve: le mouvement n'implique pas un mobile.

Desde esta intuición es posible ejercer la crítica de toda metafísica «intelectualista», la que ha pensado la realidad por «conceptos» y, orientada por la permanencia de los contenidos conceptuales, ha buscado alcanzar la explicación de la realidad a través de una captación «intutiva» capaz de moverse más allá de lo mutable y temporal.

Desde el intuicionismo bergsoniano la historia de la metafísica es descrita como «el esfuerzo por explicar la realidad por los conceptos». A la realidad en sí misma se la podrá llamar así sustancia, por Spinoza, Yo, por Fichte, Absoluto, por Schelling, Idea, por Hegel, o Voluntad, por Schopenhauer, pero siempre se tratará de la sustitución de la realidad por el significado estabilizado de una palabra. Más o menos platónicos, los filósofos han buscado, de una vez por todas, el Ser completo y perfecto en el inmutable sistema de las ideas. 13 (131)

13. Qu'on donne le nom qu'on voudra a la «chosse en soi», qu'on en fasse la Substance de Spinoza, le Moi de Fichte, l'AbsoIu de Schelling, Idée de Hegel, ou la Volonté de Schopenhauer, le mot aura beau se présenter avec sa signification bien définie: illa perdra, il se videra de toute signification des qu'on l'appliquera a la totalité des choses; plus ou moins platoniciens, ils se figuraient que l'Etre était donné une fois pour toutes, complet et parfait, dans l'immueble systeme des Idées. (Introducción, pág. 49, Y Essai sur Le possible .et le réel», pág. 115 Le Pensée et le Mouvant, ed. cit.)

El propio Kant concluyó en la negación de la posibilidad de la metafísica, precisamente porque entendía que una «intuición intelectual», sin la que aquella no es posible, exigía que en la conciencia humana se diese la posibilidad de alcanzar lo inteligible más allá del tiempo. El llamamiento bergsoniano es inverso: no tenemos que salir del tiempo (ya hemos salido de él por la inteligencia) no hay que desprenderse del cambio (demasiado separados de él estamos), por el contrario; tenemos, que volver a asir el cambio y la duración en su originaria genuinidad.

La inteligencia, en el sentido ordinario de esta palabra, que Bergson contradistingue respecto de la intuición, y el «lenguaje», expresión de la inteligencia, y por lo mismo destinado a lo utilitario y a lo social, no están destinados al conocimiento de lo esencial ni a la expresión de esto esencial, que es el movimiento.

Es obvio que Bergson, a la vez que rechaza las tesis, tantas veces sostenidas por la filosofía y admitidas por los sabios, de la relatividad del conocimiento humano, y afirma la posibilidad de una verdadera metafísica, que alcanza en sí misma el espíritu en su originaria movilidad creativa, ha de rechazar la capacidad del lenguaje socializado, el de la cotidianidad, el de la «ciencia» y el de la filosofía, según las acepciones admitidas, como expresión de aquel conocimiento profundo, íntimo, inmediato que es autoposesión del espíritu por sí mismo.

El mismo Bergson apela explícitamente al ejemplo de los grandes místicos para afirmar otro tipo de expresividad, heterogénea con la que se quiera constituir por el reconocimiento de significados conceptuales, permanentemente definidos, a las palabras humanas.

Reconoce por cierto que «se explica así la patente inferioridad de lo intuitivo en la controversia filosófica». 14

14. Par la s'explique l'infériorité frappante du point de vue intuitif dans la controverse philosophique. Ibid. Introducción, pág. 33.

Ciertamente, al afirmarse la destinación utilitaria de la inteligencia, dimensión del homo faber, y el carácter «intelectual» del lenguaje con sus significaciones permanentes, en la medida de los islotes consolidados en los ámbitos sociales en un determinado momento histórico, la «verdadera metafísica» por él fundada o redescubierta, y su caracterización de la intuición, posesión íntima que no alcanza «objetos» aptos para ser significados con un lenguaje conceptual, habrían de dejar el intuicionismo "bergsoniano al margen del diálogo filosófico, como un mensaje individual y cuasi lírico, en el que sólo se comunicarían los iniciados, sin posibilidad de contraste -acerca de la mutua comprensión de lo expresado.

Puesto que el pensamiento y el lenguaje están originariamente

destinados a organizar el trabajo humano

en el espacio, es decir, son esencialmente «intelectuales>' 15

'Y puesto que la illteligencia es el modo humano de pe11sar,

y su desarrollo' normal se ejercita en la dirección

·de la ciencia Y de la técnica, el hallazgo del camino de la

'metafísica verdadera, constituida por la visión íntima e

inmediata del espíritu, implica la superación de prejuicios

que son naturales al sentido común. «La filosofía,

afirma Bergson, nos habrá elevado por encin1a de la condición

humana». 16

"Equivocidades en el significado del término «intuición»

Si la concepción intuicionista de lo que es el conoci'

miento ha podido mostrar cierta apariencia de consti-

15. 11 n'en est pas ,moins vrai que pensée et langage, originellement

destinés aorganiser le travail des hommes dans l'espace,

sont d'essence intellectuelle.

Ibid. pág. 87.

16. De toute maniere, la philosophie nous aura élevés au-dessus

de la condition humaine.

Bergson afirma esto de la filosofía creada con el verdadero método

intuitivo. Este dejar de lado el «sentido común» es una actitud

esencial en su intuicionismo. Y así formula su crítica a la tradición

metafísica observando precisan1ente que: «la metafísica ha debido

'Conforn1arse a las costumbres dellenguaje, las que se regulan ellas

mismas sobre las del sentido comlln».

La méthaphysique a du se conformer aux habitudes du langage,

les quelles se reglent elles-me'mes sur celles du sens commun.

Ibid. págs. 51 y 52.

 

 

 

 

 

 

Conferencia citada sobre la Percepción del cambio en La Pensée et le Mouvant, págs. 161-163.

En Bergson reaparece la perspectiva desenfocada de un monismo del devenir, para el cual la afirmación de un ente en potencia para el movimiento como acto suyo es comprendido como si por ella se afirmase que el sujeto del movimiento no es móvil, lo que deforma del modo más radical la tesis aristotélica.

 

 

 

 

------------------------

«dogmatismo» en sentido peyorativo es la afirmación sin fundamento o la postulación u opción infundada (pp. 314-315)

Para Santo Tomás, «el inteligente no se comporta como agente ni como paciente sino per accidens y el entender en cuanto tal es un acto de conciencia manifestativa constituido desde la previa unidad del inteligente y lo entendido (Cf.  existente- que se realiza constitutivamente en la unidad sintética (De Ver, q 8ª , art. 6 in c). (Pág. 314 nota 2)

En cuanto a «lo entendido como tal», se comporta para Santo Tomás como algo «constituido y formado por el mismo acto de entender», por su naturaleza cognoscitivo y manifestativo. De Ver, q 8  art 6 in c.  (Pág. 314 nota 2)