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El emirato de Córdoba independiente de Bagdad
En 750, la dinastía de los Omeyas es derrocada
del califato de Damasco y casi exterminada en un golpe de Estado
encabezado por Abul Abás el Sanguinario, que traslada la capital
del califato a Bagdad e inicia allí la dinastía abasí.
Abd el Rahman ben Humeya (Abderramán I), miembro superviviente
del exterminio de la dinastía de los califas de Damasco, huye a España, donde
consigue hacerse con el poder en 756, proclamando el emirato de Córdoba, independiente del Califato de
Bagdad. No se proclama califa, puesto que parecía que
el califato debía ser único, porque el califa es el "vicario
de Mahoma", (el que hace las veces de Mahoma), es
decir el jefe de la religión islámica, al que, por serlo le
pertenece, según las creencias islámicas, el poder total y
universal como emperador. Se proclama emir
que significa "comendador de los creyentes",
jefe de los creyentes, que no es lo mismo que jefe de la
religión, sucesor de Mahoma; de todas formas, por ser el emir el
que tiene el poder religioso musulmán, como jefe de los
musulmanes, le corresponde, según ellos, el poder como monarca
hereditario. Porque, según el Islam, el poder político
pertenece a las autoridades religiosas musulmanas como sucesoras
de Mahoma. Y los Omeyas ocuparán el trono de Al Andalus como emires de Córdoba, independientes del Califato de Bagdad, desde 756.
Abderramán I inicia la Mezquita de Córdoba.
Los mozárabes, los cristianos que viven bajo el
poder musulmán que invade España en 711, dentro del sistema de tolerancia
represiva que padecen,
se ven obligados a ceder sus iglesias o parte de ellas a los musulmanes
dominantes cuando estos lo exigen.
Ven sus principales iglesias convertidas en
mezquitas. Esto ocurrió con
la Catedral de San Vicente de Córdoba que se vio convertida al final en la
Mezquita de Córdoba. En 748, obligaron a los cristianos a cederles la mitad de
esa basílica para establecer allí la mezquita mayor de la ciudad, porque aún no
tenían capacidad arquitectónica; en 785, Abderramán I, consolidado en el trono de Al Andalus como
emir independiente, obligó a los cristianos a entregar la otra
mitad de su catedral, donde coexistían ambos cultos por
imposición islámica que ahora completan. En 786, derribó la
Catedral para construir allí la Mezquita de Córdoba con
alarifes (arquitectos) españoles y decoradores bizantinos de
mosaicos, después fue ampliada varias veces por sus sucesores.
La Mezquita de Córdoba fue
construida sobre la catedral de san Vicente de Córdoba,
arrebatada por los musulmanes invasores a los cristianos en el
siglo VIII y restituida en 1236 a la Iglesia tras la liberación
de Córdoba. La inmatriculación de la Mezquita-Catedral de
Córdoba por la Diócesis en 2006 fue simplemente una
notificación al Registro de la Propiedad, porque hasta
1998 la Iglesia Católica no tenía reconocido el derecho de
tener inscritas sus propiedades en ese Registro. Los tribunales
sentencian en 2015 que la Mezquita de Córdoba fue adquirida por
la Diócesis mediante donación del rey Fernando III en 1236 y
que desde entonces la Iglesia la ha poseido de manera pública
pacífica y no interrumpida.
El sistema de tolerancia
represiva consiste en que los cristianos
mozárabes pueden mantener su
religión, pero pagando impuestos adicionales y no pueden tener cargos, ni
propagar su religión. En
ocasiones, sufren matanzas y martirios; especialmente quienes son hijos de padre musulmán y madre cristiana,
que oficialmente son musulmanes por ser hijos de padre musulmán, aunque sean
realmente cristianos al haber seguido las enseñanzas de su madre que les haya
educado en el cristianismo. También pueden recibir la pena de muerte los que se
ven acusados de hablar mal de Mahoma, por ejemplo, si se les acusa de decir que
la advertencia de la Biblia contra los falsos profetas se refiere también al que
ellos consideran como el máximo profeta.
El medievalista Sánchez Saus
dice en 2016 que los musulmanes que invadieron la España
visigoda implantaron un régimen perverso que humillaba
continuamente a los cristianos
Lecciones de San Eulogio para nuestros días,
por Jorge Soley, InfoCatólica 21.03.2017
Al-Andalus y la Cruz, el libro de Rafael
Sánchez Saus sobre los avatares de los cristianos mozárabes, es una
obra que encierra lecciones inesperadas. El libro, que recorre un amplio periodo
comprendido entre los inicios del siglo VIII y el fin de la cristiandad andalusí
en el siglo XII, destaca por su rigor y documentación, sin por ello caer en
academicismos, por lo que su lectura es altamente provechosa para cualquiera que
desee tener un criterio sólido sobre el periodo objeto del estudio, algo
especialmente necesario dado el alud de distorsiones que sobre la presencia
musulmana en España se abalanza sobre nosotros.
Entre las cuestiones abordadas por Sánchez Saus no podía faltar la controvertida
de San Eulogio y los mártires de Córdoba. Sin embargo, señala atinadamente el
autor, para comprender esos sucesos es importante retroceder y entender
bien cómo funcionaba el sistema de «dimma»,
ese sometimiento al que los cristianos mozárabes estaban sujetos por la ley
islámica. Aplicado con cierta laxitud y flexibilidad inicialmente,
actitud en la que influyó sin duda el pequeño porcentaje que la élite dirigente
musulmana representaba en la España recientemente conquistada, se fue imponiendo
lentamente con cada vez más rigor, acompañando el cambio demográfico y las
corrientes de mayor pureza islámica que cuajaron en la península. En cualquier
caso, el mito de la convivencia y tolerancia entre religiones en Al-Andalus se
desmorona con un estudio serio que, por el contrario, desvela que
la dimma actuó “como
medio de control y explotación de las poblaciones sometidas, a las que prepara
para la progresiva islamización”. Todos los bienes de los dimmíes,
los cristianos en tierra musulmana, pasaban a formar parte del fay,
es decir, pasaban a pertenecer a la comunidad musulmana y solo se podía reclamar
su usufructo, tras el pago del impuesto correspondiente, que podía llegar a
alcanzar la mitad de la cosecha. La jizya o
capitación, por su parte, representaba “la
compra del derecho a la vida en el seno de la comunidad islámica”. A estos
impuestos se sumaban otras restricciones sobre los derechos y libertades, como
por ejemplo la prohibición de montar a caballo, de llevar vestidos distinguidos
o de poseer armas, así como la preeminencia del testimonio en juicio de
cualquier musulmán sobre cualesquiera cristianos, estableciendo
así un estado de sujeción y humillación que iba restringiendo el espacio vital
de los cristianos y que se ha revelado siempre como un eficaz instrumento de
islamización.
Llegamos así hasta el siglo IX, momento crítico para la cristiandad mozárabe que
vivía en Al-Ándalus: debilitada por las apostasías provocadas por la dimma y
por las migraciones a los territorios cristianos del norte, la arabización de
estas comunidades es fuerte y, en muchos casos, un primer paso para la
islamización completa. ¿Por
qué no asumir el lenguaje de quien detenta el poder? ¿Por qué no asumir también
su vestimenta? Son detalles que no afectan a lo esencial. ¿Por qué no, incluso,
evitar las cuestiones polémicas que provocan desunión y represalias por parte
del poder político, en aquel entonces musulmán?
En este contexto aparece lo que Sánchez Saus llama «movimiento martirial», en el
que destaca San Eulogio de Córdoba. Los primeros episodios martiriales fueron
ajenos a Eulogio: un sacerdote, llamado Perfecto, expresó lo que la Iglesia
enseña sobre Mahoma en una conversación y, a pesar de negarlo ante el cadí, fue
condenado a muerte precisamente por el valor de la palabra de los musulmanes que
lo acusaban. Fue entonces cuando se reafirmó en sus palabras sobre Mahoma,
siendo martirizado en 850. Seguirán, como un goteo, los casos: los primeros
involuntarios, para después llegar a quienes se presentaban voluntariamente ante
las autoridades musulmanas para expresar la doctrina católica y la falsedad de
la musulmana. Pero “en la Córdoba omeya de
mediados del siglo IX era ya imposible una conversación que abordara los
principios de las religiones presentes”: existía una religión, la
musulmana, que era la que el poder establecía como única legítima y quienes no
la compartían debían someterse a una precaria tolerancia que, como hemos visto,
estaba diseñada para presionar y favorecer a favor de la apostasía (que era el
camino que muchos tomaban, quizás con bastante que perder en términos materiales
y por tanto descartada la emigración a los reinos cristianos). Como señala
Sánchez Saus, las acciones de los mártires ponían de relieve “la
imposibilidad que la dimma impone de evangelizar, de defender las ideas propias
con la palabra”. El Memorial de los
Santos, escrito por San
Eulogio, insiste en defender a los mártires de las acusaciones de algunos de sus
correligionarios que los acusaban de provocadores y de poner en peligro las
migajas de las que aún disfrutaban. Escribe el autor que “denota
la tibieza en la que desde hacía tiempo había caído buena parte del clero
mozárabe, que no sólo daba por buena la situación de indigna opresión, también
la imposibilidad de defender la fe ante sus enemigos y proclamar la Verdad en
momentos en que se articulaba una enorme ofensiva contra ella para procurar la
islamización de la población”. Aún así, fue Recafredo, en ese momento
arzobispo de Sevilla, quien insta el encarcelamiento de Eulogio y del obispo de
Córdoba, Saúl. El goteo de mártires, no obstante, no cesará, llegando hasta el
propio Eulogio, el año 859, y continuando hasta bien entrado el siglo X. No
faltaron los críticos, los que se desmarcaron con horror de esa medida extrema
(que el propio San Eulogio afirma que no es para todos), pero la Iglesia
reconoció la santidad de esos mártires.
Estamos pues ante un momento histórico caracterizado por un
poder que quiere imponer su credo y que restringe cada vez más derechos y
libertades con el fin de que toda la población lo abrace, un lento
declinar de quienes no comulgan con ese credo precisamente por la enorme presión
ejercida, unos actos
a la desesperada que ponen en evidencia la injusticia de las pretensiones de ese
poder, su carácter tiránico, y que hacen reaccionar a muchos de quienes
se resisten a someterse, y por último, la crítica despiadada de quienes han
encontrado su hueco, miserable pero hueco al fin, en el entramado que ha ido
tejiendo ese poder y que observan con pánico cómo aquellos mártires lo ponían en
riesgo.
Uno no puede dejar de pensar que si, en el credo que el poder político busca
imponer, sustituimos “islam” por “ideología de género”, los paralelismos son
altamente reveladores.”
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A PROPÓSITO DEL DISCURSO DEL PRESIDENTE BARACK OBAMA EN LA UNIVERSIDAD DE EL
CAIRO
El Presidente de
Estados Unidos, en un reciente discurso pronunciado en la Universidad del
Cairo -discurso de gran belleza, todo hay que decirlo- ha dado pruebas de
sus buenos conocimientos de historia, que estudió en la Universidad. Pero a
la vez ha dado muestras de un cierto desconocimiento de una parte concreta
de la historia, a la que ha hecho alusión directa al afirmar: “El Islám
tiene una orgullosa tradición de tolerancia. Lo vemos en la historia de
Andalucía y Córdoba durante la Inquisición”. En esta simple frase el
Presidente Obama acumula una serie de errores históricos, que van desde la
supuesta tolerancia musulmana en aquella época, hasta la inexistente
coincidencia de dicho periodo con la Inquisición, que es muy posterior. Por
eso hemos creído importante aclarar ciertos puntos.
En primer lugar,
decir que el marco temporal de las palabras de Obama es difícil de
delimitar, al poner al mismo tiempo dos fenómenos -la cultura cordobesa y la
Inquisición (máxime si se refería a la Española)- que no coincidieron. Por
otro lado, como es bien sabido, al hablar de Córdoba hay que distinguir
entre el Emirato Independiente instaurado por Abderramán I en el 756 y el
Califato proclamado por Abderramán III en el 929 y que duró hasta el 1031.
Aclarando la
primera cuestión sobre la incompatibilidad temporal con la Inquisición
española, hay que decir que ésta no fue fundada hasta el año 1478. Vayamos
por partes: La Inquisición medieval fue establecida en 1184 (por
tanto, mucho después del final del califato de Córdoba) mediante la bula
del papa Lucio III Ad abolendam, como un instrumento para acabar con la
herejía cátara. Fue el embrión del cual nacería el Tribunal de la Santa
Inquisición y del Santo Oficio. Mediante esta bula, se exigía a los obispos
que interviniesen activamente para extirpar la herejía y se les otorgaba la
potestad de juzgar y condenar a los herejes de su diócesis.
En su primera etapa
(hasta 1230), se denomina “Inquisición episcopal", porque no dependía
de una autoridad central, sino que era administrada por los obispos locales.
En 1231, ante el fracaso de la Inquisición episcopal, Gregorio IX, mediante
la bula Excommunicamus, creó la “Inquisición pontificia", dirigida
directamente por el Papa y dominada por los dominicos. En 1252, el papa
Inocencio IV en la bula Ad extirpanda autorizó el uso de la tortura para
obtener la confesión de los reos. En ningún caso podía mutilarse al reo ni
poner en peligro su vida. Las penas eran variables. Los herejes relapsos
eran entregados al brazo secular para la ejecución de la pena de muerte. La
Inquisición pontificia funcionó sobre todo en el sur de Francia y en el
norte de Italia. En España, existió en la Corona de Aragón desde 1249, pero
no en la de Castilla.
La Inquisición
Española fue creada en 1478 por una bula papal con la finalidad de
combatir las prácticas judaizantes de los judeoconversos españoles. A
diferencia de la Inquisición medieval, dependía directamente de la corona
española. Se implantó en todos los reinos de España donde antes no existía,
en Sicilia y Cerdeña (que entonces formaban parte de de la Corona de Aragón)
y en los territorios de América (hubo tribunales de la Inquisición en
México, Lima y Cartagena de Indias. La Inquisición se convirtió en la única
institución común a todos los españoles, con excepción de la propia Corona,
a quien servía como instrumento del poder real: era un organismo policial
interestatal, capaz de actuar a ambos lados de las fronteras entre las
coronas de Castilla y Aragón, mientras que los agentes ordinarios de la
Corona no podían rebasar los límites jurisdicionales de sus respectivos
reinos.
Aclarado este tema,
vamos a tratar el de la supuesta “tolerancia religiosa”, sobre la que hay
que decir que no existió, sino que en ambos regímenes cordobeses se buscó el
sometimiento político, cultural y religioso de los cristianos, aunque es
verdad que en el califato se usaron métodos más refinados que en el Emirato,
cuando las sentencias de muerte a los cristianos fueron bastante habituales:
Paralelamente al afianzamiento del Islam, una aguda conciencia del declive
del cristianismo, debilitado numéricamente por las conversiones y
culturalmente por la arabización y la presión creciente del Islam, se
desarrolló en un sector de la opinión mozárabe, lo que llevó a los
cristianos a resistir a dicha presión, a veces silenciosamente y otras con
acciones desesperadas de carácter público, que provocaron automáticamente
condenas a muerte.
Las fuentes
mozárabes registraron estas actuaciones individuales que tuvieron gran
repercusión a partir del año 825, al dar noticia de dos mártires. Recordemos
que fue en esta misma época (828) cuando Luis el Piadoso mandó una carta a
los cristianos de Mérida para incitarles a la resistencia. Pero la ola de
condenas a muerte en Córdoba se sitúa entre los años 850 y 860. Las
autoridades religiosas y políticas reaccionaron: un concilio celebrado en el
852, en presencia de un funcionario mozárabe de la administración de las
finanzas que desempeñó la función de comisario del gobierno, impidió a los
cristianos buscar el martirio voluntario. Al no resultar esta medida
suficiente para detener el movimiento, algunos años más tarde, en el 859, su
principal animador, San Eulogio, fue sometido a su vez a juicio y ejecutado,
hecho que según parece puso fin esta vez a la sangrienta serie de martirios
voluntarios. La fase crítica del movimiento sólo había durado una decena de
años, pero demostraba con claridad el malestar profundo de un grupo etno-cultural
irremediablemente amenazado en su existencia.
Los últimos
acontecimientos relacionados con los mártires de Córdoba ocurrieron tras la
muerte del emir Abd al-Rahman II en el 852 y el acceso al poder de su hijo
Muhamad I. Durante casi un cuarto de siglo, éste siguió reinando sobre un
Estado relativamente tranquilo, excepción hecha de la tenaz disidencia
toledana. En efecto, la ciudad entró de nuevo en una fase de rebelión en el
momento de acceso del nuevo emir y, entre el 850 y 853, bandas o ejércitos
toledanos se aventuraron bastante lejos hacia el sur para hacer razias en
las zonas fieles al poder de Córdoba, forzando a los elementos árabes que
controlaban Calatrava a evacuar el sitio fortificado, e intentando saquear
las explotaciones agrícolas situadas en el valle del Jándula, un afluente
del Guadalquivir que desemboca en el río cerca de Andújar, en una región
cuya población era sobre todo beréber. En esta ocasión, pusieron en apuros a
un contingente militar omeya cerca de esta última ciudad.
Muhammad I, después
de haber mandado poblar Calatrava de nuevo y fortificarla sólidamente,
dirigió una importante expedición en el 854 contra Toledo, que había pedido
auxilio al rey de Asturias, Ordoño I. El emir obtuvo una importante victoria
en el Guazalete sobre los toledanos y sobre un gran ejército asturiano
llegado como refuerzo. Las fuentes cristianas y árabes concuerdan en cuanto
a las cifras de las pérdidas de los vencidos: ocho mil hombres entre los
asturianos y doce mil entre los toledanos. Sin embargo este desastre no puso
fin a la agresividad de los toledanos, rodeados de poblaciones árabes y
beréberes hostiles y asediados en vano en el 856. Una vez más los toledanos
atacaron Talavera, ciudad de población predominantemente beréber, pero en el
año 858 un nuevo asedio, dirigido por el mismo emir, logró someter
temporalmente el foco de resistencia toledano.
Algo
distinta en las formas fue la actuación del Califato de Córdoba, también
conocido como Califato Omeya de Córdoba o Califato de Occidente, estado
musulmán andalusí proclamado por Abderramán III en el 929. El Califato puso
fin al Emirato Independiente instaurado por Abderramán I y perduró
oficialmente hasta el año 1031, en que fue abolido dando lugar a la
fragmentación del estado omeya en multitud de reinos conocidos como Taifas.
Como es bien sabido, el Califato de Córdoba fue la época de máximo esplendor
político, cultural y comercial de Al-Ándalus.
A partir de 912, el
nuevo emir Abd al-Rahman emprendió la tarea de reducir la multitud de focos
rebeldes que habían surgido en el Emirato desde mediados del siglo IX. En
913 inició la campaña de Monteleón que logró recuperar numerosos castillos y
sofocar la rebelión en Andalucía Oriental. Durante los años siguientes
recuperó Sevilla y llevó a cabo las primeras aceifas contra los reinos
cristianos del norte. Derrotó a un ejército de León y Navarra en la batalla
de Valdejunquera (920); saqueó Pamplona en 924 y sometió a los Banu Qasi ese
mismo año. Finalmente en 928 ocupó la fortaleza de Bobastro a través de una
serie de campañas iniciadas en 917, terminando así con la rebelión iniciada
por Omar ibn Hafsún y el último foco de rebeldía en Al-Ándalus. En 929 tomó
el título de califa con el sobrenombre al Nasir li-din Allah, aquel que hace
triunfar la religión de Dios.
Abderramán III
consideró adecuada su autoproclamación como califa, es decir, como jefe
político y religioso de los musulmanes y sucesor de Mahoma, basándose en
cuatro hechos: ser miembro de la tribu de Quraysh a la que pertenecía
Mahoma, haber liquidado las revueltas internas, frenar las ambiciones de los
núcleos cristianos del norte peninsular y la creación del califato fatimí en
África del Norte opuesto a los califas Abbasíes de Bagdad. La proclamación
tenía un doble propósito. Por un lado, en el interior, los Omeyas querían
reforzar su posición. Por otro, en el exterior, al objeto de consolidar las
rutas marítimas para el comercio en el Mediterráneo, garantizando las
relaciones económicas con Bizancio y asegurar el suministro de oro. La
proclamación del califato cordobés supuso la segunda ruptura de la unidad
islámica tras la proclamación del fatimí Mahdi Ubayd Allah como Emir de los
Creyentes en el Magreb. Los reinados de Abderramán III (929-961) y su hijo
Alhakén II (961-976) constituyen el periodo de apogeo del califato omeya, en
el que se consolida el aparato estatal cordobés.
Para afianzar el
aparato estatal los soberanos recurrieron a oficiales fieles a la dinastía
Omeya, lo cual configuró una aristocracia palatina de fata’ls (esclavos y
libertos de origen europeo), que fue progresivamente aumentando su poder
civil y militar, suplantando así a la aristocracia de origen árabe. En el
ejército se incrementó especialmente la presencia de contingentes beréberes,
debido a la intensa política del Califato en el Magreb. Abderramán III
sometió a los señores feudales, los cuales pagaban tributos o servían en el
ejército, contribuyendo al control fiscal del Califato.
Las empresas
militares consolidaron el prestigio de los omeyas fuera de Al-Ándalus y
estaban orientadas a garantizar la seguridad de las rutas comerciales. La
política exterior se canalizó en tres direcciones: los reinos cristianos del
norte peninsular, el norte de África y el Mediterráneo. Durante los primeros
años del califato, la alianza del rey leonés Ramiro II con Navarra y el
conde Fernán González ocasionaron el desastre del ejército califal en la
batalla de Simancas. Pero a la muerte de Ramiro II, Córdoba pudo desarrollar
una política de intervención y arbitraje en las querellas internas de
leoneses, castellanos y navarros, enviando frecuentemente contingentes
armados para hostigar a los reinos cristianos. La influencia del Califato
sobre los reinos cristianos del norte llego a ser tal que entre 951 y 961,
los reinos de León, Navarra y Castilla y el Condado de Barcelona le rendían
tributo. Las relaciones diplomáticas fueron intensas. A Córdoba llegaron
embajadores del conde de Barcelona Borrell, de Sancho Garcés II de Navarra,
de Elvira Ramírez de León, de García Fernández de Castilla y el conde
Fernando Ansúrez entre otros. Estas relaciones no estuvieron faltas de
enfrentamiéntos bélicos, como el cerco de Gormaz de 975, donde un ejército
de cristianos se enfrentó al general Galib. Alfonso III por el norte de
Portugal y los saqueos a Évora y Alange por Ordoño II y de Sancho Garcés a
Nájera, Tudela y Valtierra, no impidieron que el emir, en 920, consiguiese
la victoria de Valdejunquera.
El califa practicó
una política interesada con respecto a los problemas entre los cristianos.
Por una parte, a la muerte de Ramiro II castellanos y navarros con el apoyo
de Córdoba sostienen la candidatura de Sancho frente a Ordoño III y cuando
Ordoño es sustituido por Sancho el califa apoya a un nuevo candidato para de
nuevo dar su apoyo a Sancho el Craso cuando es expulsado del reino y acude a
Córdoba en busca de ayuda militar y personal. Por tanto, las tropas
cordobesas unidas a las navarras repondrán en el trono a Sancho el Craso,
después de exigirle la entrega de 10 fortalezas en la frontera del Duero.
Con al-Hakam II
(961-967) León, Castilla, Navarra y los Condados Catalanes tratan de
reunificarse para eludir el yugo musulmán, pero el intento es desbaratado
por al-Hakám. No piden ayuda los rebeldes cristianos y de esta forma se
someten. Según las fuentes musulmanas esta sumisión parece exagerada si
atendemos a una observación profunda, pero encierran parte de verdad a tenor
del diálogo entre el califa y el rey leonés Ordoño IV, destronado por Sancho
el Craso. Por tanto, Abd al-Rahmán y Al-Hakán II lograron la sumisión de los
cristianos a través de una hábil política intervencionista consistente en la
división interna de los cristianos y ambos califas pacifican Al-Ándalus.
Con Hisham II,
Almanzor alternó la diplomacia con las campañas de castigo que tenían
objetivos religiosos y económicos. Enriquecido con la administración
califal, Almanzor pasa al primer plano político tras una brillante campaña
contra los cristianos en 977 que le permite sustituir al Habhib o primer
ministro de Hisham III, pero su triunfo no se consolida hasta que derrota al
general de mayor prestigio en Al-Ándalus, Galib, al que apoyan tropas
castellanas y pamplonesas en su lucha contra Almanzor. Como los alfaquíes le
acusan de usurpar el poder del califa, Almanzor se hace personar dando
muestras de extremado celo religioso, depura la biblioteca de Al-Hakán II,
amplía la mezquita de Córdoba y realiza continuas campañas contra los
cristianos.
Durante su reinado
las tropas cordobesas intervienen en León para apoyar a Vermudo II frente a
Ramiro III, saqueando León, Barcelona y Santiago de Compostela. Para ello
contó con el apoyo de algunos nobles leoneses que se oponían a las
pretensiones de Vermudo II, o del heredero de Castilla Sancho García contra
su padre García Fernández. La tradición cristiana pretende que la Batalla de
Calatañazor les fue favorable, la realidad es que fue una victoria de
Almanzor sobre los cristianos, que sufrirán nuevas derrotas a manos de Abd
al-Malik, hijo del anterior entre los años 1002 y 1008. Sólo cuando se rompe
la colaboración entre los árabes andaluces y los mercenarios beréberes y
eslavos, 1008, los cristianos, castellanos y catalanes podrán perturbar las
fronteras árabes y llevar sus tropas hasta Córdoba en apoyo de las facciones
musulmanas enfrentadas.
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