...Todos los temas de Historia de España...INDEX

El emirato de Córdoba independiente de Bagdad

En 750, la dinastía de los Omeyas es derrocada del califato de Damasco y casi exterminada en un golpe de Estado encabezado por Abul Abás el Sanguinario, que traslada la capital del califato a Bagdad e inicia allí la dinastía abasí.
Abd el Rahman ben Humeya (Abderramán I), miembro superviviente del exterminio de la dinastía de los califas de Damasco, huye a España, donde consigue hacerse con el poder en 756, proclamando el
emirato de Córdoba, independiente del Califato de Bagdad. No se proclama califa, puesto que parecía que el califato debía ser único, porque el califa es el "vicario de Mahoma", (el que hace las veces de Mahoma), es decir el jefe de la religión islámica, al que, por serlo le pertenece, según las creencias islámicas, el poder total y universal como emperador. Se proclama emir que significa "comendador de los creyentes", jefe de los creyentes, que no es lo mismo que jefe de la religión, sucesor de Mahoma; de todas formas, por ser el emir el que tiene el poder religioso musulmán, como jefe de los musulmanes, le corresponde, según ellos, el poder como monarca hereditario. Porque, según el Islam, el poder político pertenece a las autoridades religiosas musulmanas como sucesoras de Mahoma. Y los Omeyas ocuparán el trono de Al Andalus como emires de Córdoba, independientes del Califato de Bagdad, desde 756. Abderramán I inicia la Mezquita de Córdoba.

Los mozárabes, los cristianos que viven bajo el poder musulmán que invade España en 711, dentro del sistema de tolerancia represiva que padecen, se ven obligados a ceder sus iglesias o parte de ellas a los musulmanes dominantes  cuando estos lo exigen. Ven sus principales iglesias convertidas en mezquitas. Esto ocurrió con la Catedral de San Vicente de Córdoba que se vio convertida al final en la Mezquita de Córdoba. En 748, obligaron a los cristianos a cederles la mitad de esa basílica para establecer allí la mezquita mayor de la ciudad, porque aún no tenían capacidad arquitectónica; en 785, Abderramán I, consolidado en el trono de Al Andalus como emir independiente, obligó a los cristianos a entregar la otra mitad de su catedral, donde coexistían ambos cultos por imposición islámica que ahora completan. En 786, derribó la Catedral para construir allí la Mezquita de Córdoba con alarifes (arquitectos) españoles y decoradores bizantinos de mosaicos, después fue ampliada varias veces por sus sucesores.

La Mezquita de Córdoba fue construida sobre la catedral de san Vicente de Córdoba, arrebatada por los musulmanes invasores a los cristianos en el siglo VIII y restituida en 1236 a la Iglesia tras la liberación de Córdoba. La inmatriculación de la Mezquita-Catedral de Córdoba por la Diócesis en 2006 fue simplemente una notificación al Registro de la Propiedad, porque hasta 1998 la Iglesia Católica no tenía reconocido el derecho de tener inscritas sus propiedades en ese Registro. Los tribunales sentencian en 2015 que la Mezquita de Córdoba fue adquirida por la Diócesis mediante donación del rey Fernando III en 1236 y que desde entonces la Iglesia la ha poseido de manera pública pacífica y no interrumpida.

El sistema de tolerancia represiva consiste en que los cristianos mozárabes pueden mantener su religión, pero pagando impuestos adicionales y no pueden tener cargos, ni propagar su religión. En ocasiones, sufren matanzas y martirios; especialmente quienes son hijos de padre musulmán y madre cristiana, que oficialmente son musulmanes por ser hijos de padre musulmán, aunque sean realmente cristianos al haber seguido las enseñanzas de su madre que les haya educado en el cristianismo. También pueden recibir la pena de muerte los que se ven acusados de hablar mal de Mahoma, por ejemplo, si se les acusa de decir que la advertencia de la Biblia contra los falsos profetas se refiere también al que ellos consideran como el máximo profeta.

El medievalista Sánchez Saus dice en 2016 que los musulmanes que invadieron la España visigoda implantaron un régimen perverso que humillaba continuamente a los cristianos

Lecciones de San Eulogio para nuestros días, por Jorge Soley, InfoCatólica 21.03.2017

Al-Andalus y la Cruz, el libro de Rafael Sánchez Saus sobre los avatares de los cristianos mozárabes, es una obra que encierra lecciones inesperadas. El libro, que recorre un amplio periodo comprendido entre los inicios del siglo VIII y el fin de la cristiandad andalusí en el siglo XII, destaca por su rigor y documentación, sin por ello caer en academicismos, por lo que su lectura es altamente provechosa para cualquiera que desee tener un criterio sólido sobre el periodo objeto del estudio, algo especialmente necesario dado el alud de distorsiones que sobre la presencia musulmana en España se abalanza sobre nosotros.

 

Entre las cuestiones abordadas por Sánchez Saus no podía faltar la controvertida de San Eulogio y los mártires de Córdoba. Sin embargo, señala atinadamente el autor, para comprender esos sucesos es importante retroceder y entender bien cómo funcionaba el sistema de «dimma», ese sometimiento al que los cristianos mozárabes estaban sujetos por la ley islámica. Aplicado con cierta laxitud y flexibilidad inicialmente, actitud en la que influyó sin duda el pequeño porcentaje que la élite dirigente musulmana representaba en la España recientemente conquistada, se fue imponiendo lentamente con cada vez más rigor, acompañando el cambio demográfico y las corrientes de mayor pureza islámica que cuajaron en la península. En cualquier caso, el mito de la convivencia y tolerancia entre religiones en Al-Andalus se desmorona con un estudio serio que, por el contrario, desvela que la dimma actuó “como medio de control y explotación de las poblaciones sometidas, a las que prepara para la progresiva islamización”. Todos los bienes de los dimmíes, los cristianos en tierra musulmana, pasaban a formar parte del fay, es decir, pasaban a pertenecer a la comunidad musulmana y solo se podía reclamar su usufructo, tras el pago del impuesto correspondiente, que podía llegar a alcanzar la mitad de la cosecha. La jizya o capitación, por su parte, representaba “la compra del derecho a la vida en el seno de la comunidad islámica”. A estos impuestos se sumaban otras restricciones sobre los derechos y libertades, como por ejemplo la prohibición de montar a caballo, de llevar vestidos distinguidos o de poseer armas, así como la preeminencia del testimonio en juicio de cualquier musulmán sobre cualesquiera cristianos, estableciendo así un estado de sujeción y humillación que iba restringiendo el espacio vital de los cristianos y que se ha revelado siempre como un eficaz instrumento de islamización.

Llegamos así hasta el siglo IX, momento crítico para la cristiandad mozárabe que vivía en Al-Ándalus: debilitada por las apostasías provocadas por la dimma y por las migraciones a los territorios cristianos del norte, la arabización de estas comunidades es fuerte y, en muchos casos, un primer paso para la islamización completa. ¿Por qué no asumir el lenguaje de quien detenta el poder? ¿Por qué no asumir también su vestimenta? Son detalles que no afectan a lo esencial. ¿Por qué no, incluso, evitar las cuestiones polémicas que provocan desunión y represalias por parte del poder político, en aquel entonces musulmán?

En este contexto aparece lo que Sánchez Saus llama «movimiento martirial», en el que destaca San Eulogio de Córdoba. Los primeros episodios martiriales fueron ajenos a Eulogio: un sacerdote, llamado Perfecto, expresó lo que la Iglesia enseña sobre Mahoma en una conversación y, a pesar de negarlo ante el cadí, fue condenado a muerte precisamente por el valor de la palabra de los musulmanes que lo acusaban. Fue entonces cuando se reafirmó en sus palabras sobre Mahoma, siendo martirizado en 850. Seguirán, como un goteo, los casos: los primeros involuntarios, para después llegar a quienes se presentaban voluntariamente ante las autoridades musulmanas para expresar la doctrina católica y la falsedad de la musulmana. Pero “en la Córdoba omeya de mediados del siglo IX era ya imposible una conversación que abordara los principios de las religiones presentes”: existía una religión, la musulmana, que era la que el poder establecía como única legítima y quienes no la compartían debían someterse a una precaria tolerancia que, como hemos visto, estaba diseñada para presionar y favorecer a favor de la apostasía (que era el camino que muchos tomaban, quizás con bastante que perder en términos materiales y por tanto descartada la emigración a los reinos cristianos). Como señala Sánchez Saus, las acciones de los mártires ponían de relieve “la imposibilidad que la dimma impone de evangelizar, de defender las ideas propias con la palabra”. El Memorial de los Santos, escrito por San Eulogio, insiste en defender a los mártires de las acusaciones de algunos de sus correligionarios que los acusaban de provocadores y de poner en peligro las migajas de las que aún disfrutaban. Escribe el autor que “denota la tibieza en la que desde hacía tiempo había caído buena parte del clero mozárabe, que no sólo daba por buena la situación de indigna opresión, también la imposibilidad de defender la fe ante sus enemigos y proclamar la Verdad en momentos en que se articulaba una enorme ofensiva contra ella para procurar la islamización de la población”. Aún así, fue Recafredo, en ese momento arzobispo de Sevilla, quien insta el encarcelamiento de Eulogio y del obispo de Córdoba, Saúl. El goteo de mártires, no obstante, no cesará, llegando hasta el propio Eulogio, el año 859, y continuando hasta bien entrado el siglo X. No faltaron los críticos, los que se desmarcaron con horror de esa medida extrema (que el propio San Eulogio afirma que no es para todos), pero la Iglesia reconoció la santidad de esos mártires.

Estamos pues ante un momento histórico caracterizado por un poder que quiere imponer su credo y que restringe cada vez más derechos y libertades con el fin de que toda la población lo abrace, un lento declinar de quienes no comulgan con ese credo precisamente por la enorme presión ejercida, unos actos a la desesperada que ponen en evidencia la injusticia de las pretensiones de ese poder, su carácter tiránico, y que hacen reaccionar a muchos de quienes se resisten a someterse, y por último, la crítica despiadada de quienes han encontrado su hueco, miserable pero hueco al fin, en el entramado que ha ido tejiendo ese poder y que observan con pánico cómo aquellos mártires lo ponían en riesgo.

Uno no puede dejar de pensar que si, en el credo que el poder político busca imponer, sustituimos “islam” por “ideología de género”, los paralelismos son altamente reveladores.”

 

---------------

El mito de la tolerancia religiosa en la Córdoba musulmana

A PROPÓSITO DEL DISCURSO DEL PRESIDENTE BARACK OBAMA EN LA UNIVERSIDAD DE EL CAIRO

El Presidente de Estados Unidos, en un reciente discurso pronunciado en la Universidad del Cairo -discurso de gran belleza, todo hay que decirlo- ha dado pruebas de sus buenos conocimientos de historia, que estudió en la Universidad. Pero a la vez ha dado muestras de un cierto desconocimiento de una parte concreta de la historia, a la que ha hecho alusión directa al afirmar: “El Islám tiene una orgullosa tradición de tolerancia. Lo vemos en la historia de Andalucía y Córdoba durante la Inquisición”. En esta simple frase el Presidente Obama acumula una serie de errores históricos, que van desde la supuesta tolerancia musulmana en aquella época, hasta la inexistente coincidencia de dicho periodo con la Inquisición, que es muy posterior. Por eso hemos creído importante aclarar ciertos puntos.

En primer lugar, decir que el marco temporal de las palabras de Obama es difícil de delimitar, al poner al mismo tiempo dos fenómenos -la cultura cordobesa y la Inquisición (máxime si se refería a la Española)- que no coincidieron. Por otro lado, como es bien sabido, al hablar de Córdoba hay que distinguir entre el Emirato Independiente instaurado por Abderramán I en el 756 y el Califato proclamado por Abderramán III en el 929 y que duró hasta el 1031.

Aclarando la primera cuestión sobre la incompatibilidad temporal con la Inquisición española, hay que decir que ésta no fue fundada hasta el año 1478. Vayamos por partes: La Inquisición medieval fue establecida en 1184 (por tanto, mucho después del final del califato de Córdoba) mediante la bula del papa Lucio III Ad abolendam, como un instrumento para acabar con la herejía cátara. Fue el embrión del cual nacería el Tribunal de la Santa Inquisición y del Santo Oficio. Mediante esta bula, se exigía a los obispos que interviniesen activamente para extirpar la herejía y se les otorgaba la potestad de juzgar y condenar a los herejes de su diócesis.

En su primera etapa (hasta 1230), se denomina “Inquisición episcopal", porque no dependía de una autoridad central, sino que era administrada por los obispos locales. En 1231, ante el fracaso de la Inquisición episcopal, Gregorio IX, mediante la bula Excommunicamus, creó la “Inquisición pontificia", dirigida directamente por el Papa y dominada por los dominicos. En 1252, el papa Inocencio IV en la bula Ad extirpanda autorizó el uso de la tortura para obtener la confesión de los reos. En ningún caso podía mutilarse al reo ni poner en peligro su vida. Las penas eran variables. Los herejes relapsos eran entregados al brazo secular para la ejecución de la pena de muerte. La Inquisición pontificia funcionó sobre todo en el sur de Francia y en el norte de Italia. En España, existió en la Corona de Aragón desde 1249, pero no en la de Castilla.

La Inquisición Española fue creada en 1478 por una bula papal con la finalidad de combatir las prácticas judaizantes de los judeoconversos españoles. A diferencia de la Inquisición medieval, dependía directamente de la corona española. Se implantó en todos los reinos de España donde antes no existía, en Sicilia y Cerdeña (que entonces formaban parte de de la Corona de Aragón) y en los territorios de América (hubo tribunales de la Inquisición en México, Lima y Cartagena de Indias. La Inquisición se convirtió en la única institución común a todos los españoles, con excepción de la propia Corona, a quien servía como instrumento del poder real: era un organismo policial interestatal, capaz de actuar a ambos lados de las fronteras entre las coronas de Castilla y Aragón, mientras que los agentes ordinarios de la Corona no podían rebasar los límites jurisdicionales de sus respectivos reinos.

Aclarado este tema, vamos a tratar el de la supuesta “tolerancia religiosa”, sobre la que hay que decir que no existió, sino que en ambos regímenes cordobeses se buscó el sometimiento político, cultural y religioso de los cristianos, aunque es verdad que en el califato se usaron métodos más refinados que en el Emirato, cuando las sentencias de muerte a los cristianos fueron bastante habituales: Paralelamente al afianzamiento del Islam, una aguda conciencia del declive del cristianismo, debilitado numéricamente por las conversiones y culturalmente por la arabización y la presión creciente del Islam, se desarrolló en un sector de la opinión mozárabe, lo que llevó a los cristianos a resistir a dicha presión, a veces silenciosamente y otras con acciones desesperadas de carácter público, que provocaron automáticamente condenas a muerte.

Las fuentes mozárabes registraron estas actuaciones individuales que tuvieron gran repercusión a partir del año 825, al dar noticia de dos mártires. Recordemos que fue en esta misma época (828) cuando Luis el Piadoso mandó una carta a los cristianos de Mérida para incitarles a la resistencia. Pero la ola de condenas a muerte en Córdoba se sitúa entre los años 850 y 860. Las autoridades religiosas y políticas reaccionaron: un concilio celebrado en el 852, en presencia de un funcionario mozárabe de la administración de las finanzas que desempeñó la función de comisario del gobierno, impidió a los cristianos buscar el martirio voluntario. Al no resultar esta medida suficiente para detener el movimiento, algunos años más tarde, en el 859, su principal animador, San Eulogio, fue sometido a su vez a juicio y ejecutado, hecho que según parece puso fin esta vez a la sangrienta serie de martirios voluntarios. La fase crítica del movimiento sólo había durado una decena de años, pero demostraba con claridad el malestar profundo de un grupo etno-cultural irremediablemente amenazado en su existencia.

Los últimos acontecimientos relacionados con los mártires de Córdoba ocurrieron tras la muerte del emir Abd al-Rahman II en el 852 y el acceso al poder de su hijo Muhamad I. Durante casi un cuarto de siglo, éste siguió reinando sobre un Estado relativamente tranquilo, excepción hecha de la tenaz disidencia toledana. En efecto, la ciudad entró de nuevo en una fase de rebelión en el momento de acceso del nuevo emir y, entre el 850 y 853, bandas o ejércitos toledanos se aventuraron bastante lejos hacia el sur para hacer razias en las zonas fieles al poder de Córdoba, forzando a los elementos árabes que controlaban Calatrava a evacuar el sitio fortificado, e intentando saquear las explotaciones agrícolas situadas en el valle del Jándula, un afluente del Guadalquivir que desemboca en el río cerca de Andújar, en una región cuya población era sobre todo beréber. En esta ocasión, pusieron en apuros a un contingente militar omeya cerca de esta última ciudad.

Muhammad I, después de haber mandado poblar Calatrava de nuevo y fortificarla sólidamente, dirigió una importante expedición en el 854 contra Toledo, que había pedido auxilio al rey de Asturias, Ordoño I. El emir obtuvo una importante victoria en el Guazalete sobre los toledanos y sobre un gran ejército asturiano llegado como refuerzo. Las fuentes cristianas y árabes concuerdan en cuanto a las cifras de las pérdidas de los vencidos: ocho mil hombres entre los asturianos y doce mil entre los toledanos. Sin embargo este desastre no puso fin a la agresividad de los toledanos, rodeados de poblaciones árabes y beréberes hostiles y asediados en vano en el 856. Una vez más los toledanos atacaron Talavera, ciudad de población predominantemente beréber, pero en el año 858 un nuevo asedio, dirigido por el mismo emir, logró someter temporalmente el foco de resistencia toledano.

Algo distinta en las formas fue la actuación del Califato de Córdoba, también conocido como Califato Omeya de Córdoba o Califato de Occidente, estado musulmán andalusí proclamado por Abderramán III en el 929. El Califato puso fin al Emirato Independiente instaurado por Abderramán I y perduró oficialmente hasta el año 1031, en que fue abolido dando lugar a la fragmentación del estado omeya en multitud de reinos conocidos como Taifas. Como es bien sabido, el Califato de Córdoba fue la época de máximo esplendor político, cultural y comercial de Al-Ándalus.

A partir de 912, el nuevo emir Abd al-Rahman emprendió la tarea de reducir la multitud de focos rebeldes que habían surgido en el Emirato desde mediados del siglo IX. En 913 inició la campaña de Monteleón que logró recuperar numerosos castillos y sofocar la rebelión en Andalucía Oriental. Durante los años siguientes recuperó Sevilla y llevó a cabo las primeras aceifas contra los reinos cristianos del norte. Derrotó a un ejército de León y Navarra en la batalla de Valdejunquera (920); saqueó Pamplona en 924 y sometió a los Banu Qasi ese mismo año. Finalmente en 928 ocupó la fortaleza de Bobastro a través de una serie de campañas iniciadas en 917, terminando así con la rebelión iniciada por Omar ibn Hafsún y el último foco de rebeldía en Al-Ándalus. En 929 tomó el título de califa con el sobrenombre al Nasir li-din Allah, aquel que hace triunfar la religión de Dios.

Abderramán III consideró adecuada su autoproclamación como califa, es decir, como jefe político y religioso de los musulmanes y sucesor de Mahoma, basándose en cuatro hechos: ser miembro de la tribu de Quraysh a la que pertenecía Mahoma, haber liquidado las revueltas internas, frenar las ambiciones de los núcleos cristianos del norte peninsular y la creación del califato fatimí en África del Norte opuesto a los califas Abbasíes de Bagdad. La proclamación tenía un doble propósito. Por un lado, en el interior, los Omeyas querían reforzar su posición. Por otro, en el exterior, al objeto de consolidar las rutas marítimas para el comercio en el Mediterráneo, garantizando las relaciones económicas con Bizancio y asegurar el suministro de oro. La proclamación del califato cordobés supuso la segunda ruptura de la unidad islámica tras la proclamación del fatimí Mahdi Ubayd Allah como Emir de los Creyentes en el Magreb. Los reinados de Abderramán III (929-961) y su hijo Alhakén II (961-976) constituyen el periodo de apogeo del califato omeya, en el que se consolida el aparato estatal cordobés.

Para afianzar el aparato estatal los soberanos recurrieron a oficiales fieles a la dinastía Omeya, lo cual configuró una aristocracia palatina de fata’ls (esclavos y libertos de origen europeo), que fue progresivamente aumentando su poder civil y militar, suplantando así a la aristocracia de origen árabe. En el ejército se incrementó especialmente la presencia de contingentes beréberes, debido a la intensa política del Califato en el Magreb. Abderramán III sometió a los señores feudales, los cuales pagaban tributos o servían en el ejército, contribuyendo al control fiscal del Califato.

Las empresas militares consolidaron el prestigio de los omeyas fuera de Al-Ándalus y estaban orientadas a garantizar la seguridad de las rutas comerciales. La política exterior se canalizó en tres direcciones: los reinos cristianos del norte peninsular, el norte de África y el Mediterráneo. Durante los primeros años del califato, la alianza del rey leonés Ramiro II con Navarra y el conde Fernán González ocasionaron el desastre del ejército califal en la batalla de Simancas. Pero a la muerte de Ramiro II, Córdoba pudo desarrollar una política de intervención y arbitraje en las querellas internas de leoneses, castellanos y navarros, enviando frecuentemente contingentes armados para hostigar a los reinos cristianos. La influencia del Califato sobre los reinos cristianos del norte llego a ser tal que entre 951 y 961, los reinos de León, Navarra y Castilla y el Condado de Barcelona le rendían tributo. Las relaciones diplomáticas fueron intensas. A Córdoba llegaron embajadores del conde de Barcelona Borrell, de Sancho Garcés II de Navarra, de Elvira Ramírez de León, de García Fernández de Castilla y el conde Fernando Ansúrez entre otros. Estas relaciones no estuvieron faltas de enfrentamiéntos bélicos, como el cerco de Gormaz de 975, donde un ejército de cristianos se enfrentó al general Galib. Alfonso III por el norte de Portugal y los saqueos a Évora y Alange por Ordoño II y de Sancho Garcés a Nájera, Tudela y Valtierra, no impidieron que el emir, en 920, consiguiese la victoria de Valdejunquera.

El califa practicó una política interesada con respecto a los problemas entre los cristianos. Por una parte, a la muerte de Ramiro II castellanos y navarros con el apoyo de Córdoba sostienen la candidatura de Sancho frente a Ordoño III y cuando Ordoño es sustituido por Sancho el califa apoya a un nuevo candidato para de nuevo dar su apoyo a Sancho el Craso cuando es expulsado del reino y acude a Córdoba en busca de ayuda militar y personal. Por tanto, las tropas cordobesas unidas a las navarras repondrán en el trono a Sancho el Craso, después de exigirle la entrega de 10 fortalezas en la frontera del Duero.

Con al-Hakam II (961-967) León, Castilla, Navarra y los Condados Catalanes tratan de reunificarse para eludir el yugo musulmán, pero el intento es desbaratado por al-Hakám. No piden ayuda los rebeldes cristianos y de esta forma se someten. Según las fuentes musulmanas esta sumisión parece exagerada si atendemos a una observación profunda, pero encierran parte de verdad a tenor del diálogo entre el califa y el rey leonés Ordoño IV, destronado por Sancho el Craso. Por tanto, Abd al-Rahmán y Al-Hakán II lograron la sumisión de los cristianos a través de una hábil política intervencionista consistente en la división interna de los cristianos y ambos califas pacifican Al-Ándalus.

Con Hisham II, Almanzor alternó la diplomacia con las campañas de castigo que tenían objetivos religiosos y económicos. Enriquecido con la administración califal, Almanzor pasa al primer plano político tras una brillante campaña contra los cristianos en 977 que le permite sustituir al Habhib o primer ministro de Hisham III, pero su triunfo no se consolida hasta que derrota al general de mayor prestigio en Al-Ándalus, Galib, al que apoyan tropas castellanas y pamplonesas en su lucha contra Almanzor. Como los alfaquíes le acusan de usurpar el poder del califa, Almanzor se hace personar dando muestras de extremado celo religioso, depura la biblioteca de Al-Hakán II, amplía la mezquita de Córdoba y realiza continuas campañas contra los cristianos.

Durante su reinado las tropas cordobesas intervienen en León para apoyar a Vermudo II frente a Ramiro III, saqueando León, Barcelona y Santiago de Compostela. Para ello contó con el apoyo de algunos nobles leoneses que se oponían a las pretensiones de Vermudo II, o del heredero de Castilla Sancho García contra su padre García Fernández. La tradición cristiana pretende que la Batalla de Calatañazor les fue favorable, la realidad es que fue una victoria de Almanzor sobre los cristianos, que sufrirán nuevas derrotas a manos de Abd al-Malik, hijo del anterior entre los años 1002 y 1008. Sólo cuando se rompe la colaboración entre los árabes andaluces y los mercenarios beréberes y eslavos, 1008, los cristianos, castellanos y catalanes podrán perturbar las fronteras árabes y llevar sus tropas hasta Córdoba en apoyo de las facciones musulmanas enfrentadas.

 

-----------------------------------------------------

..Navarra desde 1975.......HISTORIA DE NAVARRA....HISTORIA DE ESPAÑA...HISTORIA UNIVERSAL.......INDEX
 

Todos los temas de Historia de España

Cuestiones y temarios de Historia de España....Fototeca de Navarra....