NOTAS [COMENTARIOS DE RAMÓN GELPÍ] Texto de los Evangelios Concordados Índice de los Evangelios Concordados . . .......Textos.....INDEX
APENDICE 2: La destrucción de Jerusalén
"... 1 Jesús salió del Templo, y cuando iba de camino, se le acercaron sus discípulos para hacerle notar las construcciones del Templo. 2 Jesús les dijo: ¿Veis todo esto? Os garantizo que no quedará aquí piedra sobre piedra; todo será removido. ..." (Mt 24, 1 - 2)
Así había predicho Jesús la destrucción de Jerusalén, que ocurrió en el año 70. Así, la Ciudad que había condenado a Jesús, recibía un terrible castigo sometida a un asedio de los más crueles que ha dado la Historia. Es duro pensar que Dios pueda castigar a los pueblos y a las naciones, pero si aceptamos las Escrituras como verdaderas y analizamos los hechos, no caben interpretaciones.
Podemos, eso sí, pensar que Dios consigue grandes bienes de lo que para nosotros humanamente son males, y que Dios no busca la perdición de los pecadores, sino que purgando la culpa se conviertan y se salven. Dios permitió el gran sufrimiento de Jerusalén, que había profetizado desde el Monte de los Olivos, pero también preservó a la comunidad Cristiana que se retiró a los montes antes del asedio, sin duda por visión Providencial: "... entonces, aquéllos que estén en Judea, huyan a los montes ..." (Mt 24, 16).
Recordemos lo tratado en el punto narrativo 268 (NOTA 95). El discurso Escatológico de Jesús describe la destrucción de Jerusalén al tiempo que profetiza aquel momento impreciso, que "nadie conoce, sólo el Padre" en que, tras la apostasía de las naciones y "consumados los siglos" el Hijo del Hombre vuelva "con Poder y Majestad". Luego si algo nos tiene que quedar claro, es que el cumplimento de lo primero nos tiene que servir, a modo de ejemplo, para mantener la esperanza en el cumplimiento de lo segundo. La dureza de lo que se profetiza, que se entrevé en el texto Evangélico, cabe intuirla también con la lectura del Apocalipsis de San Juan. Pensemos en todo caso que: "... Por eso vosotros tenéis que estar preparados; porque el Hijo del hombre vendrá cuando menos penséis ..." (Mt 24, 44)
Veamos pues, aunque naturalmente muy resumida, como fue esta "gran tribulación" que sufrieron los habitantes de Jerusalén, ante el asedio de las Legiones Romanas, entre los años 66 y 70.
Tras la muerte y Resurrección de Jesucristo en el año 30, y durante los primeros años de la evangelización apostólica, Jerusalén se fortifica, ampliando hacia el Norte la zona amurallada. Si se observa la imagen de la maqueta de Holly Land, se aprecia que la zona situada al norte de la antigua muralla (la que existía en tiempo de Cristo), se había poblado con edificaciones nuevas que quedaron englobadas en la ciudad al realizar el nuevo trazado de la muralla. Ello fue posible, porque a la muerte de Herodes Antipas, llegó al poder su hijo Agripa I, al que el Emperador Claudio concedió recuperar parte del antiguo trono de su abuelo (el de los Inocentes), dándole autoridad en Judea. Agripa I fue el que ordenó el encarcelamiento de San Pedro y la degollación de Santiago. Caifás, el Sumo Sacerdote, no pudo condenar a Jesús sin permiso de Pilato, pero Herodes Agripa era ya Rey de Judea y él sí condenó al hijo de Zebedeo. Poco después murió trágica y repentinamente, tal como se describe en los Hechos de los Apóstoles.
Su hijo Herodes Agripa II, recibió de Roma la totalidad del antiguo trono y completó la obra iniciada. Así llegó el año 66, en que Jerusalén había recuperado todo el esplendor de Herodes el Grande, incluyendo su antiguo palacio. ¿Qué ocurrió pues para que se llegara a la destrucción total?.
Se conoce la historia con muchos detalles, gracias a Flavio Josefo en su obra "La guerra de los Judíos". Veamos una breve cronología, extractada del libro "Y la Biblia tenía razón" de Werner Keller.
Desde los tiempos de la vida de Jesús, hasta el año 66, los zelotes (Ver NOTA 92) no dejaron de crear conflictos, con sabotajes y sublevaciones contra el Imperio. La tensión fue en aumento, hasta que en un momento dado Roma se incauta de una parte del Tesoro del Templo. Estalla la sublevación, y es aniquilada la guarnición romana de Jerusalén.
Desde Siria, Cestio Gallo envía tropas que entran por Galilea, pero allí, los "bravos galileos" (Ver NOTA 108) se organizan al mando de José ben Matías (que fue después Flavio Josefo), y resisten el primer envite, rechazando a las milicias romanas.
Nerón envía a Vespasiano, al mando de tres legiones de la élite militar de Roma. El y su hijo Tito traban un duro y sangriento combate a orillas del lago de Genesaret, y los galileos son derrotados. Tres mil hombres son deportados a Corinto, y el general José ben Matías es hecho prisionero.
Entonces ocurren dos hechos muy singulares: Nerón se suicida en Roma y los ejércitos detienen su avance a la espera de que se resuelva la guerra de sucesión. Por otra parte, José ben Matías se gana la confianza de Vespasiano, que en lugar de enviarlo detenido, lo incorpora a los ejércitos vencedores. ¿Qué es lo que ha pasado?.
Parece que el general galileo tuvo la astucia de profetizar a Vespasiano que iba a ser Emperador, cosa que al poco tiempo sucedió, una vez resuelto el conflicto en Roma. Ben Matías pasó a ser el historiador Flavio Josefo, y fue encargado de narrar las victorias de los ejércitos del Imperio. Josefo, traicionando a los suyos, accedió y pasó a convertirse en ciudadano romano.
Vespasiano se marchó a Roma para ser coronado, pero su hijo Tito, tomando el mando de los ejércitos, avanza sobre Jerusalén llegando con todas las tropas durante la primera luna de primavera. La ciudad, abarrotada, iba a celebrar la Pascua. Comienza el asedio.
Narra Flavio Josefo, que él mismo actuó de mediador para que la ciudad se rindiera, evitando el sufrimiento que se avecinaba. El hecho es que los Judíos resistieron y, aunque la ampliación de la muralla Norte, en la zona donde se encuentra la actual puerta de Damasco, cayó en poder de los Romanos, los judíos se hicieron fuertes en la Fortaleza Antonia y aguantaron los ataques favorecidos por la orografía.
El asedio fue largo y durísimo, pero los judíos estaban dispuestos a resistir. Los romanos comenzaron a construir máquinas de asalto, pero las escaramuzas nocturnas de los judíos, que utilizaban galerías subterráneas bajo las murallas, conseguían destruirlas frecuentemente. Otros conseguían robar vituallas de los campamentos romanos.
La respuesta de los sitiadores fue de una gran crueldad: Todo judío capturado fuera de la ciudad sería crucificado. Cuenta Josefo que en un día llegaron a ser crucificados quinientos judíos. Los romanos acabaron con los árboles del Monte de los Olivos. ¡Terrible paradoja en la ciudad que crucificó al Señor!
Tito ordena construir una muralla de tierra que circunvala la maltrecha muralla de Jerusalén, e instala torres de vigilancia que imposibilitan ninguna salida de los sitiados. El hambre comienza a hacer estragos y los sitiados en Jerusalén se enfrentan entre sí de forma fratricida: "... Los niños y los jóvenes, enflaquecidos como fantasmas, vagaban de aquí para allá hasta que caían -explica Josefo- Tan agotados estaban, que ya ni siquiera tenían ánimos para enterrar a sus muertos. Al hacerlo caían a su vez entre los cadáveres. La miseria era espantosa. Apenas aparecía por alguna parte el indicio de un comestible, empezaba enseguida una lucha terrible para apoderarse de él, y los mejores amigos peleaban entre sí para alcanzarlo ... ... Su hambre era tan insoportable que les obligaba a masticar cualquier cosa. Recogían lo que ni los perros vagabundos hubieran podido remover, y mucho menos comer. Hacía ya tiempo que habían empezado a masticar sus sandalias y sus cinturones, y hasta el cuero de sus jubones ..."
Una cosa terrible cuenta el historiador, que al parecer llegó a oídos del propio Tito y precipitó finalmente el asalto final: Una madre fue descubierta en Jerusalén por estar asando a su propio hijo recién nacido!. El hecho, fuera verdadero o no, horroriza al futuro César y decide acabar rápidamente.
El Templo es utilizado como defensa por los judíos, y los romanos que tenían orden de respetarlo, incendian sus puertas. Se repitió la misma historia de las tropas de Nabucodonosor y el antiguo Templo de Salomón: Los soldados entraron destruyéndolo todo, y saqueando cuanto encontraban de valor. Finalmente incendiaron el Templo que acabó hecho cenizas.
De las 600.000 personas, entre habitantes y peregrinos que había en Jerusalén con motivo de la Pascua, un año más tarde 97.000 supervivientes eran hechos prisioneros, y empleados en el más penoso de los menesteres: la demolición de lo que quedaba en pie del Templo y la ciudad.
En efecto, los prisioneros eran casi siempre utilizados como esclavos; frecuentemente envidiaban la suerte de los caídos en combate. La demolición de sus propias ciudades y fortificaciones era realizada a mano (no pensemos en nuestros actuales métodos), y por medio de los propios vencidos tratados como esclavos en las condiciones más penosas. Jerusalén fue destruida y el Templo demolido hasta la última piedra. Tan sólo los dos o tres sillares de la base de la actual explanada de las mezquitas, que constituyen el llamado "muro de los lamentos", donde lloran y rezan los Judíos contemporáneos.
Estos sillares no pudieron ser demolidos porque servían de contención del terreno en que estaba edificado el Templo, impidiendo la invasión de tierras hacia la vaguada por la que transcurría el Tiropeón, arroyo por el que se distribuía el agua. Los romanos reedificaron una nueva ciudad, sobre estas ruinas, a la que denominaron Aelia Capitolina. En las excavaciones que se realizan actualmente en Jerusalén, aparecen restos de esta nueva edificación, que al estilo de Roma contaba con una gran avenida, el Cardo Máximo, contigua a dicha vaguada del Tiropeón.
Esta es, muy resumida, la historia del cumplimiento de una parte de la Profecía de Cristo en el Discurso Escatológico. Pero falta la segunda parte, esa que dice: "... En cuanto a aquel día y a la hora, nadie sabe nada; ni los ángeles del cielo ni el Hijo, sino sólo el Padre ..." (Mt 24, 36). Por esto no debemos dejar de considerar la recomendación de Jesús: "... Estad alerta para que no se emboten vuestros corazones con los excesos de la comida y bebida, y las preocupaciones de la vida, y os sorprenda repentinamente, como un lazo, aquel día; porque se abatirá sobre todos los habitantes de la tierra. Velad pues, y orad en todo tiempo, a fin de merecer escapar de todas estas cosas que van a suceder, y presentaros seguros ante el Hijo del hombre ..."(Lc 21, 34 - 36).
Al contemplar cómo fue la destrucción de Jerusalén, y el sufrimiento del Pueblo Escogido, infiel a su Señor, no podemos sino pensar ante la infidelidad contemporánea, lo que camino del Calvario decía Jesús a las mujeres de Jerusalén: "... si hacen eso con el árbol verde, ¿en el seco, qué se hará? ..."(Lc 23, 31)