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EL VERDADERO REINO MESIANICO

La Iglesia de Cristo, Israel del espíritu, germen de unidad y de salvación para la humanidad, (Del Concilio Vaticano II, Lumen gentium, núms. 2, 6 y 9.)

CRISTIANDAD. Barcelona. Febrero 1969. Nº. 456, pág. 52

2 ...[El Padre Eterno] Determinó convocar a los creyentes en Cristo en la Santa Iglesia, que fue ya prefigurada desde el origen del mundo, preparada admirablemente en la historia del pueblo de Israel y en el Antiguo Testamento, constituida en los últimos tiempos, manifestada por la efusión del Espíritu Santo, y se perfeccionará gloriosamente al fin de los tiempos. Entonces, como se lee en los Santos Padres, todos los justos descendientes de Adán, "desde Abel el justo hasta el último elegido", se congregarán delante del Padre en una Iglesia universal.

6 ...La Iglesia es "agricultura" o campo de Dios (1 Cor 3, 9). En este campo crece el vetusto olivo, cuya santa raíz fueron los patriarcas en la cual se efectuó y concluirá la reconciliación de los judíos y de los gentiles (Rom 11, 13-26) ...

9 En todo tiempo y lugar son aceptos a Dios los que le temen y practican la justicia (cf. Act 10, 35). Quiso, sin embargo, el Señor santificar y salvar a los hombres no individualmente y aislados entre sí, sino constituir un pueblo que le conociera en la verdad y le sirviera santamente. Eligió como pueblo suyo el pueblo de Israel, con quien estableció un pacto y a quien instruyó gradualmente manifestándosele a Sí mismo y sus divinos designios a través de su historia, y santificándolo para Sí. Pero todo esto lo realizó como preparación y símbolo del nuevo pacto perfecto que había de efectuarse en Cristo, y de la plena revelación que había de hacer por el mismo Verbo de Dios hecho carne.

He aquí que llega el tiempo, dice el Señor, y haré un nuevo pacto con la casa de Israel y con la casa de Judá. Pondré mi ley en sus entrañas y la escribiré en sus corazones, y seré Dios para ellos, y ellos serán mi pueblo... Todos, desde el pequeño al mayor, me conocerán, afirma el Señor (Ier 31,31-34).

Pacto nuevo que estableció Cristo, es decir, el Nuevo Testamento en su sangre (cfr. 1 Cor 11,25), convocando un pueblo de entre los judíos y los gentiles, que se condensará en unidad no según la carne, sino en el Espíritu, y constituirá un nuevo pueblo de Dios. Pues los que creen en Cristo, renacidos de germen no corruptible, sino incorruptible, por la palabra de Dios vivo (cf. 1 Petr 1, 23), no de la carne, sino del agua y del Espíritu Santo (cf. Io 3,5-6), son hechos por fin linaje escogido, sacerdocio real, nación santa, pueblo de adquisición, ..., que en un tiempo no era pueblo, y ahora es pueblo de Dios (1 Petr 2,9-10).

Este pueblo mesiánico tiene por Cabeza a Cristo, que fue entregado por nuestros pecados y resucitó para nuestra salvación (Rom 4,25), Y habiendo conseguido un nombre que está sobre todo nombre, reina ahora gloriosamente en los cielos. Tiene por suerte la dignidad y libertad de los hijos de Dios, en cuyos corazones habita el Espíritu Santo como en un templo. Tiene por ley el mandato del amor, como el mismo Cristo nos amó (cf. Io 13, 34). Tiene últimamente como fin la dilatación del reino de Dios, incoado por el mismo Dios en la tierra, hasta que sea consumado por Él mismo al fin de los tiempos, cuando se manifieste Cristo, nuestra vida (cf. Col 3,4), y la misma criatura será liberada de la servidumbre de la corrupción para participar en la libertad de los hijos de Dios (Rom 8, 21). Aquel pueblo mesiánico, por tanto, aunque de momento no contenga a todos los hombres y muchas veces aparezca como una pequeña grey, es, sin embargo, el germen firmísimo de unidad, de esperanza y de salvación para todo el género humano. Constituido por Cristo en orden a la comunión de vida, de caridad y de verdad, es empleado también por Él como instrumento de la redención universal y es enviado a todo el mundo como luz del mundo y sal de la tierra (cf. Mt 5,13-16).

Así como el pueblo de Israel según la carne, el peregrino del desierto, es llamado alguna vez Iglesia (cf. Num 20,4, etc.), así el nuevo Israel que va avanzando en este mundo hacia la ciudad futura y permanente (cf. Hebr 13,14) se llama Iglesia de Cristo (cf. Mt 16,18), porque Él la adquirió con su sangre (cf. Act 20,28), la llenó de su Espíritu y la proveyó de medios aptos para una unión visible y social. La congregación de todos los creyentes que miran a Jesús como autor de la salvación y principio de la unidad y de la paz, es la Iglesia convocada y constituida por Dios para que sea sacramento visible de esta unidad salutífera para todos y cada uno. Rebasando todos los límites de tiempo y de lugares, entra en la historia humana con la obligación de extendernos a todas las naciones. Caminando, pues, la Iglesia a través de peligros y de tribulaciones, de tal forma se ve confortada por la fuerza de la gracia de Dios que el Señor le prometió, que en la debilidad de la carne no pierde su fidelidad absoluta, sino que persevera siendo digna esposa de su Señor, y no deja de renovarse a sí misma bajo la acción del Espíritu Santo hasta que por la cruz llegue a la luz sin ocaso.