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Jesús, el Verbo hecho carne, con su segunda venida a la vista de todos, al evidenciar su existencia, eliminará el régimen anticristiano, que cada vez más impone vivir como si Dios no existiera, e iniciará una extraordinaria efusión de gracia, causando así la plenitud de su reinado en todas las almas y en todas las naciones, como está reiteradamente prometido y anunciado.

La Ascensión y la Parusía visible y gloriosa de Jesús, el Verbo hecho carne

Después de su resurreción, Jesús en su cuerpo glorioso no es visible si Él no quiere, pero a veces quiso y querrá:

Después de su pasión, se les presentó dándoles muchas pruebas de que vivía, apareciéndoseles durante cuarenta días.
(Hch 1,3)

Entre otros lugares del Nuevo Testamento, san Pablo trae una enumeración de apariciones en las que Jesús resucitado se hizo ver:

Porque os transmití, en primer lugar, lo que a mi vez recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; que se apareció a Cefas y luego a los Doce; después se apareció a más de quinientos hermanos a la vez, de los cuales todavía la mayor parte viven y otros murieron. Luego se apareció a Santiago; más tarde a todos los Apóstoles. Y en último lugar a mi, como a un abortivo.
(1 Cor 15, 3-8).

El Papa san Juan Pablo II explicó que este es el más antiguo testimonio sobre la resurrección de Jesucristo:

"El primero y más antiguo testimonio escrito sobre la resurrección de Cristo se encuentra en la primera Carta de San Pablo a los Corintios (hacia la Pascua del año 57 d. JC.)".
(San Juan Pablo II, Catequesis del 25 de enero de 1989).

Y en especial Jesús, el Verbo hecho carne, quiso que los apóstoles vieran su admirable Ascensión:

Fue levantado en presencia de ellos, y una nube le ocultó a sus ojos
(Hch 1,9).

Posiblemente la aparición de Jesús resucitado "a más de quinientos hermanos a la vez" (1 Cor 15, 3-8) fue en su gloriosa Ascensión.

Y Jesús, el Verbo hecho carne, quiere ser visto en su glorioso retorno en la Parusía, como así lo anunciaron los ángeles a los apóstoles cuando la Ascensión:

Y mientras estaban con los ojos clavados en el cielo mirando cómo se iba, de pronto se les presentaron dos varones con vestiduras blancas que les dijeron:
«Galileos, ¿qué hacéis ahí plantados mirando fijamente al cielo? Este que os ha sido llevado, este mismo Jesús, vendrá así tal como le habéis visto subir al cielo».
(Hch 1,10-11).

Ya en el anuncio de su Ascensión, declaró Jesús que iba a ser visible. Fue en Su discurso del pan de vida en la sinagoga de Cafarnaum, en el que dejó anunciado de antemano que su futura admirable Ascensión visible, constituye una prueba de su presencia real en la Eucaristía:

«¿Esto os escandaliza? ¿Y cuando veáis al Hijo del hombre subir adonde estaba antes?...» (Jn 6,61-62).

La visibilidad de su Parusía es la declaración solemne de Jesús, el Verbo hecho carne, asistido con toda la fuerza imparable del Espíritu Santo, ante el máximo tribunal de Israel, que por eso le envió a la muerte.

"Jesús seguía callado. El Sumo Sacerdote le dijo: «Yo te conjuro por Dios vivo que nos digas si tú eres el Cristo, el Hijo de Dios».
Dícele Jesús: «Sí, tú lo has dicho. Y yo os declaro que a partir de ahora veréis al hijo del hombre sentado a la diestra del Poder y venir sobre las nubes del cielo (Dn 7,13)»".
(Mt 26,63-64).

Severiano del Páramo dice que "Cristo en su segunda venida... aparecerá como un relámpgo visible a todos los hombres".
(En su comentario a Mt 24,27 en La Sagrada Escritura, texto y comentario por profesores de la Compañía de Jesús, Nuevo Testamento I, BAC, 1961, pp. 295-226)

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La segunda venida de Jesucristo tendrá como consecuencia, entre otras, el triunfo de la devoción al Sagrado Corazón de Jesús. Y no al revés. No es a consecuencia de un triunfo debido a un proceso de crecimiento de la Iglesia como se producirá la consumación en la tierra del Reinado Social de Jesucristo por su misericordia y la consiguiente época profetizada de paz y prosperidad en la Iglesia (CEC 677, 673, 672, 675, 674). Esta consumación o plenitud efectiva en la tierra Reino de Dios ha de venir ciertamente, pues está reiteradamente prometida y profetizada. Y será consecuencia, como está profetizado, de la segunda venida de Jesucristo, que, con su manifestación gloriosa, como cuerpo glorioso, no visible más que cuando Él quiere, producirá, para empezar, la liquidación de la apostasía y el hundimiento del régimen anticristiano, que ahora ya domina y que llegará a imperar de forma total hasta que Él así lo hunda, al evidenciar la falacia en que se basa ese régimen que impone vivir como si Dios no existiera, porque todos verán la segunda venida de Jesucristo.

Y dice Canals:

"Sería engañoso entender esta actualidad y adecuación del ideal del Reino de Cristo para nuestro tiempo, cual si pudiéramos esperar que se le acepte con fácil popularidad; o que sintonice cómodamente con la sensibilidad masificada por la propaganda, vertida hedonísticamente hacia lo inmediato, o torturada por la soberbia y endurecida rebeldía de los justicialismos y pacifismos «mundanos»...
No afirmamos con seductor naturalismo que la espiritualidad y doctrina del Reino de Cristo por su Corazón se armonice con el sentir de los amadores del mundo de nuestro humanismo secular. Tenemos que reconocer, por el contrario, la estridencia y la tragedia inevitable del choque y de la hostilidad"...
(Francisco Canals Vidal,
El culto al Corazón de Cristo ante la problemática humana de hoy, CRISTIANDAD, Año XXVII, Núm. 467, enero de 1970 ).

Y por otra parte Jesucristo, con su segunda venida, iniciará una extraordinaria efusión de la Gracia Increada, dando el Espíritu Santo de parte del Padre, y causando así la plenitud de su reinado en todas las almas y en todas las naciones, como está reiteradamente prometido y anunciado.

La extraordinaria efusión de gracia que Jesús, el Verbo hecho carne, iniciará con Su Parusía

«¡Cuánto más el Padre del cielo dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan!» (Lc 11,13).

No es la religión la más importante virtud, sino la caridad, el amor de Dios que ha sido infundido en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado (Rom 5,5)

«No todo el que me diga: "Señor, Señor", entrará en el Reino de los Cielos, sino el que haga la voluntad de mi Padre celestial».
(Mt 7,21)

«Todo el que oiga estas palabras mías y las ponga en práctica, será como el hombre prudente que edificó su casa sobre roca:
cayó la lluvia, vinieron los torrentes, soplaron los vientos, y embistieron contra aquella casa; pero ella no cayó, porque estaba cimentada sobre roca. Y todo el que oiga estas palabras mías y no las ponga en práctica, será como el hombre insensato que edificó su casa sobre arena:
cayó la lluvia, vinieron los torrentes, soplaron los vientos, irrumpieron contra aquella casa y cayó, y fue grande su ruina».
(Mt 7,24-27)

«Quien cumpla la voluntad de Dios, ése es mi hermano, mi hermana y mi madr.
(Mc 3,31-35)

Llegan su madre y sus hermanos, y quedándose fuera, le envían a llamar.
Estaba mucha gente sentada a su alrededor. Le dicen: «¡Oye!, tu madre, tus hermanos y tus hermanas están fuera y te buscan».
El les responde:
«¿Quién es mi madre y mis hermanos?»
Y mirando en torno a los que estaban sentados en corro, a su alrededor, dice:
«Estos son mi madre y mis hermanos. Quien cumpla la voluntad de Dios, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre».
(Mc 3,31-35)

Lo importante es vivir según Dios. Vivir y obrar según la voluntad de Dios.

No sólo lo enseña Dios por medio de san Pablo (Gal 5,16-25; 6,7-8; 8,5-14. I Cor 3,3), según explica san Agustín (Civ. Dei, XIV, cap. 3 y 4), sino que lo enseña con insistencia en el Evangelio el propio Jesús, el Verbo hecho carne:

«Si me amáis, guardad mis mandamientos».
Jn 14,15

«El que tiene mis mandamientos, y los guarda, ése es el que me ama; y el que me ama, será amado por mi Padre, y yo le amaré, y me manifestaré a él».
Jn 14,21

«Si guardareis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor; así como yo he guardado los mandamientos de mi Padre, y permanezco en su amor».
Jn 15,20

Nos exhorta a convertirnos, porque viene el Reino de Dios. Convertirmos es orientarnos a Dios en vez de a nosotros mismos. Darle nuestro corazón a Jesús para que Dios reine en él y no tengamos más voluntad que hacer lo que Dios quiere. Suplicándole a Jesús que reine en nosotros y nos dé su Corazón.

El culto al Sagrado Corazón de Jesús, lleva a lo más importante, a su reinado universal, personal y social, al reino de Dios en cada uno y en la sociedad entera.

Jesús no quiere sólo el culto a su Corazón, sino ante todo quiere darnos el reino de Dios, darnos el reinado de su Sagrado Corazón a cada uno y a toda la sociedad humana, porque ese es nuestro bien: que vivamos según la voluntad de Dios.

Obras son amores y no buenas razones. Y amor, con amor se paga. En este caso, la voz del pueblo coincide con la palabra de Dios.

Tarancón también tiene un libro sobre el Sagrado Corazón. Pero no basta con el culto o la invocación, sino que se requiere consecuentemente el reinado del Corazón divino de Jesús en cada uno y consiguientemente en todas las naciones.

Cuando se habla del culto al Sagrado Corazón de Jesús, está claro que se habla de la virtud de la religión. Y cuando se habla del Corazón de Jesús, se habla de la caridad que consiste en que´"Dios nos amó primero" (1Jn 4,19). y que le debemos corresponder con amor, con "el amor de Dios que ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado" (Rom 5,5), con un amor verdadero, es decir amor con locura, como el que nos tiene Jesús. Pidiéndole su reinado en nuestro corazón, aceptándolo como nuestra liberación. Pidiéndole el Espíritu Santo, como Él nos enseñó (Lc 11,13). Pidiéndole que amemos al prójimo como Él nos ha amado. Pidiéndole como enseña santa Teresa del Niño Jesús que nos produzca alegría recibir sufrimientos y contrariedades, porque así tenemos algo para ofrecerle, ya que Él sufrió tanto por nosotros. Y pidiéndole, como Él nos enseñó, que venga el reino de Dios y que se haga en la tierra su voluntad como en el cielo. Que reine plenamente en la tierra el Sagrado Corazón de Jesús.

Es indebido e imposible separar y menos contraponer el amor y la religión en la devoción al Sagrado Corazón de Jesús:

Consagración y reparación, el doble elemento del culto al Corazón de Cristo conforme a la enseñanza del magisterio de la Iglesia, sintetizan amor y religión en unidad inseparable. La entrega al Amor es acatamiento a la soberanía de Dios; la reparación a la justicia es voluntad de «consolar» el Amor no correspondido.
El culto al Corazón de Cristo ante la problemática de hoy Francisco Canals Vidal (1922 † 2009) • Revista Cristiandad de Barcelona, núm. 467, enero de 1970

Que la soberanía de Cristo se realice plenamente
La luz del Evangelio orienta a los pueblos hacia una gran familia en paz (Benedicto XVI, 18.10.2009)